Obediencia

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás... hasta en ese detalle "ridículo"? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré... hasta en ese detalle "heroico" (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la "gradinata" de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: "aquí se dictan las leyes". Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: "y ahí se cumplen".

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.