Pobreza y desprendimiento

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León... y no sé si S. Sebastián. Después... Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma..., y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es... nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: "yo te daré también todo lo que tengo". –Tú de rodillas. Y... "la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre", se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco... Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera "doña Cupis", porque decían que tenía "concupiscencia de la carne": solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el "señor", consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos "su oratorio" a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.
Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

–Estos ejemplos muestran que San Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy "el Niño de don Josemaría", y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más "suyo", el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: "¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo..., y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?" Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: "Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa". Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar".

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: "Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia". La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un "fiat" gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.