Devoción mariana de San Josemaría

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las "razones del corazón", como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas..., y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos... ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí..., pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: "Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!". El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.