Una jornada-tipo en la vida de San Josemaría

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada "habitual", porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

–Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la "siesta". Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.
En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más...

–Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas "industrias humanas"; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas "industrias" para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para "dejar pasar a sus dos ángeles": era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del "secreto", para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.