Detalles de vida cotidiana

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo "secular" de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como "rodilleras".

–Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana...

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.
Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

–Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.