Cómo era el Padre

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente "distinguir" y no "separar", porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, "oficial". Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna... Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

–A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la "prehistoria" del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones...

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

–Volvamos al temperamento del Padre...

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé... y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.