Alma sacerdotal y mentalidad laical

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–La secularidad, que según el Vaticano II constituye "la índole propia y peculiar de los laicos" (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular "Ciudadanía" un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.