Lealtad a la Iglesia

San Josemaría Escrivá de Balaguer
Homilía pronunciada el 4–VI–72
Domingo segundo después de Pentecostés

Los textos de la liturgia de este domingo forman una cadena de invocaciones al Señor. Le decimos que es nuestro apoyo, nuestra roca, nuestra defensa (Cfr. Ps XVII, 19–20. 2–3. Introito de la Misa). La oración recoge también ese motivo del introito: Tú no privas nunca de tu luz a aquellos que se establecen en la solidez de tu amor (Oración del Domingo segundo después de Pentecostés)

Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre, empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase, siempre. También ahora: en estos momentos, en los que voces confusas surcan la Iglesia; son tiempos de extravío, porque tantas almas no dan con buenos pastores, otros Cristos, que los guíen al Amor del Señor; y encuentran en cambio ladrones y salteadores que vienen para robar, matar y destruir (Ioh X, 8 y 10).

En el gradual, seguimos recurriendo a El: en los momentos de angustia he invocado al Señor... Libra, oh Señor, mi alma de los labios mentirosos, de las lenguas que engañan. ¡Señor!, me refugio en ti. No temamos. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, habrá de ser indefectiblemente el camino y el ovil del Buen Pastor, el fundamento robusto y la vía abierta a todos los hombres. Lo acabamos de leer en el Santo Evangelio: sal a los caminos y cercados e impele a los que halles a que vengan, para que se llene mi casa (Lc XIV, 23).

Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos –y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez– han quedado superadas y han de ser substituidas por otras nuevas. Una serie de hechos y de dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la Iglesia. Unos sostienen: la Iglesia está aquí, en el afán por acomodarse a lo que llaman tiempos modernos Otros gritan: la Iglesia no es más que el ansia de solidaridad de los hombres; debemos cambiarla de acuerdo con las circunstancias actuales.

Se equivocan. La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.64, a.2 ad 3). La Iglesia ha de ser reconocida por aquellas cuatro notas, que se expresan en la confesión de fe de uno de los primeros Concilios, como las rezamos en el Credo de la Misa: Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica (Símbolo constantinopolitano, Denzinger–Schön. 150 (86)). Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas, signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en estas otras se oiga pronunciar también el nombre de Cristo.

Hace poco más de un siglo, el Papa Pío IX resumió brevemente esta enseñanza tradicional: la verdadera Iglesia de Cristo se constituye y reconoce, por autoridad divina, en las cuatro notas que en el Símbolo afirmamos que deben creerse; y cada una de esas notas, de tal modo está unida con las restantes, que no puede ser separada de las demás. De ahí que la que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, de la santidad y de la sucesión apostólica (PÍO IX, Carta del Santo Oficio a los obispos de Inglaterra 16–IX–1864, Denzinger–Schön. 2888 (1686)). Es –insisto– la enseñanza tradicional de la Iglesia, que ha repetido nuevamente –aunque en estos últimos años algunos lo olviden, llevados por un falso ecumenismo– el Concilio Vaticano II: ésta es la única Iglesia de Cristo –que profesamos en el Símbolo Una, Santa, Católica y Apostólica–, la que nuestro Salvador, después de su resurrección, entregó a Pedro para que la apacentara, encargándole a él y a los otros Apóstoles que la difundieran y la gobernaran, y que erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad (CONCILIO VATICANO II, Const. Dogm. Lumen gentium n. 8)

La Iglesia es Una

Que sean una sola cosa, así como nosotros lo somos (Ioh XVII, 11), clama Cristo a su Padre; que todos sean una misma cosa y que, como tú, ¡oh Padre!, estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros (Ioh XVII, 21). Brota constante de los labios de Jesucristo esta exhortación a la unidad, porque todo reino dividido en facciones contrarias será desolado; y cualquier ciudad o casa, dividida en bandos, nos subsistirá (Mt XII, 25). Una predicación que se convierte en deseo vehemente: tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, a las que debo recoger; y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor (Ioh X, 16).

¡Con qué acentos maravillosos ha hablado Nuestro Señor de esta doctrina! Multiplica las palabras y las imágenes, para que lo entendamos, para que quede grabada en nuestra alma esa pasión por la unidad. Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo cortará; y a todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto... Permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido con la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido conmigo y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer (Ioh XV, 1–5).

¿No veis cómo los que se separan de la Iglesia, a veces estando llenos de frondosidad, no tardan en secarse y sus mismos frutos se convierten en gusanera viviente? Amad a la Iglesia Santa, Apostólica, Romana, ¡Una! Porque, como escribe San Cipriano, quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo (SAN CIPRIANO, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503). Y San Juan Crisóstomo insiste: no te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra; no envejece jamás, su vigor es eterno (SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilía de capto Eutropio 6).

Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe (CONCILIO VATICANO I, Constitución dogmática sobre la Iglesia Denzinger–Schön. 3070 (1836)). Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice.

Algunos afirman que quedamos pocos en la Iglesia; yo les contestaría que, si todos custodiásemos con lealtad la doctrina de Cristo, pronto crecería considerablemente el número, porque Dios quiere que se llene su casa. En la Iglesia descubrimos a Cristo, que es el Amor de nuestros amores. Y hemos de desear para todos esta vocación, este gozo íntimo que nos embriaga el alma, la dulzura clara del Corazón misericordioso de Jesús.

Debemos ser ecuménicos, se oye repetir. Sea. Sin embargo, me temo que, detrás de algunas iniciativas autodenominadas ecuménicas, se cele un fraude: pues son actividades que no conducen al amor de Cristo, a la verdadera vid. Por eso carecen de fruto. Yo pido al Señor cada día que agrande mi corazón, para que siga convirtiendo en sobrenatural este amor que ha puesto en mi alma hacia todos los hombres, sin distinción de raza, de pueblo, de condiciones culturales o de fortuna. Estimo sinceramente a todos, católicos y no católicos, a los que creen en algo y a los que no creen, que me causan tristeza. Pero Cristo fundó una sola Iglesia, tiene una sola Esposa.

¿La unión de los cristianos? Sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo. Y no necesita pasar por ningún tipo de purificación, para luego encontrarse finalmente limpia. La Esposa de Cristo no puede ser adúltera, porque es incorruptible y pura. Sólo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia: y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo (SAN CIPRIANO, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503).

La Iglesia es Santa

Ahora entenderemos mejor cómo la unidad de la Iglesia lleva a la santidad, y cómo uno de los aspectos capitales de su santidad es esa unidad centrada en el misterio del Dios Uno y Trino: un cuerpo y un espíritu, así como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo; uno el Dios y Padre todos, el que está sobre todos y gobierna todas las cosas y habita en todos nosotros (Eph IV, 4–6).

Santidad no significa exactamente otra cosa mas que unión con Dios; a mayor intimidad con el Señor, más santidad. La Iglesia ha sido querida y fundada por Cristo, que cumple así la voluntad del Padre; la Esposa del Hijo está asistida por el Espíritu Santo. La Iglesia es la obra de la Trinidad Santísima; es Santa y Madre, Nuestra Santa Madre Iglesia. Podemos admirar en la Iglesia una perfección que llamaríamos original y otra final, escatológica. A las dos se refiere San Pablo en la Epístola a los Efesios: Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por Ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua, a fin de hacerla comparecer delante de El llena de gloria, sin arruga, ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada (Eph V, 25–27).

La santidad original y constitutiva de la Iglesia puede quedar velada –pero nunca destruida, porque es indefectible: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt XVI, 18). puede quedar encubierta a los ojos humanos, decía, en ciertos momentos de oscuridad poco menos que colectiva. Pero San Pedro aplica a los cristianos el título de gens sancta (I Pet II, 9), pueblo santo. Y siendo miembros de un pueblo santo, todos los fieles han recibido esa vocación a la santidad, y han de esforzarse por corresponder a la gracia y ser personalmente santos. A lo largo de toda la historia, también en la actualidad, ha habido tantos católicos que se han santificado efectivamente: jóvenes y viejos, solteros y casados, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres.

Pero sucede que la santidad personal de tantos fieles –antes y ahora– no es algo aparatoso. Con frecuencia no reconocemos a la gente común, corriente y santa, que trabaja y convive en medio de nosotros. Ante la mirada terrena, se destacan más el pecado y las faltas de fidelidad: son más llamativos.

Gens sancta pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: omnes homines terra et cinis (Ecclo XVII, 31), todos somos polvo y ceniza.

Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo atraviesan.

El Divino Redentor dispuso que la comunidad, por El fundada, fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales, para perpetuar en este mundo la obra de la Redención... Si en la Iglesia se descubre algo que arguya la debilidad de nuestra condición humana, no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo Místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores, y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana (PÍO XII, enc. Mystici Corporis 29–VI–1943).

Esa es la realidad de la Iglesia ahora, aquí. Por eso, resulta compatible la santidad de la Esposa de Cristo con la existencia en su seno de personas con defectos. Cristo no excluyó a los pecadores de la sociedad por El fundada. Si, por tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no por eso debe disminuir nuestro amor a la Iglesia; al contrario, ha de aumentar nuestra compasión hacia sus miembros (PÍO XII, enc. Mystici Corporis 29–VI–1943).

Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos y de miserias, en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia –por alto que esté colocado en virtud de su función–, sintiese disminuida su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada ni por Pedro, ni por Juan, ni por Pablo; está gobernada por el Espíritu Santo, y el Señor ha prometido que permanecerá a su lado todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt XXVIII, 20).

Escuchad lo que dice Santo Tomás, abundando en este punto, sobre la recepción de los Sacramentos, que son causa y signo de la gracia santificante: el que se acerca a los Sacramentos, los recibe ciertamente del ministro de la Iglesia, pero no en cuanto es tal persona, sino en cuanto ministro de la Iglesia. Por eso, mientras la Iglesia le permita ejercer su ministerio, el que reciba de sus manos el Sacramento, no participa del pecado del ministro indigno, sino que comunica con la Iglesia, que lo tiene por ministro (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.64, a.6 ad 2). Cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño.

Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos. La Iglesia, Esposa de Cristo, no tiene por qué entonar ningún mea culpa Nosotros sí: mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa Este es el verdadero meaculpismo el personal, y no el que ataca a la Iglesia, señalando y exagerando los defectos humanos que, en esta Madre Santa, resultan de la acción en Ella de los hombres hasta donde los hombres pueden, pero que no llegrán nunca a destruir –ni a tocar, siquiera– aquello que llamábamos la santidad original y constitutiva de la Iglesia.

Dios Nuestro Señor ha comparado ciertamente la Iglesia a la era donde se amontona la paja con el trigo, del que saldrá pan para la mesa y pan para el altar; ha comparado la Iglesia a una red barredera ex omni genere piscium congreganti (Mt XIII, 47) que recoge peces buenos y peces malos, que después se tirarán.

El misterio de la santidad de la Iglesia –esa luz original, que puede quedar oculta por las sombras de las bajezas humanas– rechaza hasta el más mínimo pensamiento de sospecha o de duda sobre la belleza de nuestra Madre. Ni cabe tolerar, sin protesta, que otros la insulten. No busquemos en la Iglesia los lados vulnerables para la crítica, como algunos que no demuestran su fe ni su amor. No concibo que se viva un cariño verdadero a la propia madre, y que se hable de esa madre con despego.

Nuestra Madre es Santa, porque ha nacido pura y continuará sin mácula por la eternidad. Si en ocasiones no sabemos descubrir su rostro hermoso, limpiémonos nosotros los ojos; si notamos que su voz no nos agrada, quitemos de nuestros oídos la dureza que nos impide oír, en su tono, los silbidos del Pastor amoroso. Nuestra Madre es Santa, con la santidad de Cristo, a la que está unidad en el cuerpo –que somos todos nosotros– y en el espíritu, que es el Espíritu Santo, asentado también en el corazón de cada uno de nosotros, si nos conservamos en gracia de Dios.

¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te fundó el Hijo de Dios, Santo: eres Santa, porque así lo dispuso el Padre, fuente de toda santidad; eres Santa, porque te asiste el Espíritu Santo, que mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que habitarán en el Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna.

La Iglesia es Católica

Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, y uno es también el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre, que se dio a sí mismo en rescate por todos, y para testimonio en los tiempos oportunos (I Tim II, 4–6). Jesucristo instituye una sola Iglesia, su Iglesia: por eso la Esposa de Cristo es Una Católica: universal, para todos los hombres.

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por todo el mundo; y cuenta con personas de todas las razas y condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible y un motivo de credibilidad. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús, como un fuego que el Espíritu Santo inflama.

En el siglo II, los cristianos definían Católica a la Iglesia, para distinguirla de las sectas que, utilizando el nombre de Cristo, traicionaban en algún punto su doctrina. La llamamos Católica escribe San Cirilo, no sólo porque se halla difundida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, sino porque de modo universal y sin defecto enseña todos los dogmas que deben conocer los hombres, de lo visible y de lo invisible, de lo celestial y de lo terreno. También porque somete al recto culto a toda clase de hombres, gobernantes y ciudadanos, doctos e ignorantes. Y, finalmente, porque cura y sana todo género de pecados, sean del alma o del cuerpo, poseyendo además –con cualquier nombre que se le designe– todas las formas de virtud, en hechos y en palabras y en cualquier especie de dones espirituales (SAN CIRILO, Catechesis 18, 23).

La catolicidad de la Iglesia tampoco depende de que los no católicos la aclamen y la consideren; ni guarda relación con el hecho de que, en asuntos no espirituales, las opiniones de algunas personas, dotadas de autoridad en la Iglesia, sean consideradas –y a veces instrumentalizadas– por medio de opinión pública de corrientes afines a su pensamiento. Sucederá con frecuencia que la parte de verdad que se defiende en cualquier ideología humana, encuentre en la enseñanza perenne de la Iglesia un eco o un fundamento; y eso es, en cierta medida, una señal de la divinidad de la Revelación que ese Magisterio custodia. Pero la Esposa de Cristo es Católica aun cuando sea deliberadamente ignorada por muchos, e incluso ultrajada y perseguida, como ocurre hoy por desgracia en tantos lugares.

La Iglesia no es un partido político, ni una ideología social, ni una organización mundial de concordia o de progreso material, aun reconociendo la nobleza de esas y de otras actividades. La Iglesia ha desarrollado siempre y desarrolla una inmensa labor en beneficio de los necesitados, de los que sufren, de todos cuantos padecen de alguna manera las consecuencias del único verdadero mal, que es el pecado. Y a todos –a aquellos de cualquier forma menesterosos, y a los que piensan gozar de la plenitud de los bienes de la tierra– la Iglesia viene a confirmar una sola cosa esencial, definitiva: que nuestro destino es eterno y sobrenatural, que sólo en Jesucristo nos salvamos para siempre, y que sólo en El alcanzaremos ya de algún modo en esta vida la paz y la felicidad verdaderas.

Pedid conmigo ahora a Dios Nuestro Señor que los católicos no olvidemos nunca estas verdades, y que nos decidamos a ponerlas en práctica. La Iglesia Católica no precisa el visto bueno de los hombres, porque es obra de Dios.

Católicos nos mostraremos por los frutos de santidad que demos, porque la santidad no admite fronteras ni es patrimonio de ningún particularismo humano. Católicos nos mostraremos si rezamos, si procuramos dirigirnos a Dios de continuo, si nos esforzamos siempre y en todo por ser justos –en el más amplio alcance del término justicia, utilizado en estos tiempos raramente con un matiz materialista y erróneo–, si amamos y defendemos la libertad personal de los demás hombres.

Os recuerdo también otro signo claro de la catolicidad de la Iglesia: la fiel conservación y administración de los Sacramentos tal como han sido instituidos por Jesucristo, sin tergiversaciones humanas ni malos intentos de condicionarlos psicológica o sociológicamente. Porque nadie puede determinar lo que está bajo la potestad de otro, sino sólo lo que está dentro de su poder. Y como la santificación del hombre queda bajo la potestad de Dios santificante, no le corresponde al hombre establecer según su juicio qué cosas le han de santificar, sino que ésto ha de ser determinado por institución divina (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.60, a.5). Aquellos intentos de quitar universalidad a la esencia de los Sacramentos, tendrían quizá justificación si se tratase sólo de signos de símbolos, que operasen por leyes naturales de comprensión y entendimiento. Pero los Sacramentos de la Nueva Ley son a la vez causas y signos. Por eso se enseña comúnmente que causan lo que significan. De ahí que conserven perfectamente la razón de Sacramento en cuanto se ordenan a algo sagrado, no sólo a modo de signo, sino también como causas (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.62, a.1 ad 1).

Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima.

Desde este centro católico romano –subrayó Paulo VI en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II– ninguno es, en teoría, inalcanzable; todos pueden y deben ser alcanzados. Para la Iglesia Católica nadie resulta extraño, nadie está excluido, nadie se considera lejano (SACROSANCTUM OECUMENICUM CONCILIUM VATICANUM II, Constitutiones, Decreta, Declarationes Vaticano 1966, p. 1079). Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo. Ser romano no entraña ninguna muestra de particularismo, sino de ecumenismo auténtico; supone el deseo de agrandar el corazón, de abrirlo a todos con las ansias redentoras de Cristo, que a todos busca y a todos acoge, porque a todos ha amado primero.

San Ambrosio escribió unas palabras breves, que componen como un canto de gozo: donde está Pedro, allí está la Iglesia; y donde está la Iglesia no reina la muerte, sino la vida eterna (SAN AMBROSIO, In XII Ps Enarratio 40, 30). Porque donde están Pedro y la Iglesia está Cristo: y El es la salvación, el único camino.

La Iglesia es Apostólica

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad– de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo. Leamos otra vez el texto conocido, que es siempre nuevo y actual: a mí se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la tierra; instruid a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt XXVIII, 18–20).

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos fervorosos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la conceda (Ioh XV, 16).

A través de dos mil años de historia, en la Iglesia se conserva la sucesión apostólica. Los obispos declara el Concilio de Trento, han sucedido en el lugar de los Apóstoles y están puestos, como dice el mismo Apóstol (Pablo), por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Act XX, 28) (CONCILIO DE TRENTO, Doctrina sobre el Sacramento del Orden Denzinger–Schön. 1768 (960)). Y, entre los Apóstoles, el mismo Cristo hizo objeto a Simón de una elección especial: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt XVI, 18). Yo he rezado por ti añade también, para que tu fe no perezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos (Lc XXII, 32).

Pedro se traslada a Roma y fija allí la sede del primado, del Vicario de Cristo. Por eso es en Roma donde mejor se advierte la sucesión apostólica, y por eso es llamada la sede apostólica por antonomasia. Ha proclamado el Concilio Vaticano I, con palabras de un Concilio anterior, el de Florencia, que todos los fieles de Cristo deben creer que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo, y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo, en la persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal (CONCILIO VATICANO I, Constitución dogmática sobre la Iglesia Denzinger–Schön. 3059 (1826)).

La suprema potestad del Romano Pontífice y su infalibilidad, cuando habla ex cathedra no son una invención humana: se basan en la explícita voluntad fundacional de Cristo. ¡Qué poco sentido tiene entonces enfrentar el gobierno del Papa con el de los obispos, o reducir la validez del Magisterio pontificio al consentimiento de los fieles! Nada más ajeno que el equilibrio de poderes; no nos sirven los esquemas humanos, por atractivos o funcionales que sean. Nadie en la Iglesia goza por sí mismo de potestad absoluta, en cuanto hombre; en la Iglesia no hay más jefe que Cristo; y Cristo ha querido constituir a un Vicario suyo –el Romano Pontífice– para su Esposa peregrina en esta tierra.

La Iglesia es Apostólica por constitución: la que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad y la sucesión apostólica. Así, la Iglesia es Una, con unidad esclarecida y perfecta de toda la tierra y de todas las naciones, con aquella unidad de la que es principio, raíz y origen indefectible la suprema autoridad y más excelente primacía del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y de sus sucesores en la cátedra romana. Y no existe otra Iglesia Católica, sino la que, edificada sobre el único Pedro, se levanta por la unidad de la fe y por la caridad en un solo cuerpo conexo y compacto .NP

Contribuimos a hacer más evidente esa apostolicidad, a los ojos de todos, manifestando con exquisita fidelidad la unión con el Papa, que es unión con Pedro. El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros un hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo.

La misión apostólica de todos los católicos

La Iglesia nos santifica, después de entrar en su seno por el Bautismo. Recién nacidos a la vida natural, ya podemos acogernos a la gracia santificadora. La fe de uno, más aún, la fe de toda la Iglesia, beneficia al niño por la acción del Espíritu Santo, que da unidad a la Iglesia y comunica los bienes de uno a otro (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.68, a.9 ad 2). Es una maravilla esa maternidad sobrenatural de la Iglesia, que el Espíritu Santo le confiere. La regeneración espiritual, que se opera por el Bautismo, de alguna manera es semejante al nacimiento corporal: así como los niños que se hallan en el seno de su madre no se alimentan por sí mismos, sino que se nutren del sustento de la madre; así también los pequeñuelos que no tienen uso de razón y están como niños en el seno de su Madre la Iglesia, por la acción de la Iglesia y no por sí mismos reciben la salvación (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.68, a.9 ad 1).

Resalta con toda su grandeza el poder sacerdotal de la Iglesia, que procede directamente de Cristo. Cristo es la fuente de todo sacerdocio: pues el sacerdote legal era como su figura; pero el sacerdote de la Nueva Ley obra en la persona de Cristo, según lo que se dice en II Cor 2, 10: pues lo que yo perdono, si perdono, por amor vuestro lo perdono en la persona de Cristo (SANTO TOMÁS, S. Th. III, q.22, a.4).

La mediación salvadora entre Dios y los hombres se perpetúa en la Iglesia por medio del Sacramento del Orden, que capacita –por el carácter y la gracia consiguientes– para obrar como ministros de Jesucristo en favor de todas las almas. Que uno pueda realizar un acto que otro no puede, no proviene de diversidad en la bondad o en la malicia, sino de la potestad adquirida, que uno posee y otro no. Por eso, como el laico no recibe la potestad de consagrar, no puede operar la consagración cualquiera que sea su bondad personal (SANTO TOMÁS, In IV Sent. d.13, q.1, a.1).

En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia.

Un cristiano pasivo no ha acabado de entender lo que Cristo quiere de todos nosotros. Un cristiano que vaya a lo suyo despreocupándose de la salvación de los demás, no ama con el Corazón de Jesús. El apostolado no es misión exclusiva de la Jerarquía, ni de los sacerdotes o religiosos. A todos nos llama el Señor para ser instrumentos, con el ejemplo y la palabra, de esa corriente de gracia que salta hasta la vida eterna.

Siempre que leemos los Hechos de los Apóstoles, nos emocionan la audacia, la confianza en su misión y la sacrificada alegría de los discípulos de Cristo. No piden multitudes. Aunque las multitudes vengan, ellos se dirigen a cada alma en concreto, a cada hombre, uno a uno: Felipe, al etíope (Cfr. Act VIII, 26–40); Pedro, al centurión Cornelo (Cfr. Act X, 1–48); Pablo, a Sergio Paulo (Cfr. Act XIII, 6–12)...

Habían aprendido del Maestro. Recordad aquella parábola de los obreros que esperaban trabajo, en medio de la plaza de la aldea. Cuando el dueño de la viña fue, ya bien entrado el día, descubrió aún que había peones mano sobre mano: ¿cómo estáis aquí ociosos toda la jornada? Porque nadie nos contratado (Mt XX, 6–7), respondieron. No ha de suceder esto en la vida del cristiano; no debe encontrarse a su alrededor quien pueda asegurar que no ha oído hablar de Cristo, porque ninguno se lo ha anunciado.

Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir hominem non habeo (Ioh V, 7), no tengo ni siquiera uno que me ayude. Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar su doctrina salvadora.

Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos.

Acabamos aquí estas consideraciones sobre las notas de la Iglesia. Con la ayuda del Señor, habrán quedado impresas en nuestra alma y nos confirmaremos en un criterio claro, seguro, divino, para amar más a esta Madre Santa, que nos ha traído a la vida de la gracia y nos alimenta día a día con solicitud inagotable.

Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece (SAN AGUSTIN, En. in Ps. 70, II, 12).

Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa. La Iglesia triunfante está ya junto a El, a la diestra del Padre. Y desde allí nos llaman nuestros hermanos cristianos, que glorifican a Dios por esta realidad que nosotros vemos todavía en la clara penumbra de la fe: la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.