Barruntos

Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda? (Lc XII, 49)

En la ciudad de Logroño

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda... Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!... »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.

La primera llamada

Estamos en los últimos días del mes de diciembre de 1917. La nieve, espesa, cubre por completo el paisaje de Logroño. Las temperaturas extremas destemplan la ciudad, hasta alcanzar los dieciséis grados centígrados bajo cero. Los árboles, calles y aleros parecen obra de un gigantesco y alucinado imaginero. El río mantiene la superficie helada y firme. Se empieza a temer, incluso, que las existencias de combustible sean insuficientes para combatir el frío en la ciudad, prácticamente aislada por el temporal. El tránsito por las calles es peligroso, a pesar de las capas de paja que extienden sin descanso los empleados del Ayuntamiento. En el periódico local, «La Rioja», del 28-XII-1917, se destaca el arriesgado viaje del coche de punto de Murillo de Río Leza: llega tirado por caballos con los cascos envueltos en saco. No funciona ningún otro medio de comunicación. La situación se prolonga a los primeros días de enero de 1918. Los serenos tienen que guarecerse bajo techo con el vino de las cantimploras convertido en un bloque de hielo. Algún vigilante nocturno, incluso, ha advertido la bajada de los lobos, empujados por el hambre, hasta la periferia de Logroño. Sólo cuando el calendario alcanza la fecha del 6 de enero cede la intensa ola de frío que se abate sobre la capital riojana.

Josemaría contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. En la calle, intacta todavía, aparecen unas huellas que identifica inmediatamente. Es el sendero marcado por los pies descalzos de un Carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Su paso madrugador y habitual ha hollado hoy la nieve sin estrenar.

Este detalle pequeño y heroico suscita una profunda inquietud en el alma del muchacho: si otros hacen tantos sacrificios por Dios, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?... Nadie se dará cuenta del cambio que va a sufrir Josemaría. Todo continúa su ritmo normal: menos el corazón y el alma de este adolescente, que encuentra -a partir de ese día y en las cosas inocentes de la vida cotidiana- una sed insaciable de Dios. Empieza a notar que el Cielo quiere algo de su vida; interrogantes y convicciones le remueven y le llevan a la Comunión diaria, a la Confesión frecuente, a la purificación, a la penitencia.

El Señor le llama desde multitud de situaciones y le da a entender que quiere algo especial de su paso por la tierra. Y Josemaría, que desconoce lo que pueda ser, responde gritando por dentro palabras encendidas que Paladea al ritmo de su propio corazón: “ ecce ego quia vocastí me”!(5) . Aquí estoy, porque me has llamado.

Años más tarde dirá que entiende muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús que se conmueve cuando, por las páginas de un libro, asoma una estampa con la mano herida del Redentor. Porque también en su alma se van a suceder, con frecuencia, tales encuentros, y no sólo durante estos años de adolescencia. Pide luz para conocer la Voluntad de Dios.

Y en una impetuosa oración interior, que empieza a descubrir y a practicar, reza lleno de confianza para que se realice en su vida aquello que la Providencia parece desear.

Durante dos o tres meses, Josemaría se acercará al convento de los PP. Carmelitas para hablar con el Padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo, porque entiende que está ante una persona que ha recibido los barruntos del Amor divino.

Josemaría medita esta proposición y la rechaza. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

A partir de este momento es frecuente encontrarle en Santa María la Redonda. Hay en esta iglesia una bellísima capilla barroca que preside una imagen de Nuestra Señora de los Angeles. A esta advocación de la Virgen confía también la dulce e inquietante intuición que Dios ha hecho llegar hasta su alma. Pasará años en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón.

Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios y continúa avanzando, con brillantez, por las asignaturas del sexto y último curso del Bachillerato.

Es ahora cuando invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo grande. Y de la mano de esta llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino.

Tiene todavía algunas dudas: siente veneración por la figura del sacerdote -así lo ha visto inculcar en su familia-, pero no le atrae la perspectiva de la «carrera eclesiástica». Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo pende ya sobre su vida.

Y en esta convicción, un buen día, posiblemente entre abril y mayo de 1918, acomete la empresa de comunicárselo a su padre. Don José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia, y en especial Josemaría, puedan remontar la situación a la que les llevaron circunstancias adversas, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables, impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara.

Dice, con calma, asintiendo a los planes de Dios, que lo medite muy bien antes de decidir:

-«Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré»(6).

Y don José, con serio respeto por la libre opción de su hijo, le lleva a entrevistarse con un amigo suyo, don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata de Santa María la Redonda y una verdadera institución en Logroño. Quiere que le oriente en el camino de esta seria decisión que acaba de tomar.

Josemaría sigue preguntándose sobre lo que Dios espera de su vida. Quiere tener la evidencia de un camino todavía oscuro; sin embargo, es tan constante la llamada de Dios, que le llevará a repetir las palabras que gritaba el ciego de Jericó: “Domine, ut videam”!... ¡Señor, que vea!; “ut sit”!(7).: ¡que sea! Que sea lo que Tú quieres y yo ignoro.

Escribe a su tía Cruz Albás, hermana de doña Dolores y Religiosa Carmelita en el Convento de las Miguelas de Huesca, y le habla de su decisión al sacerdocio, de la necesidad de luz para conocer los designios de Dios que, a los 16 años, se ha apoderado de su vida. Y le cuenta este modo de oración con que interroga frecuentemente al Cielo.

A lo largo de su camino, Monseñor Escrivá de Balaguer apoyará la historia de toda la Obra de Dios en la oración de sus hijos, de sacerdotes, de enfermos, de religiosos... Quizá es la primera vez, en el comienzo de su vocación, que pide la ayuda de un alma contemplativa para llevar adelante la Voluntad de Dios.

El Señor busca su humildad. Quiere que confie sólo en la oración constante para llegar a ver su camino; y, a la vez, inunda su alma con la seguridad plena del Amor. En la historia del Opus Dei, el Fundador ayudará a muchas personas a descubrir esa misma certeza, saboreando aquel fuerte y dulce grito de Isaías:

“Ego redemi te et vocavi te nomine tuo; meas es tu(8)”: Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre, tú eres mío.

Al mismo tiempo, se siente incapaz de responder adecuadamente a esta elección de Dios. Y suele recitar, despacio, una letanía que tiene raíces de verdadera y profunda humildad: «no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada... »(9).

Años después, Monseñor Escrivá de Balaguer afirmará, con frecuencia, que Jesucristo no le pidió permiso para meterse en su vida; que entró secreta y arrolladoramente -con palabras de la Sagrada Escritura- “sicut fur”!(10), como un ladrón. Y, con generosa juventud, empezará a dejarse llevar por la divina locura que va a impulsar toda su vida: “Ecce ego, quia vocasti me”: aquí estoy, porque me has llamado.

En octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño en calidad de alumno externo(11), para cursar el primer año de Teología. Y, con la ayuda de varios profesores particulares, realiza los estudios de Filosofía y perfecciona el Latín. Con este mismo carácter estudia también un grupo reducido de alumnos. Se trata de algunos muchachos que pueden compartir la vida del Seminario con la permanencia en sus ambientes familiares.

Llega Josemaría con el preámbulo de unos estudios brillantes, de una inteligencia notable y clara, de una personalidad comunicativa y educada. Sus compañeros recuerdan la elegancia natural de sus modos, la corrección de su porte y la actitud abierta con que acepta la amistad. En el Seminario hay una neta separación entre alumnos internos y externos. Todos los días, aunque no es preceptivo, llega temprano este pequeño grupo para oír la Santa Misa. Después, vuelven a desayunar a sus casas; poco más tarde comienzan las clases. Por las tardes, pasean hacia Lardero y, a veces, se acercan al río para organizar una animada pesca de cangrejos. Luego se reúnen en casa de Millán -un compañeroo de Josemaría.

Amadeo Blanco, un alumno interno, recuerda a Josemaría como un muchacho que se ofrece para ayudar en todo cuanto puede. Y cuenta cómo los domingos le ve incorporarse a una catequesis del Seminario a la que asisten unos cuatrocientos niños. Es atendida únicamente por los alumnos internos, pero Josemaría, con gran interés, pide permiso a los superiores y se entrega a la tarea que habrá de constituir, en el futuro, una de sus intensas dedicaciones: la atención y el cariño hacia los pequeños que han de formarse en el Cristianismo y deben empezar a comprender el amor de Jesucristo(12).

Un nuevo hermano

Josemaría ha sentido la soledad de su padre ante la vocación sacerdotal que le ha anunciado y que, por fuerza, le llevará lejos de los suyos. Ya entonces ha tirado por la borda sus proyectos humanos. Siempre pensó estudiar Arquitectura, por su afición a las matemáticas y al dibujo y por su facilidad estética y técnica para trazar y estudiar planos. Su padre le sugiere que comparta los estudios eclesiásticos con una licenciatura civil que podía ser la de Leyes. Josemaría no desecha esta solución para el futuro; tal vez intuye que el dominio de los campos jurídicos ha de servirle más adelante para cumplir los planes de Dios.

Quizá aquel día, cuando puso en manos de don José los proyectos de su vida sacerdotal, pidió al Cielo un nuevo hijo varón para sus padres. Los ve gastados por la vida y por el trabajo. No parece probable, humanamente, que puedan cumplirse sus deseos. Pero él lo pide con fe. Por eso recibe una alegría grande, en los comienzos del otoño de 1918, cuando su madre les llama a Carmen y a él para decirles llena de gozo: «Vais a tener otro hermano». La noticia le colma de felicidad y le parece ver, en ese anuncio, la gracia de Dios, porque no duda en ningún momento de que será un varón.

Observa,cómo su padre multiplica el esfuerzo para ahorrar trabajo a su madre y hermana. Y también le habrá de notar feliz y rejuvenecido por el acontecimiento que se aproxima. No tienen muchos amigos en la ciudad ni vive aquí pariente alguno. Por eso, la espera de este nuevo hijo les une todavía más y pone gran expectación en el ambiente familiar.

La Navidad de 1918 debió ser especialmente grata por la cercanía de la fecha tan esperada. Doña Dolores conserva, frente a los avatares del tiempo, un aspecto juvenil y una serenidad inalterable.

A principios de 1919, la familia Escrivá se traslada a una casa situada en la calle Canalejas. Es también un cuarto piso, pero tiene la ventaja, sobre la anterior, de que la construcción es de mayor altura y ya no caen directamente, en el techo de la vivienda, los fríos o calores de cada estación.

Aquí la familia va a seguir su ritmo habitual de estudio y de trabajo. Doña Dolores mantiene su actividad normal. Sólo cuando llega el correo mañanero y suena fuerte el silbato en los portales, permite que su vecina, doña Sofia, le suba las cartas. Y agradece, sonriente, el favor de evitarle las fatigosas escaleras. Un día cualquiera, esta buena mujer que ocupa el piso superior tiene que entrar hasta el comedor de la familia Escrivá para darles un recado urgente. Y se asombra del detalle y la gracia con que está puesta la mesa. Es que las contrariedades económicas y el trabajo acumulado no han hecho mella alguna en la condición y el cuidado afectuoso de la señora de la casa(13).

Por fin, el 28 de febrero, a las ocho de la mañana, nace un varón que será bautizado, dos días más tarde, en la Parroquia de Santiago. Son testigos de Bautismo don Marcos López y don José Ruiz; padrinos del niño serán sus tíos Florencio Albás y Carmen Lamartín, representados por Josemaría y Carmen Escrivá. Junto a la pila bautismal, sostienen en brazos a este deseado pero imprevisto hermano, que ha venido a renovar la ilusión y la felicidad de estos tiempos, duros en circunstancias, de sus padres. En recuerdo del padre de su madrina, fallecido poco tiempo antes, recibe el nombre de Santiago, justo. Don Hilario Loza, cura de la Parroquia, derrama sobre él las aguas del Bautismo (14).

Durante los años académicos de 1918-19 y 1919-20, Josemaría prosigue sus estudios en el Seminario de Logroño, donde obtiene las mejores calificaciones. Sus últimos años de Bachillerato, cursados con carácter oficial en el Instituto de la ciudad, han sido superados ya con holgura y brillantez, en junio de 1918.

En septiembre de 1920, de acuerdo con sus padres, Josemaría se traslada a Zaragoza. Allí podrá continuar la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia, vivir en el Seminario de San Carlos y, a su tiempo, matricularse en la Facultad de Derecho.

Cuando en el próximo verano don José se acerque a Fonz, que es su lugar de origen, hablará de sus hijos a los parientes y enseñará, orgulloso, unas fotograbas: las del benjamín -como llama cariñosamente al pequeño Santiago- y las de Josemaría.

-«Este me ha dicho que quiere ser sacerdote, pero a la vez va a estudiar para abogado. Nos costará un poco de sacrificio... »(15).

Josemaría, de la mano de Dios, y respaldado por el amor y la libertad que siempre fue la gran oferta de sus padres, empezará una nueva etapa que se abre ya en el tren, camino de Zaragoza.

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