Aquella mañana en Roma

¿Qué pensó Vd. durante aquella mañana?, me preguntaron cuando volví a México, tras mi estancia en Roma con motivo de la solemne beatificación del Padre, el 17 de mayo de 1992. No sabía qué contestar. Suelo ser muy tardo en reaccionar: además, los recuerdos, las emociones se agolpaban entonces de tal manera en mi mente que me resultaba difícil explicar mis sentimientos. Como el agua que baja tumultuosa de las corrientes, necesitaba un remanso de sosiego, cierta perspectiva, tiempo para meditar, silencio.

Ahora, desde la distancia, puedo aquilatar mejor mis sensaciones y mis recuerdos. Aquel 17 de mayo fue un domingo espléndido, con una luz y un sol radiante que me recordaron los de esta bendita tierra mexicana. La plaza de San Pedro estaba llena de miembros del Opus Dei y de personas con cariño a la Obra y devoción a nuestro Fundador que habían venido de los lugares más apartados de la tierra: se mezclaban todas las razas y culturas: africanos, asiáticos, gentes de rasgos andinos... Era una muchedumbre multicolor y gozosa, trescientas mil personas según L'Osservatore Romano, en la que se daban cita todas las edades y situaciones sociales; una multitud serena que abarrotaba completamente la plaza de San Pedro, que desbordaba el perímetro de la monumental columnata de Bernini y se extendía, como una pacífica inundación, por la inmediata plaza de Pío XII hasta ocupar la Via della Conciliazione.

Al fondo, sobre la magnífica fachada de Maderno, se alzaban dos tapices, todavía cubiertos, uno con la efigie del Padre y otro con una representación de una religiosa canosiana de origen africano, Josefina Bakhita. Recordé entonces cuántas veces había cruzado esta misma plaza, acompañado por el Padre, en dirección a la Basílica donde ahora ondeaba un tapiz con su retrato.

No pude, ni quise, evitar la emoción indescriptible que experimenté cuando Juan Pablo II, el Papa venido del Este, proclamó en latín: "con nuestra autoridad apostólica, concedemos que los Venerables Siervos de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, Fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, virgen, hija de la Caridad, canosiana, de ahora en adelante puedan ser llamados Beatos".

A continuación se produjo una explosión de serena alegría entre los miles de asistentes. Se alzó el tapiz que cubría los reposteros con las imágenes de los dos nuevos Beatos. A partir de ese momento nuestro Padre se convertía en gozoso patrimonio de la Iglesia universal. Di gracias al Señor por haberme concedido el gran don de conocerle, de convivir a su lado tantas horas inolvidables, de seguir sus pasos y de querer tanto a este hombre de Dios que la Iglesia acababa de elevar al honor de los altares.

¡Vinieron tantos recuerdos a mi memoria! Volé con la imaginación a aquellas tertulias de domingo en la Residencia de Ferraz, donde nos apiñábamos a su lado Juan, Ricardo, José María, Paco, Alvaro y tantos otros... En cierto modo, aquel domingo de mayo seguíamos también juntos, unos en la tierra y otros en el Cielo, en torno al Padre y muy unidos al Papa.

Juan Jiménez Vargas, tan decidido y parco de palabras como siempre, estaba allí, cerca de mí. Había venido desde Navarra, cuya Universidad -aquel viejo sueño de nuestro Fundador- había contribuido a sacar adelante, a lo largo muchos años, como catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina. De esa Universidad fue primer rector José María Albareda, fallecido hace muchos años. Y en Pamplona vivió hasta su reciente fallecimiento José María González Barredo, después de largos años de estancia en Estados Unidos, donde participó en los comienzos de la labor apostólica y llevó a cabo una formidable labor investigadora. Me contaron que no pudo venir a Roma por motivos de salud.

Ricardo -don Ricardo Fernández Vallespín-, que ejerció durante muchos años su ministerio sacerdotal en Madrid y por estas tierras de América, falleció también, hace algunos años, el 28 de julio de 1988. A José María Hernández de Garnica, que comenzó la labor apostólica en tantos países de Europa, se lo llevó el Señor en vida de nuestro Padre, el 7 de diciembre de 1972. Todos éstos, como Paco -don Francisco Botella- y tantos otros miembros del Opus Dei ya fallecidos, verán esta ceremonia desde el Cielo: Paco -el inseparable Paco, durante tanto tiempo- murió el 29 de septiembre de 1987, en Madrid, después de muchos años de fecundo sacerdocio.

¿Y Alvaro? Aquel joven estudiante de ingeniería de mediados de los años treinta es ahora Mons. Alvaro del Portillo, primer sucesor de nuestro Padre y Obispo Prelado del Opus Dei; y aquella mañana estaba arriba, concelebrando con el Santo Padre al aire libre en la Plaza de San Pedro, en aquella solemne ceremonia litúrgica en la que, junto con una inmensa muchedumbre de fieles, participaban treinta y cinco cardenales y más de doscientos obispos.

"Con sobrenatural intuición", dijo el Papa, "el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, puedan ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. "Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios"".

Aquel día experimenté un cúmulo de emociones difícil de resumir. Su mejor expresión la encontré en las palabras que dijo Mons. del Portillo durante la Misa de Acción de gracias por el nuevo Beato, celebrada el 21 de mayo en la Basílica romana de San Eugenio:

" `Daré gracias al Señor con todo el corazón (...) Grandes son las obras del Señor'. Estas palabras del Salmo que recitaremos dentro de poco en la antífona de la Comunión resumen los sentimientos de gratitud que invaden hoy nuestro corazón. Sí: grandes son las obras del Señor. En todo el universo no existe un acontecimiento comparable, por su grandeza, a la transformación que la obra de la gracia lleva a cabo en el hombre redimido: un puñado de polvo de la tierra es ensalzado hasta el punto de hacerse partícipe de la naturaleza divina y de recibir la adopción de hijo de Dios en Cristo. Esta admirable vocación del hombre se cumplió plenamente en el Beato Josemaría Escrivá: la Iglesia lo venera en los altares y lo propone a los cristianos como intercesor ante Dios y como ejemplo luminoso para nuestro empeño de fidelidad a la vocación bautismal.

"Desearía que, al término de estos días de acción de gracias, meditásemos una vez más la enseñanza que el Señor ha querido transmitirnos a través de la vida y del mensaje del Beato Josemaría. Lo hacemos aquí, ante sus sagrados restos mortales. Este cuerpo fue miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo; fue instrumento del que se sirvió el Señor para comunicar a los hombres los frutos de la Redención: sus palabras, sus gestos, su sonrisa amabilísima, los sufrimientos que afrontó siempre con una alegría contagiosa, su extenuante trabajo fueron el lenguaje elocuente de una continua lección de amor y de paz. Me viene a la memoria aquella exclamación de la Sagrada Escritura que brotó en mi ánimo el día de su tránsito al Cielo: Quam speciosi pedes evangelizantium bona!, ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien!

"Hace ya varios años, tuve ocasión de comunicar a los miembros del Opus Dei una consideración que oí de labios del Santo Padre Pablo VI: al manifestarme su propia veneración por nuestro Fundador, el Papa me dijo que pertenecía ya al tesoro de toda la Iglesia. La extraordinaria difusión de la devoción privada hacia su figura nos demostraba que, a pesar de que continuaba siendo íntimamente nuestro, no nos pertenecía en exclusiva. Hoy os repito -lleno de gratitud y de alegría- que la elevación a los altares del Beato Josemaría representa como el inicio de una nueva expansión de la misión eclesial para la cual fue elegido por el Señor. La universalidad de la tarea a la que Dios le llamó -anunciar que todas las realidades terrenas son camino de santidad- ha sido subrayada de modo solemne y tangible. Su beatificación es, para todos los cristianos, una nueva llamada a la santidad, un nuevo motivo de esperanza, un ejemplo de fidelidad y de docilidad a Dios en el cumplimiento del trabajo cotidiano. Todos vosotros recordáis las palabras pronunciadas por el Santo Padre al día siguiente de la beatificación: `¿Cómo no ver en el ejemplo, en las enseñanzas y en la obra del Beato Josemaría Escrivá un eminente testimonio de heroísmo cristiano en el ejercicio de las actividades humanas corrientes? (...) Su fidelidad -ha afirmado el Santo Padre- permitió al Espíritu Santo conducirlo a las cumbres de la unión personal con Dios, con la consecuencia de una fecundidad apostólica extraordinaria'".

Por la tarde de ese mismo día, 21 de mayo, al término de una Misa, presidida por Mons. Javier Echevarría, Vicario General del Opus Dei, tuvo lugar el traslado procesional de los venerados restos del nuestro Padre desde la Basílica de San Eugenio a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz.

 

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