En Torreciudad. Cumpliendo la manda del Padre

Cumplimos la promesa -la manda, como decimos en México- del Padre de poner un mosaico de la Virgen de Guadalupe en Torreciudad, y el 28 de junio de 1977 acudimos a aquel Santuario mariano, enclavado en un paraje magnífico del Alto Aragón, en España, muy cerca del Pirineo, asomado a un pantano en el que se embalsan serenamente las aguas del río Cinca. Fuimos con una gran alegría y al mismo tiempo, con un gran dolor: el Padre ya no estaba con nosotros en la tierra para cumplir esa promesa, aunque estábamos seguros de que nos acompañaba desde el Cielo.

Dios lo había llamado a su lado dos años antes, el 26 de junio de 1975, al filo de las doce del mediodía. Había fallecido como siempre había pedido al Señor, sin dar la lata, en su habitación de trabajo en la Sede Central del Opus Dei en Roma, con la misma sencillez con la que había vivido, a consecuencia de un repentino paro cardíaco que le sobrevino -según había pedido también- después de mirar una imagen de la Virgen de Guadalupe...

Al día siguiente fue sepultado en la Cripta de la actual iglesia prelaticia, entonces Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei. Y desde aquel momento se difundió por todo el mundo su fama de santidad. Pocas semanas después de su fallecimiento se editaron en italiano unas estampas para la devoción privada, que luego se imprimirían en más de 40 lenguas.

En Torreciudad estábamos todos los que habíamos acompañado al Padre en la Basílica de Guadalupe, durante su novena en México, para cumplir su promesa: don Alvaro del Portillo, don Javier Echevarría, Alberto Pacheco, Adrián Galván y yo.

Don Alvaro del Portillo era el primer sucesor de nuestro Fundador. Había sido elegido casi tres meses después del fallecimiento del Padre, el 15 de septiembre de 1975 por los representantes de todos los miembros del Opus Dei, reunidos en un congreso electivo en Roma, por unanimidad y a la primera votación.

El cumplimiento de la promesa de nuestro Fundador a la Virgen se hizo de un modo sencillo, íntimo, familiar. Estábamos muy pocos. Don Javier Echevarría comenzó a leer las palabras de nuestro Fundador a la Virgen de Guadalupe aquel 20 de mayo de 1970 que he recogido anteriormente. Pero al poco rato no pudo seguir leyendo; se emocionó, y concluyó la lectura don Alvaro, que luego continuó haciendo su oración en voz alta, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre. Evocó su muerte santa y los frutos que su intercesión producía en todo el mundo y nos alentó a ser fieles a su espíritu. "Cuando el Padre habló en México con sus hijos -nos recordó-, les aclaró desde el primer momento que había saltado el charco para ver a la Virgen, a nuestra Señora de Guadalupe. Eran, aquellos tiempos, momentos de congoja, por tantos dolores que pesaban sobre el alma sacerdotal de nuestro queridísimo Padre. Momentos duros, que ya pasaron, gracias a Dios y a la asistencia de su Madre Santísima, que escuchó la oración de un hijo tan fiel como fue nuestro Fundador".

Y concluyó: "a lo largo de aquellos días, ante la imagen de la Virgen y en muchas otras ocasiones, el Padre intercalaba esta invocación: Domina nostra de Guadalupe, ora pro nobis; Madre nuestra, ¡escúchanos! Te lo pedimos ahora, con la fe, con la esperanza -¡con la seguridad!- y con el amor con que te lo decía nuestro Fundador, hijo tuyo fidelísimo".

Al terminar la oración, besamos el mosaico y rezamos los misterios gloriosos del Rosario. Poco después fuimos a la ermita, que ha atraído la devoción popular de todas aquellas comarcas del Alto Aragón desde el siglo XI. Los padres de nuestro Fundador le llevaron allí a comienzos de siglo como agradecimiento a la Virgen: cuando sólo contaba dos años se puso tan enfermo que los médicos le habían deshauciado: "de esta noche no pasa", dijeron a su padre.

Entonces su madre, doña Dolores -la Abuela, para los miembros del Opus Dei-, acudió a la Virgen y le dijo: "si me lo curas, te lo llevo a Torreciudad". Se curó de la noche a la mañana, y poco después cumplieron la promesa y fueron hasta esta ermita, para agradecer aquel favor tan grande.

Cuando en vida, el Padre contaba la historia del nuevo Santuario, se ponía humildemente en segundo plano: no quería ser protagonista de nada. Ha sido una delicadeza de mis hijos, explicaba. Torreciudad es uno de esos infinitos puntos, a lo largo y a lo ancho del mundo, donde se encuentran imágenes de la Virgen que el pueblo fiel ha respetado, amado y venerado siempre. Allí está desde el siglo XI. Hay también alguna cosa mía circunstancial, que no es del caso...

Desde la ermita contemplé los edificios que rodean al Santuario, nacidos de la devoción mariana de nuestro Padre, que nunca quiso ponerse de modelo de nada, salvo en un punto: el amor que tengo a la Virgen. Con el espléndido marco de los Pirineos al fondo, recordé tantas manifestaciones de su amor a la Virgen, grandes y pequeñas, de las que yo había sido testigo: aquella Salve al alcanzar la frontera de Andorra tras la travesía de los Pirineos; aquella primera visita a Lourdes, ateridos de frío; aquella oración en mi pensión de Pamplona; aquella novena a la Guadalupana...

Me contaron que el Padre había acudido dos veces como peregrino a Torreciudad mientras se realizaban las obras. En la primera de esas ocasiones, el 7 de abril de 1970, se descalzó un kilómetro antes de llegar y, bajo un tiempo inclemente, fue caminando sobre las piedras y la gravilla hasta llegar a la ermita.

¡Perdóname, Madre mía! -exclamó al llegar, evocando la primera visita de su infancia. Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en las miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán. Con material humilde, de la tierra -comentó en otro momento- material divino. Y añadió: Habéis puesto tanto amor aquí...

Dijo que esperaba de Torreciudad un derroche de gracias espirituales (...) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy, la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.

Al marcharme de Torreciudad, pocos días después, comprendí que aquella novena que hicimos en la Villa, hacia siete años, había continuado abierta, y que la habíamos cerrado aquel día 28, con aquella entrañable y sencilla ceremonia.

Me confesé en el mismo confesonario que utilizó nuestro Padre y aquel día, y también durante el siguiente -fiesta de San Pedro y San Pablo- medité mucho en la gloria accidental de nuestro Fundador en el Cielo, al ver hecho realidad su deseo de que muchas almas honrasen a la Virgen en aquel lugar y se purificasen con el sacramento de la penitencia. ¡Qué alegría tendría, en el Cielo, viéndonos cumplir la manda a la Virgen a don Alvaro -su sucesor-, a don Javier, y a sus tres hijos mexicanos...!

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