Junto a la laguna de Chapala

La laguna de Chapala es la más grande de la República Mexicana y aparece en las antiguas cartas geográficas de la Nueva Galicia como Mar Chapalico. Cerca de sus orillas está Jaltepec, una casa de retiros del Opus Dei, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, capital del Estado de Jalisco, y desde sus terrazas se divisa una amplia panorámica de la laguna, bordeada por cerros en los que se apiñan pequeñas casas de tejados rojos. Esa laguna inspiró la famosa canción que dice:

...por Otoclán sale el sol;
por ti, Chapala, sale la luna.
Poco a poco
va subiendo
la marea
en la laguna...

Y que acaba con aquel final emocionado:

Chapala...,
rinconcito de amor,
donde las almas
suelen hablarse
de tú con Dios...

Allí, junto a la laguna de Chapala, del 9 al 17 de junio, estuvo viviendo el Padre, y allí hubo tertulias con asistencia de todo tipo de personas, a las que el Padre fue enseñando, como en la canción, a hablar de tú con Dios.

En una de esas tertulias se reunió con un grupo numeroso de matrimonios: unos eran del Opus Dei, otros Cooperadores o amigos.

-Si tenéis paciencia -les dijo-, quiero hablaros de tres Sacramentos especialmente, ¿tendréis paciencia?

-Sí, Padre -le respondieron al unísono-, ¡cómo no!

-Mirad, vamos a comenzar por el sacramento del matrimonio. Es un sacramento bendito, que Dios ha querido dar a sus hijos, a los cristianos, como un medio de santidad maravilloso. Porque el matrimonio exige mucho sacrificio, pero cuánto bienestar, cuánta paz y cuánto consuelo proporciona. Y si no es así, es que son malos esposos.

El Sacramento del matrimonio proporciona gracias espirituales, ayuda del cielo, para que el marido y la mujer puedan ser felices y traer hijos al mundo. Cegar las fuentes de la vida es un crimen horrendo y, en este país, una traición a la Patria, que necesita de muchos mexicanos.

Es bueno y santo que os queráis. Yo os bendigo, y bendigo vuestro cariño, como bendigo el cariño de mis padres: con estas dos manos de sacerdote. Procurad ser felices en el matrimonio. Si no lo sois, es porque no os da la gana. El Señor os da los medios... Cambiad, si tenéis que cambiar; quered a vuestras mujeres, respetadlas; dedicad a los hijos el tiempo necesario.

El Padre hizo una pausa y continuó:

-Os voy a hablar ahora de la Sagrada Eucaristía... Os diré lo que quizá he dicho, con ésta, un centenar de veces en México, y miles de veces desde que soy sacerdote, porque amo de todo corazón a Jesús Salvador Nuestro, que es perfecto Dios y perfecto Hombre.

Tras explicar las razones del Señor para instituir este sacramento, comentó: vamos a ser agradecidos. ¿Qué no haríamos por una persona que hubiera hecho la mínima parte de eso, por amor nuestro? Amad al Señor en el Sacramento Santísimo. Cuando vayáis a la iglesia, id primero al Tabernáculo, al Sagrario, a decirle: creo, aunque haya montones de hombres que digan que no creen. Más aún: creo en nombre de ellos.

A continuación habló de la penitencia:

-El sacramento de la Penitencia nos limpia, nos hace menos soberbios, devuelve a nuestra vida la alegría, si la hemos perdido. Yendo a confesar nuestras faltas, con las condiciones que sabemos por el catecismo que estudiamos cuando niños, el sacerdote nos absuelve, aun de los crímenes más grandes. Pero yo aconsejo que vayáis a la confesión con frecuencia, aunque no haya pecados gordos que perdonar. El sacramento de la Penitencia robustece el alma, le da nuevas fuerzas, le hace capaz de cosas más cristianas y más heroicas.

Hijos míos, estoy seguro de que si hablara con cada uno de vosotros encontraría que habéis hecho cosas heroicas en vuestra vida, aunque no os lo parezca; por lo menos, el heroísmo de la vida vulgar, corriente, vivida de un modo honrado. Amemos el sacramento de la penitencia.

Sobre este último punto -la santificación de la vida corriente- nos habló con frecuencia durante su estancia en México. ¿Qué trabajo es más hermoso? -nos decía- ¿el que realiza una campesina o el de un diputado en el Parlamento? No lo sé: el que esté hecho con más amor de Dios y más rectitud de intención. ¿Está claro? Todas las labores de los hombres son santas, por lo menos se pueden santificar. Y Dios nuestro Señor me pidió a mí, que era muy joven, que dijera a la gente del mundo que no buscaran excusas. A los que las buscan les llamo ojalateros: ojalá no me hubiera casado; ojalá no fuera médico; ojalá no fuera...; ojalá no tuviera esta suegra: ¡Ojalateros todos!

No señor; con la suegra, casados, solteros, como sea; en el taller, en la fábrica, en el campo, en la Universidad, en el Parlamento, todos pueden ser santos, si quieren; basta que de verdad quieran, y pongan los medios que debe poner un buen cristiano.

La palabras del Padre calaban en todos: en los intelectuales y en las gentes más sencillas. Recuerdo que un campesino de San Juan Cosalá, un pueblecito de casas y chozas cercano a la laguna, tan pequeño que no aparece en el mapa, compuso un poema delicado como agradecimiento por las palabras del Padre. Lo conservo como un recuerdo entrañable de aquellos días: el poema está escrito según las reglas del corazón y del agradecimiento (aunque no tanto según las de la gramática), y dice así:

La Virjencita morena
Esperando tu yegada
en la villa te esperava
i una risa te brindava
mientras tú la saludabas.
En Jaltepec Jalisco
en donde tú allí estuviste
Un consejo tú nos diste
A todos los alli presentes
Te pedimos. o señor. Tu
que estas cerca a Dios
que perdone nuestras faltas
y nos de su bendición.

Se reunió también el Padre con un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos. Sostuvo con ellos un encuentro largo y animado, pero, como el calor era agobiante, acabó extenuado. Se recostó un rato para descansar. Observó entonces que frente a la cama había un cuadro de la Virgen de Guadalupe, en el que la Señora ofrece una rosa al indio Juan Diego.

-Así quisiera morir -musitó-: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...

 

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