Las tertulias

La estancia del Padre en México se prolongó más de un mes, desde el 15 de mayo al 22 de junio de 1970. Acudieron a escucharle todo tipo de personas, venidos desde los más diversos confines del país: profesionales -profesionistas, como se les llama en México- de la capital, madres de familia, artesanos, agricultores, empleadas del hogar, empresarios, intelectuales, sacerdotes, inditas con sus vestidos multicolores...

El Señor había dado al Padre desde el principio de su apostolado un gran don de lenguas. Se hacía entender fácilmente y con gran sencillez por todo tipo de personas, cualquiera que fuera la mentalidad, la idiosincrasia, la nacionalidad o raza. Poseía una gracia humana y una simpatía que arrastraba: sabía convertir aquellos encuentros multitudinarios en tertulias entrañables, con sabor de primitiva cristiandad, donde cada cual preguntaba y hablaba con gran espontaneidad y libertad. Las llamábamos así: tertulias, porque realmente lo eran: a pesar de que a veces estuviesen formadas por cientos, en ocasiones miles, de personas de diversas nacionalidades.

Mi asombro crecía de día en día. Porque ¡eran tan diferentes, tan distintos, los grupos humanos a los que hablaba de Dios! Le escuchaban empresarios y profesionales, miembros del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa; campesinos del Centro Agropecuario de El Peñón, en Montefalco; jóvenes universitarios de la R.U.P (Residencia Universitaria Panamericana); madres de familia; empleadas del hogar; gentes modestas de pueblos de interior; sacerdotes; intelectuales... Con frecuencia estas "tertulias" se sucedían ininterrumpidamente, sin dar tiempo al Padre para reflexionar e informarse de quiénes le iban a escuchar poco después.

Aclaraba un punto de la vida cristiana, daba doctrina sobre otro, indicaba soluciones y remedios, alentaba a luchar... Siempre, con un tono optimista y alegre, salpicado de bromas y anécdotas. Me di cuenta entonces de que, al igual que el buen vino, sus virtudes se habían ido enriqueciendo con el paso de los años, como en un 'in crescendo': el Padre se había ido "llenando", con los años, cada vez más de Dios, y su predicación rezumaba santidad: sabor evangélico y hondura sobrenatural.

Sabía hablar a cada uno en su propio lenguaje. Recuerdo, por ejemplo, que el 15 de junio alabó la labor apostólica con empleadas del hogar: El trato entre patrona y empleada -dijo- ha sido, muchas veces, injusto por ambas partes; y hay que procurar que esa injusticia desaparezca y que, junto a la profesionalización, comprendan cuál es el sentido sobrenatural de ese trabajo: saber servir, ahora que ya nadie quiere hacerlo.

Yo estoy contento de servir a Dios: no soy más que un servidor de Dios, y le pido que tenga cada día mayores deseos de servirle. Hay que hacer justicia cristiana: que no haya explotadores ni explotados. Una criatura de éstas, metida en una casa, puede ser un ángel de luz o un diablo... Fijaos si es importante.

En esa ocasión le escuchaba un grupo numeroso de mujeres jóvenes del Opus Dei: algunas universitarias; otras, empleadas del hogar. Y aclaró: No olvidéis que formamos una familia. Todos somos iguales en la Obra: no hay clases. Las que sois universitarias os habéis dedicado más a la ciencia porque habéis tenido más medios para estudiar. Otras hijas mías no han dispuesto de esos medios y quizá no han adquirido esa ciencia, pero poseen -por su vida interior- el don de la Sabiduría, que vale más que toda la ciencia.

Dijo algo entonces que me recordó aquellos viejos tiempos de Ferraz: Yo también he barrido, y he procurado barrer bien: no dejaba rincones sin limpiar, porque lo hacía cara a Dios. Si no me salía mejor, es porque no tengo la especialidad de barrer..., aunque ya me gustaría tenerla. Cuando vosotras hagáis la limpieza, realizadla como si estuvieseis en la casa de Nazareth: para que Jesús, María y José estén contentos. Sois empleadas del hogar en casa de la Sagrada Familia, en Nazareth. Si trabajáis con esa rectitud de intención, con amor de Dios, os santificaréis.

México -¿por qué no decirlo?- le llegó al alma. En una palabra: le encantó. No escatimaba sus alabanzas para con este país nuestro. Qué fruta tan rica la de México! Lo único que es mejor en mi tierra -nos comentaba, divertido- son los melocotones; todo lo demás es mejor aquí: ¡tiene un sabor!, ¡un aroma!

Comprendió muy bien el alma mexicana y procuraba suavizar las aristas de su acento aragonés para acomodarse a la suavidad de nuestro modo de hablar, cuando le preguntaban acerca de todo lo divino y lo humano.

-Padre -le dijeron durante uno de sus encuentros con numerosas madres de familia-, díganos algo sobre las familias numerosas.

-Hija mía: cuando yo veo una familia numerosa me dan ganas de arrodillarme. ¡Qué buenas sois!

A veces sus respuestas eran largas y se extendía explicando un punto de la doctrina cristiana; sin embargo lo habitual fue que diera sobre cada tema una pincelada sobrenatural, breve, sencilla, pero muy clara y expresiva, con la que dejaba fijado un punto fundamental de la doctrina de forma asequible a todos. Era una auténtica catequesis, en la que fue desplegando toda la riqueza de la vida cristiana.

-Padre -le preguntó una muchacha en otra ocasión-, ¿por qué nos dice que bendice con las dos manos el amor limpio de nuestros padres?

-Hija, porque no tengo cuatro, contestó el Padre con desparpajo y buen humor.

Acudían a escucharle miles de personas, que le planteaban las cuestiones más diversas: la educación de los hijos, la vida conyugal, la libertad de enseñanza, la santificación del trabajo, los sacramentos... Una mujer le preguntó si las mujeres debían trabajar:

-¿Tú piensas que no trabajan? Las que están ocupadas en un oficio o en una profesión hacen muy bien. Otras tienen ya mucho trabajo con llevar el hogar, cuidar de los niños, preparar al marido una acogida cariñosa: ¿te parece poco? Para mí eso es un gran trabajo profesional... Y conste -puntualizó con gracia- que no soy contrario a que las mujeres sean alcaldesas y gobernadoras.

-Otra señora le preguntó por los matrimonios sin hijos:

-Si no tienen hijos, es que Dios quiere más de ellos... Agradeced también al Señor que no os dé hijos, porque os concederá mucho amor para derramarlo en los que os rodean. Si no sabéis qué hacer, me lo decís, que yo os daré trabajo. Y os debéis querer lo mismo, con toda el alma, ¿está claro? Marido y mujer que no tenéis descendencia: no sois unos desgraciados, unos defraudados; sois unas personas a las que el Señor, providencialmente, les ha negado esa compensación, pero les ha puesto tanta capacidad de amar...

De los matrimonios sin hijos pasaba a hablar de la necesidad de la confesión sacramental, o recordaba la doctrina de la Iglesia sobre el bautismo de los niños, o sobre la ayuda a los más necesitados. Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos, recordaba. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

De los campesinos pasaba a los intelectuales; de los intelectuales a los empresarios; de los empresarios a las madres de familia; y luego a... Pero antes de proseguir me gustaría detenerme en la labor de la Obra en México con campesinos, que tiene varios nombres propios. Uno de ellos es Montefalco.

 

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