El Concilio Vaticano II

Esa estancia del Papa en el Centro Elis tuvo lugar pocas semanas antes de la clausura del Concilio Vaticano II, que se celebró el 8 de diciembre de 1965. Recuerdo que al conocer la noticia de su convocatoria por Juan XXIII, el 25 de enero de 1959, el Padre comenzó a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito -dijo- de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico.

Algunos miembros del Opus Dei tomaron parte activísima en los trabajos conciliares. Don Alvaro del Portillo, que era entonces Secretario General del Opus Dei, fue nombrado Presidente de la Comisión antepreparatoria De laicis; después, Miembro de otra comisión preparatoria; y finalmente Secretario de la Comisión conciliar De disciplina cleri et populi christiani, y Perito en otras comisiones conciliares.

Sobre este periodo quiero destacar especialmente un punto: la alegría del Padre al conocer las muchas enseñanzas del Concilio sobre la llamada universal a la santidad. El Concilio proclamó solemnemente, a los cuatro puntos cardinales, lo que habían sido aspectos fundamentales de su predicación desde 1928.

Pero, como es bien conocido, tras el Concilio hubo algunos que, escudándose en un falso "espíritu conciliar", comenzaron a suscitar desviacionismos doctrinales y prácticos dentro de la Iglesia; y algunos medios de comunicación se afanaron en proclamar a los cuatro vientos determinadas discordancias, lo que produjo una gran confusión en el Pueblo de Dios.

El Padre sufría mucho al conocer estos hechos; y su reacción, como siempre, fue profundamente sobrenatural: rezó e hizo rezar mucho por el Concilio, acudió con jaculatorias fervientes a la Virgen, Madre de la Iglesia; y durante aquellos años estuvo siempre, de un modo muy especial, con la mente y el corazón puestos en los trabajos conciliares.

Es difícil reflejar por escrito con qué intensidad sufrió el Padre durante aquellos años, muy unido al Santo Padre, por esta situación: fue un dolor profundísimo, nacido de su gran amor a la Iglesia y a Cristo.

Sufro muchísimo, escribía en aquellos años. Estamos viviendo un momento de locura. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que, en la práctica, se vacíen de contenido los Sacramentos -todos, hasta el Bautismo-, y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

Como siempre, acudió con toda su alma a la protección maternal de la Santísima Virgen. Y, entre otras peregrinaciones marianas, determinó venir a México, para rezar ante la Virgen de Guadalupe.

 

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