Madre de dos sacerdotes

Tengo que dar de nuevo otra noticia acerca de mi hermano Pepe. Ya dije, al comienzo de estos recuerdos, que ignoro si el antiguo párroco de Torrevieja, que había predicho a mi abuelo que los hijos de aquel matrimonio que le inquietaba tanto -el de mis padres- se entregarían a Dios, llegó a calibrar exactamente lo que estaba diciendo. Pero lo cierto es que sus palabras se cumplieron hasta límites insospechados: pocos años más tarde, el 1 de julio de 1951, mi hermano José María se ordenaba también sacerdote, junto con otros diecinueve miembros del Opus Dei, en la iglesia de las Irlandesas de Madrid.

Mi madre estaba gozosísima con nuestra ordenación sacerdotal; y me comentó que, a partir de entonces tendríamos que rezar especialmente por ella, para que, del mismo modo que Dios nos había dado a nosotros dos la vocación al sacerdocio, el Señor la confirmara a ella en su "vocación de madre de dos hijos sacerdotes".

Tiene toda la razón y mucho sentido sobrenatural, me dijo el Padre cuando le comenté esta singular petición de mi madre. La vocación cristiana tiene muchos modos de vivirse, y ella también tiene una vocación muy grande de madre buena y sacrificada de vosotros dos: hay que pedir por su perseverancia, y hay que rezar para que muchas madres y muchas hermanas de sacerdotes vean muy claro esto y sepan estar cerca de sus hijos y hermanos, rezando por ellos y atendiéndoles sacrificadamente. Con ello hacen un gran servicio a Dios y a la Iglesia; ¿qué hubiera hecho yo, sobre todo en los comienzos de la Obra, sin mi madre y mi hermana?

Gracias a Dios, a la ordenación de mi hermano Pepe pudo asistir mi padre, que había vuelto del exilio un año después de mi ordenación sacerdotal y había tenido el consuelo de ser rehabilitado y repuesto en su profesión de Catedrático. Se había reintegrado de nuevo a su cátedra, ahora en Aranda de Duero. Durante esos años fue con frecuencia a Madrid y trató y admiró mucho al Padre, que le recibió varias veces con gran cariño.

El Padre había alcanzado de la Virgen la gracia que había pedido en Lourdes: mi padre venía del exilio muy cambiado desde el punto de vista espiritual. Había sufrido muchas privaciones materiales, pero el Señor le había ido concediendo la fe y, con la fe, una vida de piedad sincera: durante los últimos once años de su vida fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias; hacía todos los días un rato de lectura espiritual y acostumbraba a rezar diariamente también el Santo Rosario.

Recuerdo su progresivo entusiasmo por Santa Teresa, por San Agustín -que había vivido una conversión, como él-, por San Juan de la Cruz, y naturalmente por Camino. Yo, al ver esto, no podía menos que dar gracias a Dios y recordar aquellas palabras del Padre en Lourdes, al pie del altar...

Finalmente, después de ser varios años cooperador del Opus Dei, sufrió su enfermedad final con una gran conformidad ante la Voluntad de Dios y, confortado por los Santos Sacramentos, murió con gran paz el 10 de febrero de 1960, precisamente la víspera de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes.

 

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