Así lo manda la tradición

Como la labor seguía creciendo, hubo que crear otros Centros en la Ciudad de México. En 1953 alquilamos una casa en una calle cuyo nombre guardaba también resonancias europeas, como las anteriores: Georgia. Pero allí no estuvimos mucho tiempo: el indispensable para poder instalarnos, esta vez ya de forma definitiva, en la calle Nuevo León.

Fueron viniendo vocaciones mexicanas y comenzamos a transmitirles el espíritu que nos había enseñado nuestro Padre. Con frecuencia aprovechábamos las vacaciones escolares -que entonces comenzaban a principios de diciembre- para proporcionarles una formación más intensa. Al principio, a falta de un lugar adecuado, acudíamos a los lugares que nos prestaban los Cooperadores y amigos. Recuerdo que a fines del 49 los que éramos del Opus Dei por aquel entonces, fuimos, en una pequeña caravana de coches, a pasar unos días a la Hacienda de La Gavia, que estaba al pie del Nevado de Toluca. Pensábamos dedicar unos días a la formación espiritual de las vocaciones recientes.

Pero no había contado con un imprevisto: nada más llegar, se corrió de ranchería en ranchería la voz de que había llegado un sacerdote a La Gavia y, por tanto, "había misión". Comenzaron a venir a la hacienda hombres, mujeres y niños en gran número, para que les predicara, les administrara los sacramentos y les dijera Misa. Me conmoví al ver a tantas gentes sedientas de Dios.

Fueron unas jornadas gozosas y agotadoras al mismo tiempo. Porque, además de proporcionar la formación necesaria a los miembros del Opus Dei, dedicaba varias horas al día a confesar a los campesinos que venían a la caída de la tarde, tras varias horas de camino para "asistir a la misión". Tuve que fijar el rezo del Rosario a las cinco, porque -me explicaron- "así lo manda la tradición": una tradición que, por falta de clero, se había interrumpido durante muchos años. Organizamos además unas clases de catequesis, y cuando se acabaron las vacaciones escolares y los que me acompañaban regresaron a la ciudad de México, me quedé varios días más confesando a aquellas gentes y atendiendo a algunos enfermos "tras lomita", como se dice en estas tierras...

La labor apostólica se desarrolló según los planes de Dios, tan distintos a veces de los nuestros. Por ejemplo, pensábamos permanecer en la Ciudad de México, una de las más pobladas de todo el mundo, asentar la labor allí, y sólo luego viajar a otros lugares de la República. Por el momento, no teníamos previsto comenzar en otras ciudades. Pero Dios sabe más; y en 1949 la empresa de ingeniería que había contratado a los dos que habían llegado a México conmigo, los trasladó a Culiacán, al noroeste de la República, y eso hizo que desde el comienzo se empezara en lugares muy distintos de México.

 

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