Los comienzos en México

Y a este último y querido país llegué en enero de 1949 para comenzar la labor del Opus Dei, después de una larga travesía en el transatlántico "Marqués de Comillas". Tras la bendición, durante la despedida que tuvo lugar en Molinoviejo, el Padre comentó a Mons. Morcillo, que estaba presente: esta bendición y una imagen de la Virgen es todo lo que puedo darles para comenzar en México. Esa sencilla imagen de cerámica de Nuestra Señora del Rocío fue "la primera piedra" de la labor apostólica en mi nuevo país. Ahora se conserva con todo cariño y gratitud en Montefalco.

El relato pormenorizado de aquellos comienzos me alejaría del objetivo central de estas páginas: dar testimonio de mis años de convivencia con el Padre. Diré sólo, en líneas generales, que el inicio de la labor apostólica del Opus Dei en México contó con las dificultades características de todos los comienzos: teníamos que resolver el problema económico, no sabíamos si obtendríamos o no el permiso de residencia en el país, y, en fin, un largo etcétera.

Durante el viaje anterior "de exploración del terreno", pudimos pasar cierto tiempo en México gracias a un visado de turista que habíamos obtenido en Nueva York. Pero ahora deseábamos obtener el visado de inmigración, con el consiguiente permiso para poder trabajar. Por esa razón, y no por hacer turismo, decidimos ir en barco. Y, gracias a Dios, unos buenos amigos -que encomiendo siempre al Señor- nos ayudaron a documentarnos como inmigrantes indefinidos en el consulado de México en la Habana.

Pero persistía el problema económico: con las pocas divisas que llevábamos no nos llegaba ni siquiera para pagar los gastos del Consulado. Gracias a Dios de nuevo, una persona generosa tuvo la confianza de prestarnos en La Habana la cantidad que nos faltaba: así que al desembarcar en Veracruz nuestra incipiente contabilidad ya iba en números rojos.

Al llegar a la Ciudad de México alquilamos un piso en la calle de Londres número 33; y comenzamos a trabajar. Sin embargo, con lo que ganábamos mensualmente con nuestros contratos de trabajo sólo podíamos pagar el alquiler, el agua, la luz y el teléfono. Nos quedaban apenas 250 pesos con que comer y cubrir los demás gastos indispensables para subsistir... Gracias a Dios, como siempre, subsistimos.

El Padre nos escribía y alentaba constantemente desde Roma. Y desde el principio contamos con el afecto del entonces Arzobispo Primado de México, Monseñor Luis María Martínez, que quiso celebrar la Santa Misa y dejarnos el Santísimo el 19 de marzo de ese mismo año en el Oratorio instalado en la mejor habitación de nuestro pequeño apartamento.

Los primeros que comenzaron a venir por aquel primer Centro de la calle Londres fueron algunos estudiantes de Leyes y algunos cadetes con los que había hecho amistad. Dios bendijo ampliamente la labor apostólica; y al poco tiempo, el piso resultaba insuficiente, de modo que decidimos trasladarnos a una casa de dos plantas en la calle de Nápoles número 70.

La ayuda de Dios nos llegaba también a través de los primeros cooperadores del Opus Dei en México, gentes generosas que nos ayudaron tanto en aquellos momentos y que tanto me recordaban a las que ayudaron a nuestro Fundador en los comienzos. No puedo olvidar tampoco al párroco de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Mons. Vallejo Macouzet, con el que entablé muy pronto una buena relación de amistad y colaboración. Le ayudaba en las confesiones de la parroquia y en el púlpito de aquella iglesia, con motivo de unos sermones cuaresmales que había organizado para empleadas del hogar, prediqué ante un público numeroso por vez primera en México.

Y así fue creciendo la labor, y extendiéndose a gentes de todas las clases sociales, que entonces estaban mucho más diferenciadas que ahora.

Durante ese primer periodo fui el único sacerdote del Opus Dei en México. Sin embargo, a pesar de la lejanía de Roma, sentía la compañía constante del Padre, gracias a sus frecuentes cartas, breves y animosas, escritas con su trazo fuerte característico. En el mes de julio contaba: estuvieron a comer con nosotros en mayo el Arzobispo de México y los obispos de Veracruz y Tacámbaro. En la misma carta nos decía: querría enviaros pronto otro sacerdote: a ver si puede ser a principios del cincuenta. Y también querría enviar a las chicas. ¿Por qué no pensáis en una casa donde pudierais tener administración?

En agosto de ese mismo año, después de ponerme al tanto del mucho trabajo que suponían las obras en Villa Tevere, concluía: ¡Cuántas ganas de abrazaros en ese bendito México! Un abrazo muy fuerte y la bendición de vuestro Padre. Seguía firmando Mariano, como lo hacía durante la guerra civil española.

El 25 de noviembre de 1949, nos escribió desde Milán donde estamos preparando el arreglo de esta casa y camino de Austria y de Alemania; vamos a echar una ojeada con vistas a abrir un par de casas también cuanto antes, con la ayuda de Dios. Nos pedía por esas fechas que encomendáramos las cosas que ahora llevamos entre manos, porque importan mucho para toda la Obra. Y nos decía con frecuencia: tengo muchos deseos de que vayan vuestras hermanas. Y más deseos de enviaros un par de sacerdotes.

Las primeras mujeres del Opus Dei llegaron a México en marzo de 1950. Y un año después, en 1951, llegó un sacerdote, don Emilio Palafox. Hasta que no llegó don Emilio, me confesaba habitualmente con Mons. Gastone Mojaisky-Perreli, consejero de la Delegación Apostólica en México, que tenía mucho cariño a nuestro Fundador y admiraba el celo apostólico del Opus Dei.

En el número 70 de la calle Nápoles comenzamos, siguiendo los pasos de nuestro Fundador, una Residencia de estudiantes.

Nuestro primer residente, que fue más tarde miembro del Opus Dei, vino de Yucatán. El segundo, de Michoacán. Era una casa simpática, pero no reunía las condiciones necesarias para que las mujeres del Opus Dei pudieran asumir la administración doméstica. Así que cuando llegaron a México las primeras mujeres del Opus Dei, no se ocuparon de esta tarea sino que crearon la primera Residencia para universitarias, en la calle de Copenhage.

Poco después se fueron desocupando tres casas vecinas a Nápoles 70. Y, a pesar de nuestras penurias económicas, que me evocaban las de la Residencia DYA, siguiendo de nuevo los pasos de nuestro Padre hicimos un acto de fe: dejamos el número 70 de la calle Nápoles y nos fuimos a ocupar tres casas gemelas, en los números 64, 66 y 68.

El barrio de Juárez, donde estaban ubicados todos estos Centros, era una antigua zona residencial que se fue construyendo en tiempos del General Porfirio Díaz. Concretamente, nuestras tres casas gemelas tenían sótano y tres plantas, contando con las mansardas, de estilo renacimiento francés, con pretensiones -sólo pretensiones- de aire versallesco, de acuerdo a una moda arquitectónica que hizo furor en México durante el largo período presidencial de don Porfirio: finales del siglo XIX y principios del XX. En opinión de algunos, no eran unas casas precisamente bonitas, pero -oportunamente comunicadas- permitieron que las mujeres del Opus Dei pudieran instalar con plena independencia la Administración. La Residencia contaba con un Oratorio, una sala de estudio, otra más para los estudiantes de arquitectura, comedor, etc. En una de las buhardillas se fue instalando un laboratorio de química, a donde venían a preparar sus prácticas los amigos de Ramón, uno de los primeros miembros de la Obra en México, que estudiaba Ciencias Químicas por aquel entonces.

Era una Residencia con buena capacidad; y venían por allí muchos estudiantes de las diversas Escuelas de la Universidad Autónoma, de la Escuela Libre de Derecho y de las Escuelas militarizadas de Medicina y Agronomía. Era la primera Residencia de Estudiantes del Opus Dei del continente americano y lo quisimos recordar en el escudo, donde pusimos, gozosos, Prima Americae.

Muchas veces, en los ratos de tertulia que teníamos en la azotea de la Residencia, al son de los huapangos, los corridos y las rancheras, evoqué los viejos tiempos de DYA, pensando -como un sueño casi irrealizable- cuánto le gustaría al Padre conocer estas tierras y estas gentes, entre las que labor iba creciendo, fecunda, de la mano de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen se veneraba en el Oratorio de aquella casa.

Yo sabía cuánto deseaba el Padre venir a México. Una de las muchas veces que me expresó este deseo fue el 24 de enero de 1950: Pido al Señor por cada uno de esos hijos que tengo muchas ganas de conocer y convivir con ellos, que me dará muchísima alegría pasar una buena temporada en México, y que seré feliz el día que pueda celebrar la Santa Misa ante la Madre bendita de Guadalupe.

El Padre llevaba a México en el corazón desde hacía muchos años. Me contó en una conversación, a mitad de los años cincuenta, que durante la persecución que sufrió la Iglesia en México a comienzos de la segunda década de este siglo, cuando él contaba menos de veinte años de edad, había rezado mucho por México, encomendándolo especialmente a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe. Le apenaban mucho los sufrimientos de la Iglesia en este país, que tuvo especialmente presente en sus oraciones y sus sacrificios durante sus años de seminario en Zaragoza, durante los comienzos de su labor sacerdotal y su posterior traslado a Madrid; esos años fueron los más virulentos en México, por lo que se refiere a la persecución religiosa y la suspensión de cultos.

 

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