América

Poco después de ser ordenado Diácono, una mañana de 1946, caminaba con el Padre en Madrid por la calle de Lagasca. Me iba comentando algunos aspectos de labor sacerdotal que realizaría una vez que fuera ordenado. Y como de paso, sin darle importancia, me dijo que, yo, después de trabajar un cierto tiempo en España como sacerdote, podría comenzar la labor apostólica en un país de América, porque tenemos -dijo- que cruzar el charco.

Aquellas palabras me dejaron, de nuevo, muy sorprendido. Como ya me había sucedido en otras ocasiones, me sacaron de la pequeña dimensión de mis preocupaciones concretas y me pusieron frente a una dimensión geográfica y espiritual mucho más amplia; ya no se trataba de ir a otra ciudad, sino de ir a otro continente. Me tranquilicé a mí mismo interpretando que ese "brinco intercontinental" ocurriría después de varios años. En aquel tiempo el Opus Dei sólo había iniciado su labor en Italia y Portugal, y yo conjeturaba que pasaría bastante tiempo antes de que se comenzara en países lejanos.

Sin embargo, alrededor de año y medio después, a finales de marzo de 1948, recibí una carta del Padre -fechada en Roma-, en la que me pedía que me preparara urgentemente para hacer un largo viaje por América. Deseaba que visitara a los arzobispos y obispos que habían manifestado interés en que el Opus Dei se estableciera en sus diócesis, y que conociera in situ las diversas circunstancias de cada lugar, para que se pudieran dar los primeros pasos de apostolado estable en esos países. De nuevo comprendí que el Padre caminaba al paso de Dios, cuando mi paso tendía a caminar mucho más despacio.

De este modo comencé con otros dos miembros del Opus Dei un largo periplo que duró seis meses y que comenzó con el vuelo Madrid-Nueva York. Nos entrevistamos con muchas personas, muy variadas; pero nunca faltaron en nuestro recorrido, para poder informar al Padre acerca de las circunstancias y posibilidades apostólicas de cada país, las visitas a los respectivos Ordinarios del lugar y a las Universidades.

En abril visité al Cardenal Stricht, Arzobispo de Chicago. Me acompañó José María González Barredo, que conocía al Cardenal. El Prelado nos acogió con gran cordialidad, y nos dijo, bromeando:

-Hay algo que no acabo de entender en el Opus Dei. ¿Cómo ha nacido en España, una nación tan tradicional, cuando el espíritu del Opus Dei es tan abierto y tan de acuerdo con las necesidades de la Iglesia en nuestros tiempos? ¿A qué cree usted que se deba que el Opus Dei haya nacido en España y no en otro país como, por ejemplo, los Estados Unidos?

-Eminencia -le vine a decir, en líneas generales-: el Señor ha escogido para fundar el Opus Dei a un sacerdote español. Cuando nuestro Fundador recibió esa luz de Dios, vivía y trabajaba en su país; pero nos ha transmitido a sus hijos un espíritu universal: un espíritu que no es ni español, ni francés, ni europeo, ni americano. Es un espíritu católico, es decir, universal.

-Está claro, contestó el Cardenal.

Después de Chicago, estuvimos en Toronto, Montreal, Ottawa y Québec. Luego fuimos a México, Perú y Chile. Y de ahí a Buenos Aires y Rosario, en la Argentina. De todos estos países obtuvimos gratísimas impresiones y en todos vimos buenas posibilidades para iniciar la labor del Opus Dei en cuanto se pudiera. En la mayoría de estos países permanecimos de una a tres semanas, salvo en México, donde residimos más de dos meses y aún nos supo a poco.

Desde cada ciudad escribíamos al Padre cuando menos una tarjeta postal, en la que le adelantábamos los resultados de nuestras andanzas. Al terminar estuvimos con él, en el mes de septiembre, en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, y le contamos nuestras impresiones sobre todo lo que habíamos visto en América. En vista de lo que le dijimos, decidió dar los primeros pasos de la labor apostólica de la Obra en Estados Unidos y México.

 

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