Dos hijos sacerdotes

Cuando el Padre marchó a Roma en junio de 1946, ya habíamos sido ordenados diáconos la segunda promoción de sacerdotes del Opus Dei. Me acuerdo muy confusamente de las numerosas ceremonias de ordenación. Para la tonsura tuve que afeitarme el bigote y vestir por primera vez la sotana, el manteo y la teja.

Iniciar la vida de clérigo e introducirme en determinadas costumbres no me fue muy fácil. Cuando sólo había recibido las órdenes menores, caminaba un día delante del Colegio del Pilar de Madrid y vi de pronto cómo una muchedumbre de niños, alumnos del Colegio, se abalanzaban sobre mí para besarme la mano, como se solía hacer en esa época: me produjo una impresión realmente novedosa y en aquel preciso momento, muy desconcertante.

Don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, que tanto quiso al Padre y a la Obra, nos administró la Tonsura, las Órdenes menores y el Presbiterado. Durante esas ceremonias el Obispo estuvo siempre muy paternal con nosotros: en la de la Tonsura, bromeó un poco conmigo y me cortó el mechón de pelo al raso, cosa que me obligó a cortarme después el pelo casi al cero...

No recuerdo ahora muchos detalles de las ceremonias previas, del Subdiaconado y del Diaconado, salvo que fueron larguísimas. La ceremonia del Subdiaconado la ofició Fray José López Ortíz, que era Obispo de Tuy, y tuvo lugar en el Centro de la calle de Diego de León. La del Diaconado la recibimos de manos de Don Casimiro Morcillo, entonces Obispo Auxiliar de Madrid, en la parroquia de su pueblo natal, Soto del Real, que entonces se llamaba Chozas de la Sierra. Hubo procesión por el pueblo y recuerdo que los ordenandos desfilamos por las calles a pleno sol con las dalmáticas al hombro.

Supongo que el lector imagina ya quién era otro de los ordenandos: sí; allí estaba a mi lado y apoyándose en mi hombro, porque se sentía mareado, el inseparable Paco, que a partir de aquellas fechas se comenzó a llamar don Francisco Botella.

Permanecimos varios meses de diáconos en espera también de que el Padre, que se había marchado a Roma para las gestiones de la primera aprobación pontificia del Opus Dei, volviera a Madrid. Recibimos el presbiterado en la Capilla del Palacio Episcopal de Madrid el 29 de Septiembre de 1946. El Padre, como había hecho en la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, no asistió a ninguna de nuestras ceremonias. Se quedó rezando por nosotros en Diego de León y, durante la ceremonia del presbiterado, estuvo en un Centro que teníamos entonces en la calle Españoleto.

Mis padres no pudieron asistir a mi ordenación sacerdotal porque seguían exiliados en la ciudad de Orán, en Argelia, que era entonces provincia francesa. La Primera Misa la celebré en Bilbao, en el Santuario de Nuestra Señora de Begoña. El Padre quiso que don Alvaro del Portillo fuera a Bilbao para acompañarme. Acudieron también muchos amigos entrañables.

Desde el mes de junio de aquel año, había comenzado un nuevo capítulo de la vida del Padre. Se había trasladado a Roma y el 16 de julio había tenido la dicha de ser recibido por el Papa Pío XII en audiencia privada.

Poco después de mi ordenación sacerdotal volvió a Roma, donde fijó su residencia. Por esa razón, a partir de ahora mi relato irá saltando años y fechas: me limitaré a reseñar los encuentros más significativos que tuve con nuestro Fundador durante su largo período romano, y también algunos sucesos que considero de particular interés.

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