Nuevos horizontes

Unos meses más tarde, el 6 de enero de 1944, me fui a vivir a la Residencia de La Moncloa, continuación de la Residencia de Jenner, que se había dejado el verano anterior. La razón del cambio fue que el director de esa nueva Residencia fue llamado inesperadamente a filas y, por añadidura, sufrió una larga fiebre tifoidea. El Padre indicó que fuera yo quien le reemplazara.

A pesar de vivir en La Moncloa solía ir con bastante frecuencia a Diego de León, donde me sucedió algo singular. Un determinado día el Padre había invitado a almorzar a varios prelados, cuyo nombre no sabría precisar. Esto no era extraño: recibía habitualmente a muchos obispos españoles y era frecuente que le visitaran muchos cardenales y obispos extranjeros, que pasaban por Madrid en dirección a Roma. Aquel día la invitación había pillado a Carmen un tanto de sorpresa y me llamó para que la ayudase en algunos detalles.

La mañana resultó agotadora, tanto para Carmen como para mí. Al fin lo tuvimos todo listo y entraron en el comedor los invitados y algunos miembros del Opus Dei -quizá Alvaro del Portillo, no recuerdo bien-. Durante la comida tuve que hacer varias gestiones, que me obligaron a subir y bajar deprisa varias veces desde el tercer piso, y la última vez que subí, me sentí bastante mal. Estaba muy sofocado y noté que me palpitaba mucho el corazón. Creí que se me pasaría el sofoco acostándome unos minutos, y así lo hice. Pero la arritmia fue aumentando y llegué a creer que me moría: intenté avisar a alguien, pero no lograba hacerme oír, porque me faltaba la respiración.

Al final se dio cuenta de la situación un residente que pasaba por allí, el cual, muy asustado, llamó enseguida al Padre y a un médico. Cuando el Padre entró en la habitación me encontró tendido en la cama, con las espaldas apoyadas en una pila de almohadas para poder respirar, rodeado por varios residentes muy asustados, que trataban de contener las lágrimas. El Padre estaba muy sereno. Me dio la absolución y me dijo:

-No te preocupes, esto no puede ser nada de importancia: tú tienes que ser sacerdote e ir a empezar la labor a un país muy lejano.

Llegó el médico -el doctor Serrano de Pablo- y comprobó que se trataba sólo de una momentánea descompensación del vago y del gran simpático: no había lesión del corazón. En uno o dos días me repuse por completo, aunque quedé un poco avergonzado por el numerito que había dado y, sobre todo, impresionado por las palabras que el Padre me había dicho.

Esas palabras me sacaron, no sólo del susto del momento, sino de la cortedad de miras a las que nos abocan con frecuencia las pequeñas preocupaciones de cada día. Me mostraron de nuevo el horizonte universal de la Obra: la entraña católica del Opus Dei.

De todos modos, quiero insistir de nuevo en la naturalidad con la que se producían estos sucesos que rozaban lo extraordinario. El Padre nos había prevenido contra la búsqueda de lo extraordinario, de lo llamativo, y hacía constantemente hincapié en el valor extraodinario -santificador- de lo ordinario, del trabajo cotidiano, hecho por amor a Dios. Pero es innegable que Dios le concedió numerosas gracias extraordinarias -de las que muy rara vez hablaba, y cuando lo hacía, era sólo con los mayores- para sostenerle y confirmarle en el cumplimiento de su misión.

"Si alguna vez nos hablaba de gracias más especiales -señalaba en sus recuerdos don José Luis Múzquiz- lo hacía siempre con un tono de humildad. Un día le oí contar que en los primeros tiempos de la Obra pasaba por grandes dificultades y una imagen de la Virgen, colocada en la fachada de una casa situada en una calle de Madrid, le sonrió. Pero lo que más me impresionó -subraya don José Luis- fue la sencillez y humildad con que comentó: es que lo necesitaba entonces".

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