En Diego de León

A partir de aquel año la labor apostólica fue creciendo con fuerza en Madrid y en diversas ciudades de España como Valencia, Valladolid, Zaragoza o Barcelona. Viajábamos hasta esas ciudades con frecuencia, aprovechando los fines de semana, para no desatender el trabajo profesional o las clases en la Universidad. A la vuelta de cada viaje se contaban las anécdotas apostólicas y salían a relucir nombres de viejos y nuevos conocidos. El Padre hizo muchos viajes y dio personalmente los primeros pasos de la labor en muchas ciudades: en septiembre del 39, por ejemplo, se desplazó hasta Valencia donde bendijo un pequeño piso que se había instalado allí, y al que se llamó El Cubil por sus escuetas dimensiones. En noviembre estuvo en el Rincón, como se llamaba -también aludiendo a su tamaño- el Centro de los que comenzaban en Valladolid. Luego los viajes siguieron: a Salamanca, Barcelona, Valencia...

A toda esa tarea apostólica en diversas capitales de provincia hay que añadir la que el Padre llevaba a cabo en Madrid, donde trataba a personas de las más variadas edades y condiciones: médicos, abogados, empleados, sacerdotes... Atendía espiritualmente a las mujeres en el confesonario de una iglesia pública y durante ese periodo se dedicó con particular atención a la labor apostólica con mujeres.

Dios bendijo aquella labor con abundantes frutos y al poco tiempo ya no cabíamos materialmente en Jenner. Era imposible atender desde allí la dirección de todo aquel trabajo y se comenzó a buscar un lugar apropiado para establecer la Sede Central y el primer Centro de Estudios, donde se pudiera atender mejor la formación de las vocaciones recientes. El Padre pensaba en este proyecto desde hacía tiempo. Poco después, el proyecto se hizo realidad: durante el verano de 1940 se adquirió una casa en la confluencia de la calle Lagasca con Diego de León, donde se trasladaron el Padre y algunos más, entre los que me encontraba yo. También se alquiló un piso en la calle de Martínez Campos.

Viví en ese Centro de la calle Diego de León durante algunos meses, cuando ya estaban instalados allí el Padre, la Abuela, Carmen y su hermano Santiago. La Abuela y Carmen ocuparon una habitación del piso principal que tiene un mirador en la esquina, con ventanas a las dos calles. Allí, pensábamos, podría vivir con algo más de amplitud... pero Dios se la llevó poco tiempo después.

Dejé a mi madre enferma en Madrid -contaría más tarde el Padre- para ir a Lérida a dar un curso de retiro a sacerdotes diocesanos. Ofrece tus molestias por esta labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo:

-¡Este hijo...!

Se fue a predicar a Lérida, preocupado por el estado de salud de su madre, aunque los médicos le habían tranquilizado, diciéndole que no parecía nada grave. Se abandonó en las manos de Dios. Señor -suplicó-, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.

Más tarde nos contó cómo en una plática de aquel retiro habló a aquellos sacerdotes de la labor sobrenatural, inigualable, de la madre del sacerdote junto a su hijo. Al terminar, se quedó rezando en la capilla. Al rato, el Obispo de la diócesis, que asistía al retiro, vino a decirle, con la cara demudada, que Alvaro del Portillo le llamaba por teléfono desde Madrid. "Padre -escuchó al otro lado del hilo-, la Abuela ha muerto".

El Padre regresó de nuevo al Oratorio y, con el corazón sobrecogido, hizo un acto de aceptación plena y rendida de la Voluntad de Dios junto al Sagrario: Fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

Era el 22 de abril de 1941. Encontró una persona amiga que iba en coche a Madrid y se prestó a llevarle rápidamente. Sin embargo, el vehículo tuvo una avería y no llegaron hasta las dos de la madrugada del día 23. Cuando entró en el oratorio de la casa de Diego de León, y contempló el cuerpo de su madre, rompió a llorar en silencio. Al salir le contaron cómo había sobrevenido su muerte, totalmente inesperada. Dios mío -musitó-, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre le hacía falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada...; ¡sin nada!

"Fue la primera vez que vi al Padre llorar -recuerda mi hermano Pepe- y fue también la primera vez que el Padre me dio un abrazo prolongado, largo, casi colgándose sobre mis hombros, con la cabeza pegada a la mía durante unos momentos, casi sin palabras. Sólo me dijo: ¡Pepe! Comprendí entonces hasta dónde llegaba el amor y corazón del Padre, y su entrega sin reservas a la Voluntad de Dios".

Días más tarde nos dijo: Señor, estoy contento porque sé que Tú la quieres y porque has tenido un detalle de confianza conmigo... Hay que procurar que todos mis hijos estén junto a sus padres cuando éstos mueran, pero a veces no será posible. Y has dispuesto, Señor, que en esto haya ido yo delante.

Siempre he pensado -nos comentaría más tarde- que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

Sentí muchísimo la muerte de la Abuela. Yo estaba en Valencia como director de Samaniego, una nueva Residencia de estudiantes que había comenzado recientemente. Cuando nos llamaron por teléfono desde Madrid, comunicándonos su fallecimiento, hicieron mucho hincapié en que ofreciéramos muchos sufragios por su alma, pero nos indicaron que ninguno se trasladara a Madrid para el entierro: me costó cumplir mucho esta última indicación, por el gran cariño que sentía hacia ella.

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