La Abuela y Tía Carmen

Volvamos de nuevo a Madrid, donde vivíamos ya, con el Padre, en la Residencia de la calle Jenner. Yo me había presentado en septiembre de 1939 a los exámenes que tenía pendientes desde 1936, había concluido la Licenciatura en Ciencias Exactas, y estaba realizando el doctorado. Y durante ese periodo pude tratar muy de cerca, diariamente -y me atrevería a decir que con mucha intimidad-, a la madre del Fundador y a su hermana Carmen, que vivían allí. Todos las llamaban, cariñosamente, "Abuela" y "Tía Carmen".

Carmen se ocupaba de que el servicio atendiera bien el funcionamiento de toda la Residencia, y la Abuela pasaba muchas horas en su habitación: era muy poco aficionada a salir de casa. Siempre la vi ocupada haciendo algo útil: nunca estaba descansando o sin hacer nada.

Cuando se es joven pasan muchas cosas inadvertidas y quizá eso es lo que me sucedió a mí. Con los años he ido recapacitando en lo duro que debía resultar para ellas aquella situación: éramos muchos estudiantes jóvenes -más de cincuenta- los que vivíamos en aquella Residencia y eran muchos más los que frecuentaban la casa. Pues bien, en todo lo que dependía del cuidado de ellas dos, nunca tuvimos la más mínima preocupación: todo funcionaba admirablemente y supieron poner siempre ese toque que sólo una mujer de su casa, educada y con buen gusto, sabe dar.

Los miembros del Opus Dei que vivíamos en la Residencia recurríamos a la Abuela y a Carmen para cualquier necesidad material: desde poner un botón a repasar un descosido. Nos acogían cariñosamente y se ocupaban de solucionar los mil pequeños poblemas materiales de cada uno con una disponibilidad constante. Su situación, desde el punto de vista material, no era precisamente envidiable: disponían sólo de un dormitorio para las dos -donde tenían lo estrictamente necesario-, y de una pequeña habitación que daba a un patio interior, calurosa en verano y fría en invierno. Esta habitación, donde pasaban muchas horas al día, les servía de cuarto de estar, de cuarto de costura y con frecuencia también de comedor para ellas, el Padre y Santiago.

¡Vienen a mi memoria tantos pequeños sucesos entrañables y familiares de aquel tiempo! Recuerdo que cuando veníamos Paco y yo de nuestras clases de doctorado en la Universidad -nuestras vidas seguían siendo paralelas, como las de Plutarco- pasábamos siempre por el cuarto de la Abuela y le contábamos las incidencias del día: las peculiaridades de cada catedrático, el resultado de los exámenes... Al comienzo pensábamos hacer la tesis sobre un tema de astronomía y aquello dio pie para muchos comentarios de humor. Ella se daba cuenta de que exagerábamos para que se distrajera y se riera, y nos decía con gracia: "Me ponéis la cabeza como un bombo; cuando os vais me quedo atontada sin dar pie con bola"; pero lo cierto es que se divertía mucho con nosotros y nos tenía gran cariño.

Realmente la situación de doña Dolores como madre del Fundador del Opus Dei, viviendo con él, y en concreto, en el único Centro que la Obra tenía entonces, no era nada fácil. Yo no reparé en esto, precisamente porque nunca le oí quejarse y porque supo hacer de aquella situación la cosa más natural del mundo. Actuaba realmente como nuestra Abuela, desprendiéndose de todo en servicio de los demás. Veo como Providencia de Dios -comentó el Padre en una ocasión- que mi madre y mi hermana Carmen nos ayudaran tanto a tener en la Obra este ambiente de familia: el Señor quiso que fuera así.

El gran cariño que la Abuela nos tenía a todos era sumamente ordenado: trataba a cada uno de una manera distinta, adecuada a sus circunstancias. Trataba de una manera especial a los mayores que más ayudaban al Padre: Alvaro del Portillo, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas, Isidoro Zorzano...; de modo distinto a Paco, a Vicente Rodríguez Casado y a mí; y de otro modo, muy singular, a mi hermano Pepe, el más joven de todos, que se vino a vivir a Jenner en el mes de julio de 1940. Pepe le infundía una especial ternura por su juventud y porque mis padres estaban exiliados; se preocupaba en cuanto adelgazaba un poco y decía: "está en muy mala edad, tiene poco apetito y no está fuerte". Con estos comentarios cariñosos justificaba todas las excepciones y detalles que tenía con él.

Más de una vez el Padre, predicando acerca de la relación entre la justicia y la caridad, hizo alusión a la justicia de las madres buenas, "que tratan desigualmente a los hijos desiguales". Esto es lo que la Abuela hacía.

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