Mi hermano Pepe

Dos meses antes, a mediados de mayo del 39, mi hermano Pepe había venido a pasar unos días en Madrid en casa de unos tíos nuestros; y el Padre le invitó a comer. Como testimonia en sus recuerdos, aquel breve y fugaz encuentro con el Padre le impresionó profundamente y fue el comienzo de su vocación.

Yo había contado al Padre diversas cosas de Pepe, y nada más verle dijo a mi hermano: ya te he encomendado mucho al Señor.

A partir de aquel momento la vocación a la Obra fue madurando en su alma y cuando, seis meses después, durante las Navidades, le hablé del Opus Dei con más detenimiento, me dijo que estaba resuelto a entregarse a Dios.

Quedamos en hablar del tema un mes más tarde, durante un viaje que yo tenía que hacer a Barcelona; pero me repitió que ya estaba totalmente decidido. "Me parecía innecesario esperar un mes más -recuerda Pepe- porque estaba firmemente convencido de que tenía vocación, y de que Dios me llamaba al Opus Dei, al igual que a Pedro. El ejemplo de Pedro me estimulaba, lo mismo que el de algunos más de la Obra que había conocido en los últimos meses. Coincidía en eso con mi madre, que me había dicho en una ocasión: `Ha estado un amigo de tu hermano que se llama Alvaro del Portillo. Yo no sé qué tienen los amigos de tu hermano. A mí me gustaría que tú fueras como ellos'".

Sin embargo, mi hermano Pepe tuvo que esperar, y no sólo un mes, sino tres. Hablé con él de nuevo en Barcelona, donde estaba estudiando alojado en casa de mi tío Diego, que era director de El Correo Catalán. Seguía totalmente decidido. Le dije que tendría que esperar otro mes más, hasta que fuera el Padre a Barcelona. La razón de esa espera radicaba sobre todo en que el Padre quería cerciorarse de que Pepe no obraba movido por una influencia pasajera.

"El doce de mayo de 1940 -recuerda Pepe-, a la hora de comer me llamaron por teléfono: me dijeron que había llegado el Padre a Barcelona y que podía ir a verle aquella misma tarde al Hotel Urbis. Al acabar de comer salí corriendo. El Padre me recibió inmediatamente. Una de sus primeras preguntas fue si alguien me había influido o movido a tomar aquella decisión. No recuerdo literalmente sus palabras, pero eran parecidas a las que he dicho y en un tono como muy tajante y serio, tanto que me dejaron un poco cortado, durante unos instantes; pero luego, inmediatamente, le respondí:

-Padre, no me ha influido ni me ha convencido nadie. Pedro me ha explicado la Obra, pero nunca me ha dicho nada que haya podido presionarme o influenciarme. Soy yo el que quiero ser del Opus Dei.

El Padre volvió a preguntarme lo mismo, con un tono menos severo, y me dijo que pensara de nuevo a ver si no habría habido algún tipo de influencia. Le volví repetir que no, porque era la verdad.

Volvió el Padre a planteármelo por tercera vez, y me preguntó si obraba libremente, después de haberlo considerado despacio en la presencia de Dios. Le volví a responder que sí, que lo había pensado durante cuatro meses y no tenía ninguna duda.

Al final, me dejó pedir la admisión. Me dijo que pasara a hablar con Alvaro del Portillo, para que me orientara sobre algunas cosas del plan de vida cristiana propio de una persona del Opus Dei y, con tono jovial, me dijo que le había dado una gran alegría.

Al recordar esta conversación he comprendido el exquisito cuidado con el que el Padre velaba por la libertad en la entrega a Dios, para que ésta fuera sincera y por motivos exclusivamente sobrenaturales. Este amor a la libertad del Padre me sorprendió desde el primer momento. Porque entonces la libertad no era un valor sobre el que se hablase especialmente. Se hablaba sobre todo de otros valores: de servicio a la Patria, de disciplina, de reconstrucción nacional... El Padre, en cambio, me habló siempre mucho de libertad y de responsabilidad: de la libertad cristiana que procede de sentirse, profundamente, hijos de Dios".

El de mi hermano Pepe no fue un caso aislado: algunos hermanos y hermanas de diversos miembros del Opus Dei pidieron la admisión en la Obra en aquel tiempo. Por ejemplo, Dios concedió la vocación a las dos hermanas de Paco, Enrica y Fina, que se recuperó felizmente de su enfermedad. Enrica pidió la admisión en la Obra el 7 de abril de 1941.

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