De nuevo en Madrid

Esperé en la Capitanía General de Valencia, donde me habían destinado, bastante ansioso, la definitiva liquidación de la guerra. Al fin, fui desmovilizado y pude volver, gracias a un simple oficio firmado y sellado por el Jefe de Estado Mayor, a mi condición de ciudadano civil. Me dirigí a Madrid, en busca del Padre.

¿Dónde encontrarle? El edificio de Ferraz 16 había sido destruido totalmente. Me enteré luego de que el Padre había llegado a Madrid el 28 de marzo y había visitado los escombros de la Residencia al día siguiente. Había encontrado allí, entre las ruinas, el texto escrito en latín sobre papel pergamino con el precepto del amor que había hecho colocar en la sala de estudio de la Residencia para enseñar de un modo gráfico el valor de la fraternidad: Mandatum novum do vobis..., "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros" (Juan 13, 34 y 35).

Al final supe que el Padre estaba viviendo desde el día 29 en el viejo edificio de la Casa Rectoral de la calle Santa Isabel. La iglesia había quedado destruida por un incendio provocado en julio del 36, en el que había perecido pasto de las llamas -entre otras obras de arte- un cuadro de Ribera que servía de retablo al altar. En cambio, la Casa del Rector y la de los Capellanes, aunque requerían serias reparaciones, no habían sido dañadas ni por la artillería ni por la aviación. La casa rectoral había sido utilizada por un Comité o un sindicato revolucionario y cuando el Padre y los que le acompañaban llegaron allí estaba todavía puesta en el balcón la bandera blanca de la rendición.

Contaba Paco que cuando entraron en la cocina se encontraron con la comida hecha: estaba claro que los soldados habían tenido que abandonar precipitadamente el edificio. "Pusimos unos cazos del rancho en platos de soldado -relataba Paco- y nos los llevamos al piso del Rector del Real Patronato. Eran garbanzos guisados. Alguien dijo que podían estar envenenados, pero no prevaleció esta hipótesis. Teníamos hambre".

Me encontré de nuevo con el Padre, que me indicó enseguida que marchara cuanto antes a Albacete. Mis padres, por imperativos de la guerra, no habían podido recibir demasiadas noticias mías -aunque, en medio de aquella situación terrible, eran todas tranquilizadoras- desde que me había incorporado a la travesía de los Pirineos. Les había escrito una carta desde Barcelona, muy escueta para no levantar sospechas, en la que les decía: "por la pena que os aflije podéis estar tranquilos". Luego, les escribí otra carta desde Andorra, dirigida a mi hermano José María. Estaba redactada en lenguaje juvenil, como si fuera un amigo de su misma edad. Y habían recibido algunas otras cartas mías, escritas desde Burgos y remitidas a Londres, desde donde se las había enviado a ellos un amigo de Jose María.

Mi madre, aunque tenía la gran tranquilidad de saber que yo estaba a salvo, había atravesado durante los últimos meses de la guerra situaciones muy difíciles. Cuando llegué a Albacete se encontraba sola con mi hermano Pepe, ya que mi padre había embarcado poco antes en el último barco que había zarpado de Alicante, antes de que entraran en aquel puerto las tropas nacionales. En aquellos días no sabíamos aún cuál era su paradero.

En aquellas circunstancias, mi madre y yo convinimos en que lo más prudente era que ella se trasladara a "Los Hoyos" y que desalojara la casa de Albacete cuanto antes, tras almacenar los muebles y enseres en los locales de unos amigos de confianza. Así se hizo. En cuanto a mi hermano José María, vimos que tendría que revalidar los estudios de bachillerato cursados durante la guerra: con este fin, siguiendo un consejo del Padre, se trasladó a Calatayud; allí los Hermanos Maristas lo aceptaron como alumno interno en su colegio, aunque era periodo de vacaciones.

Mi madre me dio muchos muebles de la casa de Albacete para la instalación de la nueva Residencia, e Isidoro Zorzano me ayudó muy eficazmente a trasladarlos a Madrid en un par de vagones de ferrocarril. Durante los viajes que todo esto supuso, pude hablar del Opus Dei en varias ocasiones con mi madre, que iba cobrando cada vez más admiración y afecto por la Obra. También hablé del Opus Dei con mi hermano Pepe.

Al concluir el verano, mi madre decidió irse a vivir a Barcelona con mi hermano Pepe. Allí residía mi tío Diego, y allí pudo Pepe proseguir sus estudios. Mi madre permaneció en la ciudad Condal hasta que supimos que mi padre se encontraba en Orán. Entonces marchó a aquella ciudad para reunirse con él.

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