El heroísmo de lo cotidiano

Como les ha sucedido invariablemente a los hombres de Dios, el Padre no era siempre bien entendido. El ambiente de guerra impulsaba a muchos a aplazar para "después" cualquier determinación que abrazara toda la vida. En contra de lo que pudiera parecer, el ardor patriótico del momento provocó en mucha gente joven un reduccionismo temporal de los ideales de servicio a Dios. En aquellas circunstancias, muchos muchachos piadosos se planteaban la lucha ascética con una sola meta: vivir en gracia de Dios para estar preparados si morían en los campos de batalla. Quien más quien menos pensaba que ya estaba haciendo suficiente por su fe jugándose la vida en el frente, en la lucha por un ideal que en muchos casos llevó a comportamientos verdaderamente heroicos.

El Padre hablaba mucho de otro heroísmo: del heroísmo escondido de todos los días, del heroísmo del trabajo, del heroísmo de lo cotidiano. Porque -aunque esto pueda sorprender-, haciendo abstracción del peligro de muerte, hacer la guerra como Alférez o Teniente Provisional no dejaba de tener, para algunos, incluso "su aliciente". Era el aliciente del activismo -y aun del mismo riesgo-; el aliciente de ser protagonista de una aventura muy distinta de aquella otra -a veces tediosa- de la vida corriente: las horas de estudio, los pasillos, las aulas y los exámenes en una universidad o escuela superior. En definitiva la guerra tenía el aliciente engañoso y efímero de lo extraordinario.

No deseo en modo alguno minusvalorar o despoetizar a la juventud de aquellos años, que supo arriesgar su vida y llegó a morir tantas veces por un ideal: sólo quiero hacer notar este peligro, común en las guerras, que expresó gráficamente un escritor de aquel tiempo con la frase: "¡Ay del día en que estalle la paz!".

Por estas razones, no resultaba fácil hacer apostolado ni abrir inquietudes amplias en aquellos momentos. Las conversaciones solían polarizarse en torno a los temas relacionados con la guerra; y la crudeza y procacidad de lenguaje de algunos ambientes castrenses -aun dentro del clima indudable fe religiosa que se respiraba- no solía dejar lugar para conversaciones de carácter espiritual, o de cierta grandeza de horizontes.

El Padre, por el contrario, aunque amaba mucho a su país, tenía el corazón abierto a todos los países, a todas las razas, a todas las culturas. No estamos conformes, escribía a uno que le hablaba de "la España futura" que había que hacer con el esfuerzo, el trabajo y la ayuda del Señor. La España futura es poco: al escribir estas cuartillas de familia, siente uno que el planeta se achica. No había nada en su predicación de visión estrecha o particularista; por eso, si alguien aludía a un defecto de una determinada nación, se las arreglaba siempre para subrayar algún aspecto positivo; afirmaba que su Patria era el mundo; y le gustaba saber que yo llevara en mis venas sangre de varios países, especialmente de Italia. Recuerdo que le conté que algunos antepasados míos se llamaban Carrara y Ferrara, y que era muy posible que tuviera sangre judía, ya que los judíos italianos solían adoptar como apellido nombres de ciudades. Todos estos detalles le alegraban. Para el Padre no había más que una sola raza: la raza de los hijos de Dios.

Mientras tanto, el conflicto bélico iba llegando a su fin y el saldo numérico de los miembros de la Obra al acabar los años de guerra era, desde un punto de vista meramente humano, desilusionante, a pesar del celo apostólico del Padre: sólo había venido una vocación al Opus Dei -la de José María Albareda- y alguno había caido en el frente de batalla. En contrapartida, cuando terminó la guerra los miembros del Opus Dei habíamos alcanzado, gracias al ejemplo y la formación recibidos del Padre, una madurez que, sin la dureza de aquellos tres años, difícilmente hubiéramos podido alcanzar. En este sentido, nos decía el Padre que la guerra, aun en medio de tantos sufrimientos, calamidades y persecuciones, nos había hecho un gran bien espiritual.

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