La investigación científica

Esto me da pie para hablar de otra faceta del Padre que supuso para mí, durante aquellos meses de Burgos, un descubrimiento: su gran preparación cultural. En Burgos su dominio de la Sagrada Escritura se hacía más patente, ya que no disponía de libros y tenía que citar textos de memoria al redactar sus fichas. Además de esa cultura teológica, me asombraba que conociera tan bien los clásicos castellanos y muchos autores contemporáneos. No los citaba haciendo un alarde de erudición, pero se traslucía su amplia cultura en los comentarios ocasionales que hacía. Se le escapaban citas de los clásicos, aunque no recordara el capítulo concreto o dudara de qué obra procedían.

Cuidaba el estilo a la hora de escribir y procuraba ayudarme a mejorar el mío: en una ocasión, al leer algo que yo había escrito, me comentó que mis períodos eran demasiado largos y complicados; que ponía muchos incisos; que debería usar mejor la puntuación, sobre todo el punto y seguido y el punto y aparte; y me aconsejó leer unos relatos de Azorín. Un día cometí un error de ortografía, poniendo una j en lugar de una g. ¡Ni que fueras Juan Ramón Jiménez...!, comentó, divertido.

No sublimaba la cultura ni la sacaba de quicio; pero tenía amplias inquietudes intelectuales, y nos animaba para que no cayéramos en la mediocridad o en el adocenamiento. Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea, había escrito en el número 332 de Camino. Consideraba la inteligencia como un destello que nuestro Padre Dios nos había concedido de la Suya, y nos decía que teníamos la obligación de cultivarla para Su gloria: ¡Cultura, cultura!, escribió también en Camino. -Bueno: que nadie nos gane a ambicionarla y poseerla. -Pero, la cultura es medio y no fin.

Durante aquel tiempo nos habló mucho acerca de la investigación científica. De esto conversaba especialmente con José María Albareda, que era entonces un joven profesor y sería con los años Secretario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, primer Rector de la Universidad de Navarra, y figura de gran relieve en el ámbito científico. El pensamiento del Padre sobre este tema se condensa en este punto de Camino: Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. -Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. -Tú... no te puedes desentender de esta obligación.

Su visión del mundo intelectual era siempre positiva -no soy anti-nada, solía decir-, pero no dejaba de dolerle enormemente la labor descristianizadora de algunos intelectuales y de ciertos grupos organizados que -so capa de aconfesionalidad o de laicismo- habían dejado una impronta corrosiva en ambientes universitarios y culturales.

Insistía en que la cultura y la investigación científica no debía construirse a base de "capillitas": es decir, mediante grupos cerrados que sólo levantan pedestales a los amigos o forman sociedades de bombos mutuos; y nos recordaba que no se deben concebir las cátedras universitarias como armas de poder.

Recordaba también que aquellas personas dotadas de los talentos necesarios para formar a otros -en el terreno espiritual, profesional, intelectual, científico, etc.- debían darse a los demás procurando que sus colaboradores más jóvenes pudieran continuar la labor comenzando no desde abajo, sino desde aquí arriba, y señalaba su cabeza con la mano. Subrayaba que tenían el deber moral de no hacerse insustituibles: no se debe actuar -nos decía- como aquel cocinero que cuando preparaba un dulce cuya receta solo conocía él, se encerraba en la cocina para que los demás no la aprendieran.

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