Camino

Por si fuera poco, a todo lo anterior hay que sumar un trabajo más: la reelaboración de Consideraciones Espirituales, que se publicaría poco después con un nuevo título: Camino. Estos libros -a los que se sumarían, años más tarde, Santo Rosario, y algunos otros, como Via Crucis, Surco o Forja, editados póstumamente- nacían de un deseo que tenía desde años antes: desde una locución divina que Dios le concedió el 7 de agosto de 1931. A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato) -había escrito- querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.

Escribió Camino pensando especialísimamente en aquellos jóvenes que venían a verle. Muchos estaban en el frente expuestos no sólo al peligro de las balas y los obuses, sino también al de las "horas muertas": horas que abundaban en los cuarteles e incluso en las mismas trincheras, especialmente cuando los frentes permanecían estacionarios durante semanas y semanas. Este aspecto -el del ocio- le preocupaba mucho: tenía visión de futuro y al pensar en el fin de la guerra temía que estos chicos hubieran podido perder el hábito del estudio. Lo recordaba en el número de Noticias del mes de marzo: ¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier sitio.

Les insistía, de palabra y por escrito, que no abandonaran los libros; y se ocupó de enviarles libros en diversas lenguas y diccionarios "Liliput", fáciles de llevar en el bolsillo. ¡Ah! No se encuentran gramáticas inglesas en Burgos, escribía a uno. Veremos si las hay en Bilbao. Un periódico inglés te mandan. Con este fin, acudió a diversos intelectuales amigos suyos, y les pidió que le consiguieran libros de estudio, preferentemente extranjeros. Pero, como dejó escrito en Camino, sufrió bastantes decepciones: Libros.- Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo... ¡y me llevé cada chasco! -¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?".

Al principio se preguntaba dónde íbamos a almacenar los libros que fueran llegando; pero los libros no llegaron nunca. Sólo recibimos unos en italiano, publicados por la Universitá Cattólica del Sacro Cuore, de Milán.

¿Cómo escribió Camino? Desde que le conocí, observé que tenía por costumbre anotar, de cuando en cuando, una o dos palabras en una agenda o pequeña libreta que llevaba siempre en el bolsillo izquierdo de la sotana. Lo hacía frecuentemente, incluso durante las tertulias o cuando hablaba a solas con alguien de confianza. Era algo muy rápido; sólo un instante: ni siquiera interrumpía la conversación. Esas palabras -a veces una sola- le servían para recordar una idea que se le había ocurrido, o una frase feliz que había escuchado. Más tarde, en sus horas de trabajo, redactaba aquella idea en una octavilla; aunque, en realidad, más que octavillas propiamente dichas, eran trozos de papel que recortaba de otros más grandes, ya usados por un lado y que, por pobreza, no tiraba a la papelera. A eso lo llamaba gaiticas. Nos explicaba que no bastaba con leer aquellos puntos, sino que había que desentrañar su contenido y aplicarlo a las circunstancias de cada momento. Son gaiticas -decía- porque, si no soplas, no suenan. Cada día, al volver del cuartel, nos enseñaba un montón de octavillas y nos preguntaba:

-A ver, ¿qué os parecen estas gaiticas?

Fruto de este trabajo el Padre había publicado Consideraciones Espirituales en 1934, en Cuenca, con la aprobación de Don Cruz Laplana, Obispo de aquella diócesis. En Burgos decidió ampliar este libro y reimprimirlo; y cuando ya estaba preparado para reimprimirse, decidió titularlo Camino. Hizo ese trabajo en nuestro cuarto del Hotel Sabadell, pasando a máquina aquellas "gaiticas" en trozos de papel ya más homogéneos. No era una tarea sencilla: la máquina de escribir -la Corona que ya he descrito- era pésima, y al Padre nunca se le dio bien la mecanografía; con frecuencia se equivocaba al teclear y el primitivo aparato fallaba bastante. Entonces raspaba el papel con una gillette, porque cuando intentaba borrar el error con una goma invariablemente se le rompía el papel. Bromeando con cariño y sin faltarle al respeto, le dije en alguna ocasión: "Padre, es usted muy raspón".

Y no paraban ahí las desgracias: además de romper el papel con la goma, cuando usaba la gillette se cortaba con frecuencia; y algo parecido le ocurría cuando usaba lápiz: se le rompía la punta. Yo me ofrecía para ayudarle, pero no quería quitarnos tiempo; sin embargo, si después de ofrecerme inútilmente veía que le seguían ocurriendo todas estas peripecias, no le ocultaba mi regocijo. Entonces el Padre era el primero en reírse. Años más tarde se acostumbró a dictar en magnetofón y a corregir después el texto mecanografiado. Y un día, al cabo de los años, me escribió con humor: Ya no me dirás que soy muy raspón.

A pesar de sus deseos, no pudo publicar Camino durante aquellos primeros meses, por falta de medios, ya que las imprentas de Burgos trabajaban exclusivamente para el Gobierno y el Ejército. Tuvo que esperar a abril de 1939. Y debo reconocer que yo no preveía entonces que aquel pequeño libro, fruto de la "lucha" diaria entre el Padre y una rudimentaria y vieja máquina de escribir, obtendría tanto fruto espiritual y se editaría por millones y millones de ejemplares en todo el mundo.

El trabajo del Padre no paraba ahí. A los viajes que hacía a los diversos frentes, a las visitas que recibía en Burgos, a los retiros y cursos de retiro que daba en diversas ciudades, a su intensísimo apostolado personal y espistolar y a la elaboración de Camino hay que añadir otra ocupación más, que permite imaginar la intensidad de aquel "trabajar sin descanso" de los meses de Burgos: la elaboración de la tesis doctoral en Derecho Civil sobre la Abadesa de las Huelgas. Había comenzado antes de que comenzara el conflicto otra tesis, sobre un tema distinto, pero ese material de investigación se perdió a causa de los avatares de la guerra.

Estuvo trabajando durante muchas y muchas mañanas en el Contador del Real Monasterio de Las Huelgas, situado a cierta distancia de Burgos, y al que tenía que ir y venir a pie. La Abadesa, doña Esperanza de Mallagaray, le dio muchas facilidades; y las religiosas le bajaban al Contador los documentos que pedía. Años más tarde, en 1944, la publicó, reelaborada.

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