Trabajar sin descanso

Durante ese tiempo José María Albareda iba con mucha frecuencia a Vitoria y, aun en los días que permanecía en Burgos, le ocupaba mucho tiempo su trabajo. Paco y yo pasábamos un promedio de ocho horas diarias en el Cuartel. Lo ordinario era, por tanto, que el Padre se quedara solo durante la mayor parte del día. ¿Qué hacía durante ese tiempo? La respuesta más adecuada se encuentra en el punto 373 de Camino: "Trabajar sin descanso".

Ese fue el balance de esos meses: un trabajo constante y agotador. Dedicó mucho tiempo a tomar contacto con los miembros del Opus Dei que estaban diseminados por los frentes de guerra, y a atenderlos espiritualmente. Eso le llevó a hacer frecuentes desplazamientos por la Península, en pésimas condiciones de falta de salud, de incomodidad y de extrema pobreza. Consiguió incluso un permiso para poder llegar hasta primera línea del frente y atender espiritualmente a estas personas; pero ese permiso no incluía un pase gratuito en el tren, que costaba un dinero que no teníamos. Y esto le supuso todo tipo de penalidades.

No recuerdo todos los viajes que hizo, pero fueron numerosos. Los llevaba a cabo con una gran pobreza de medios. Por ejemplo, durante el mes de abril viajó hasta Córdoba con un ferrocarril que iba por Extremadura y pasaba primero por Sevilla; y, al regresar, estuvo sin comer nada durante todo aquel largo viaje...

Durante el mes de junio se acercó al frente de Madrid, pasando por Avila, para ver a Ricardo Fernández Vallespín, que había sido herido. Y así, muchos más. Eran viajes largos, agotadores, en aquellos trenes de entonces, atestados de gente, que avanzaban lentamente por las vías, traqueteantes y bruscos, entre humaredas impregnadas de polvo y carbonilla.

Como contrapunto, era frecuente -y muy consolador para el Padre- que muchos de esos muchachos a los que iba a ver y con los que reanudó la atención sacerdotal, invirtieran buena parte del tiempo de sus permisos militares en ir a Burgos exclusivamente para estar, aunque sólo fuera unas horas, con él.

Muchos de estos chicos no eran de la Obra: no tenían más vinculación con el Opus Dei que el hecho de haber participado en los medios de formación en la Residencia de Ferraz. Recuerdo por ejemplo a José Félix de Elejabarrieta, que había sido herido en el frente y al que, después de salir del hospital, le habían dado un permiso de muy pocos días para ir a ver a sus padres a Vizcaya. De camino se detuvo en Burgos para hablar con el Padre; y al enterarse de que no se encontraba ese día allí, decidió esperarle más de veinticuatro horas hasta que volvió. Estuvo todo un día con él, aunque sólo le quedaba un día de permiso para estar con su familia antes de incorporarse a su unidad. Y éste no fue un caso aislado; por eso, cuando estos chicos venían a Burgos el Padre se volcaba con ellos -fueran o no de la Obra- con detalles de afecto y de cariño, y suplía generosamente con su atención personal la forzosa irregularidad que la guerra imponía a la dirección espiritual.

Durante esos breves viajes nos escribía a los que habíamos quedado en Burgos. Eran cartas familiares, de un padre con sus hijos, en las que se preocupaba por todo; desde las cosas más espirituales a las más materiales. Por ejemplo, durante su estancia en Avila, donde estuvo desde el 8 al 14 de agosto, nos escribió una carta a Paco, a José María y a mí en la que nos decía: Cuando escribáis a Juanito -se refería a Juan Jiménez Vargas- decidle que se compre otras gafas. Y, en cuanto cobre, que se compre también una estilográfica: a no ser que convenga más comprarla ahí, cuando se pueda, y enviársela.

Estaba muy pendiente de nuestra salud. Pacorro -escribía a Paco Botella, que era muy delgado por constitución-: me has de dar cuenta al escribirme, de si meriendas o no; es una vergüenza que todavía hubiera en el armario unas latas de conserva. Que te compren botes pequeños de mermelada: un bote de esos, con un panecillo. Y me encargaba de comprar a Paco el bote en cuestión y además, queso en porciones. Concluía, recordándonos: Y los dos -tú te estás quedando en los huesos, con mucha elegancia- debéis animaros y no dejar de merendar ni un sólo día. ¿Está claro?

Recuerdo que al volver de Avila nos contó una anécdota divertida, que retrata de cuerpo entero el clima que se respiraba en aquellos tiempos de guerra. Solía hospedarse en casa del Obispo, pero como llegó a la ciudad muy de noche, no quiso causar molestias, y se alojó en una modestísima pensión. Allí preguntó dónde estaba la ducha. Le entendieron mal y le dijeron: "No se preocupe: ¡la lucha está lejos!".

En una carta que envió a Ricardo el 13 de agosto le comunicaba su plan de trabajo, cuya simple relación es suficientemente elocuente: mañana, 14, a Burgos, hasta el 16. Día 16, en Vitoria -dando una tanda de ejercicios-, hasta el 26. Día 27, en Logroño, con José Ramón, que está allí enfermo. Día 28: en Burgos, hasta el 3 de septiembre. Día 3: en Vitoria. Día 4, en el Seminario de Vergara -para dar otra tanda de ejercicios a sacerdotes-, hasta el día 10. Día 11, a Burgos.

A los viajes por los diversos frentes y a los numerosos días de retiro y Cursos de retiro que predicaba -actividades apostólicas que puedo calificar de "formales"-, hay que añadir, además, la ingente labor sacerdotal que llevó a cabo en Burgos; labor que, por sus características, denominaré "informal". Me refiero a sus numerosísimas charlas apostólicas con unos y otros, paseando a lo largo del río Arlanzón; o caminando hasta las Huelgas, la Cartuja de Miraflores o Fuentes Blancas. Uno de los chicos con los que habló fue mi compañero Pedro Ybarra, al que preparó para su matrimonio -que tuvo lugar por aquellas fechas- con Adela Güell Ricart.

Y a todo eso -viajes, cursos de retiro, charlas de dirección espiritual- hay que sumar, además, el abundantísimo apostolado epistolar, al que dedicaba mucho tiempo. Como consecuencia, cada vez era mayor el número de ejemplares de Noticias que había que enviar; y así, nuestro rudimentario fichero se fue enriqueciendo con nuevas direcciones de los frentes de Andalucía, Madrid, Jaca, Teruel, Albarracín, etc.; el Padre ponía siempre unas palabras escritas de su puño y letra, ordinariamente breves e incisivas. Los miembros de la Obra solían escribir cada semana, y a veces se retrasaban; pero lo que no faltaba nunca era la carta semanal del Padre.

Recuerdo perfectamente aquellas cartas: solía escribir en una cuartilla por los dos lados, con sus rasgos grandes, tan característicos. Pienso que el número 976 de Camino se refiere a él mismo: No sé cómo emborronar papel hablando de cosas que puedan ser útiles al que recibe la carta. Cuando empiezo, le digo a mi Custodio que si escribo es con el fin de que sirva de algo (...). Nadie puede quitarme -ni quitarle- el rato que he pasado pidiéndole lo que sé que más necesita el alma a quien va dirigida mi carta. Este punto refleja su costumbre de encomendarse siempre al Angel Custodio de la persona con quien hablaba.

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