Un suceso doloroso

Un día, a finales de julio de 1938, mientras caminábamos José María Albareda y yo por una calle de Burgos, nos topamos con la señora de don Jorge B. Espero que el lector comprenda, al acabar el relato, las razones que me mueven a silenciar este apellido.

Al verme, esta señora me miró con sorpresa y expresión de disgusto: no nos saludamos. No fue un encuentro agradable, ni para ella ni para mí. Ese fue el comienzo de un suceso particularmente doloroso; el que más me impresionó, sin duda alguna, de todo el tiempo que conviví en Burgos con el Padre. Un suceso del que debo dar, para que se entienda bien, algunas explicaciones previas y remontarme primero bastante años atrás.

Yo conocía -aunque poco- a esta señora, porque su marido estaba empleado en Albacete en la Delegación de Hacienda. Era considerado en la ciudad, según la terminología popular, como un "hombre de derechas"; y mi padre, como se ha visto ya, como un "hombre de izquierdas". Sin embargo no hubo nunca entre ellos dos, que yo recuerde, polémica o cuestión personal alguna.

Más tarde me enteré que provenía de La Unión, una localidad de Murcia donde mi bisabuelo había explotado varias minas años atrás. ¿Sucedió algo allí entre su familia y la mía? Lo ignoro. Lo que puedo certificar es que jamás oí nada en relación con esa familia en casa de mis padres o de mis abuelos.

Don Jorge gozaba en Albacete de una posición social y económica desahogada. Vivía con su esposa, sus hijos y su cuñada en la calle de Texifonte Gallegos, casi enfrente de la casa de mis padres. No hubo propiamente amistad entre las dos familias, salvo que uno de sus hijos -el menor-, era de mi edad y estuvimos juntos en los Exploradores de España, aproximadamente desde 1929.

Por el año 1934 o 1935, se comentó en Albacete que este señor tenía muchas deudas, que estaba liquidando los bienes que le quedaban y que había solicitado su traslado a otra capital de provincia. Me imagino que también debió comentarse durante esas fechas que mis padres, gracias a la política, habían progresado mucho económicamente. Esto sin embargo, no era del todo cierto. La razón de nuestra mejoría económica era que habíamos dejado la casa que teníamos en Murcia -hasta entonces mis padres habían tenido casa en Albacete y en Murcia-, y eso, unido a cierta generosidad de mi abuelo y a que mi padre había comenzado a percibir otro sueldo más, al ser nombrado Director de la Escuela de Trabajo, se notaba externamente.

Sólo hubo una circunstancia significativa en relación con estos señores. A mí me gustaban las antigüedades y, casi sin contar con mis padres, acudí a la subasta privada que hicieron para vender diversos muebles y objetos de su casa antes de salir para Burgos. En la subasta, después de regatear bastante, compré a la señora varias cosas: una lámpara de araña y unos apliques de calamina y cristal; una armadura y unas espadas tagalas y, probablemente, alguna cosa más. A esto se reduce la relación que hubo entre nosotros, hasta que ellos se fueron a vivir a Burgos poco tiempo antes de estallar la guerra civil.

A partir de ese encuentro fortuito con la esposa de don Jorge, empezaron a suceder unas cosas que no entendía. Lo primero fue que el Padre o José María -no recuerdo con certeza cuál fue de los dos- me preguntó, al volver aquella misma noche del Cuartel, quién era la señora que habíamos encontrado en la calle y qué cargo tenía su marido. Le conté los antecedentes de Albacete. Más tarde supimos que era Administrador de Propiedades y Contribución Territorial, uno de los cargos más altos en la Delegación de Hacienda de Burgos.

Entonces el Padre me dijo que era urgente que fuese, junto con Miguel -que estaba en Burgos durante aquellos días con ocasión de un permiso-, a visitar a su esposa a su casa, a una hora en la que su marido estuviera en la oficina: se trataba de convencerla de que, aunque mi padre se hubiera significado como hombre de izquierdas, yo no tenía nada que ver con su postura política; y que mi conducta en Burgos era recta y leal. En suma, debíamos intentar que ella misma convenciera a su marido para que no me denunciara o, si ya estaba formulada la denuncia, para que la retirara.

¿Una denuncia? Yo no entendía nada. ¿Por qué me iba a denunciar ese señor? El Padre entonces fue más explícito: me dijo que había presentado -o estaba a punto de hacerlo- una denuncia contra mí, con varias acusaciones. Luego supe que el Padre había tenido conocimiento de esa denuncia por medio de Mons. Lauzurica. Allí se afirmaba nada menos que:

a) mi padre era masón y comunista;

b) además, había hecho muchos estragos en Albacete persiguiendo y matando a mucha gente de derechas;

c) yo también era comunista, ya que había repartido propaganda de esas ideas en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular;

d) me había pasado a la zona nacional para hacer de espía en el Ejército de Franco, espionaje que estaba realizando en el Cuartel General de Orgaz.

En tiempos de guerra, como aquéllos, unas acusaciones de este calibre eran sumamente graves. Podían significar una condena a muerte. Y yo no tenía demasiadas posibilidades para esclarecer la verdad entre tantas falsedades.

Como mucho, y con suerte, hubiera podido demostrar que, desde la Navidad de 1935 hasta principios de julio de 1936, no había puesto un pie en Albacete. Mal hubiera podido repartir ningún tipo de propaganda, ni de derechas ni de izquierdas, en aquella ciudad. Precisamente, durante las citadas elecciones políticas, estaba haciendo un curso de retiro espiritual con el Padre en Madrid.

Sin embargo, para probar esto y, sobre todo, para refutar el resto de las acusaciones, totalmente falsas, no tenía más pruebas que el testimonio del Padre, el de algunos miembros de la Obra y, a lo sumo, el de mi tío Diego Ramírez Pastor, que no sabía nada de mis viajes ni de mis actuaciones. Estos testimonios no podían ser de mucho peso, porque estas personas no estaban en Albacete durante ese tiempo; en cambio, la acusación de don Jorge -un hombre de 51 años, alto funcionario de Hacienda, reconocido públicamente como hombre de derechas, buen conocedor de la política provincial de Albacete, con dos hijos Alféreces, y uno de ellos en el frente-, podía ser peligrosamente decisiva.

Para complicar aún más las cosas, mi situación en Burgos resultaba particularmente delicada: me encargaba nada más y nada menos que del Gabinete de Cifra, a través del cual pasaban órdenes militares secretas, incluso las que se recibían o cursaban desde el Cuartel General.

El uno de agosto por la mañana fuimos Miguel y yo a visitar a la esposa de don Jorge a su domicilio, en el tercer piso de la plaza de Primo de Rivera, nº 5. La visita fue contraproducente: nos recibió muy mal. Entre otras cosas nos dijo que no era justo que, mientras su hijo se estaba jugando la vida en el frente, yo estuviera tranquilamente en retaguardia "haciendo espionaje para los rojos". Se cerró en banda, haciendo caso omiso de nuestras razones, y dijo que no pensaba interferir en lo que su marido estaba haciendo. Miguel me defendió ardorosamente y discutió con ella sin que yo apenas pudiera intervenir. Recuerdo que bajamos la escalera de la casa profundamente frustrados por el fracaso de nuestra gestión.

Aquella misma mañana fueron el Padre y José María a hablar con este señor en la Delegación de Hacienda, que estaba situada en un antiguo edificio de la calle de San Juan, número 2, donde tenía su despacho oficial. Fue una entrevista amarguísima. Don Jorge estuvo frío e insolente. El Padre mantuvo en todo momento, al defenderme con cariño paternal, la serenidad más absoluta. Primero con suavidad y luego con gran energía, se esforzó en hacerle ver la injusticia que estaba cometiendo; le dijo que estaba pretendiendo dejar a mi madre sin marido y sin hijo, y le recomendó que pensara en su propia esposa.

Parece que don Jorge argumentó que, puesto que no podían detener entonces a mi padre, ni castigarlo, yo debía pagar por él, fuera o no inocente; que había muchos inocentes que estaban muriendo en los frentes y en las checas de la zona roja. Con una fortaleza que impresionó a José María, el Padre trató de hacerle comprender que esa actitud no era la de un cristiano, que sabe que ha de dar cuenta de sus actos a Dios; y siguió diciéndole que él no querría estar en su lugar y tener que presentarse al Juicio de Dios con ese rencor en el alma; que pensara que el Señor podía pedirle cuenta, aquel mismo día, de lo que pretendía hacer.

Pero ni los ruegos del Padre, llenos de caridad, ni sus palabras llenas de fortaleza lograron ablandar, en aquel momento, el corazón de aquel pobre señor, que repetía obstinadamente: "¡Tanto el padre, como el hijo, tienen que pagarla!".

El Padre salió silencioso y entristecido del despacho; José María -con el que, en años sucesivos, hablé varias veces de este asunto- se había quedado muy impresionado, tanto por la defensa que el Padre había hecho de mí como por la dureza y el tono cortante que don Jorge había mantenido durante todo el tiempo. El Padre bajó las escaleras del edificio muy recogido, casi con los ojos cerrados y dijo, como pensando en voz alta:

-Mañana o pasado, entierro.

Esa misma mañana, después de visitar a aquella señora, me dirigí directamente al Cuartel. Había bastante trabajo en Secretaría: si no me equivoco, estábamos en un momento importante en el desarrollo de la guerra en Cataluña, quizá el paso del Ebro por Lérida. Me pareció encontrar a mi capitán y a Pedro Ybarra con una actitud rara: bien podría ser por el mismo trabajo, por mi retraso en llegar a Secretaría o por alguna otra causa, pero yo pensaba que era por la denuncia y los dedos se me hacían huéspedes. Estaba casi seguro que ya sabían algo. Si era así, ignoraba cómo se habrían enterado, porque yo no les había contado nada de mi crítica situación, ni les había comentado la visita que acababa de hacer.

Tampoco sabía yo nada de la visita del Padre a don Jorge; sólo me habían dicho que pensaba hacer alguna gestión, aquella misma mañana, en relación con mi asunto.

El Padre quería que hiciera lo posible para ir aquel día a comer al Hotel Sabadell: de ordinario comía en el comedor de tropa del cuartel. Sin embargo aquel día tuvimos abundante trabajo en Secretaría, y me retrasé bastante en Llegar. Fue entonces cuando me enteré del desenlace de este triste y doloroso suceso. El Padre procuró hacerlo de la forma más delicada posible. Me contó que aquella misma mañana había estado con don Jorge, acompañado por José María; y que poco después de esta visita, don Jorge había fallecido repentinamente.

El Padre se había enterado de su fallecimiento por pura casualidad. Al salir a la calle había visto su esquela mortuoria pegada en la pared, junto a la iglesia de la Merced, como se acostumbraba hacer en Burgos en cuanto fallecía alguien.

La triste noticia me causó un impacto tremendo; me sentí mal y tuve que acostarme en la cama del Padre, que estaba en el rincón más recogido de la habitación. Mientras tanto, el Padre me fue serenando y me dijo, en voz baja, que estuviera tranquilo por aquel señor, porque él estaba moralmente seguro de que Dios Nuestro Señor se había apiadado de su alma y le había concedido el arrepentimiento final; y añadió que desde que salió de su despacho no había dejado de rezar, tanto por él como por sus hijos. Me dijo también que agradeciera a Dios el cuidado que había tenido de mí y de mi padre, aunque el hecho, en sí, fuera tan triste y doloroso.

Al volver al Cuartel pasé por delante de la iglesia de la Merced, que era camino obligado para ir allí, y vi la esquela de don Jorge: un par de horas antes había pasado delante de ella y no había reparado en ella.

Más tarde supe que había fallecido entre las once y las doce de la mañana, en su propio despacho. Antes de ponerse en trance de muerte había estado recibiendo una visita. Alguien avisó: "don Jorge se pone malo". Inmediatamente entraron sus compañeros. Se llevó la mano a la cabeza y falleció pocos minutos después.

Desde aquel día he rezado durante toda mi vida por su alma, y por toda su familia. Estoy seguro de que, por la misericordia divina y la oración del Padre, goza de la Gloria de Dios; y de que el Señor le habrá premiado todas sus obras buenas y le habrá perdonado, sin duda, aquellos momentos de ofuscación, tan comprensibles en el clima turbulento de la guerra.

Al verme tan afectado, el Padre me aconsejó que pidiera en el Cuartel un breve permiso para serenarme. Me lo concedieron y me fui a Bilbao, donde estaba mi tío. Volví más calmado, aunque aquello me impresionó para toda mi vida. Desde entonces he hablado muy poco de estos sucesos. En parte por el respeto que me inspiran; y también porque nunca he tenido curiosidad por saber cosas del Padre que se salieran de la providencia ordinaria, aunque sabía de sobra que, en su vida, la Providencia de Dios se manifestó, varias veces, de modo extraordinario.

Pocas semanas después de la muerte de don Jorge, supe que había muerto un hijo suyo aviador. Debió de ser el de mi edad, que era Alférez. Volvió a impresionarme la noticia. Lo comenté con el Padre, que al saberlo, me dijo: encomiéndale; yo también lo haré. Algunos días después, me encontré a la viuda de don Jorge en la iglesia de la Compañía. Al darme cuenta de que era ella, salí lo más inadvertidamente que pude de la iglesia, pero me vio; y me pareció advertir que me miró con ternura.

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