Un sombrero en el frente

Aunque el asunto sea de otro estilo, nunca podré olvidar un pequeño episodio, que, aunque no tenga mayor importancia, muestra la paciencia que el Padre tenía con nosotros. Como ya he dicho, don Marcelino le había regalado en Pamplona uno de sus sombreros, ya usado, como solución provisional; pero esa solución se había convertido en definitiva, y el sombrero, que estaba bastante viejo, con la nieve y las lluvias del invierno castellano y el sol del veran, se había deteriorado tanto, que había perdido la forma y había cobrado cierto color verdoso. Insistíamos al Padre para que se comprara uno nuevo, pero siempre nos daba largas, con la excusa de que no teníamos dinero.

-Pero ése está verde, le decíamos.

-Pues muy bien -bromeaba el Padre- así iban los obispos en el siglo pasado, con el sombrero verde...

Un día estábamos Paco y yo solos en el cuarto del Sabadell y volvimos a hablar del sombrero verde. Concluimos que había que "actuar", pero esta vez, de modo irreversible. El Padre había salido con alguien en coche; era nuestra oportunidad: ¡ahora o nunca! La ocasión la pintan calva: pocas veces se daría la coyuntura de que estuviera el Padre fuera y el sombrero en la percha. Estábamos acabando además de preparar el envío de un número de Noticias; teníamos los sobres preparados, y sólo faltaba ir metiendo dentro de cada uno el ejemplar correspondiente con la carta del Padre y las nuestras. Se nos ocurrió una idea que nos pareció luminosa: ¿Y si recortáramos el sombrero en trocitos y los enviáramos de recuerdo a los miembros de la Obra? Indudablemente se llevarían una alegría; y el Padre, al no tener sombrero que ponerse, no tendría más remedio que comprarse uno nuevo...

Dicho y hecho. Sin recapacitar más en el asunto, nos pusimos manos a la obra. Corté el primer trozo de fieltro. Una vez comenzado el desaguisado, no había otro remedio que continuar. Paco colaboró con entusiasmo. Los recortes fueron lo suficientemente pequeños para no aumentar la franquicia postal, que ya estaba puesta en los sobres. Inmediatamente los echamos al correo. Todo resultó fácil...

Lo difícil fue explicar al Padre, cuando volvió, qué había pasado con su sombrero. Empezó a buscarlo, hasta que le dijimos:

-¡Ya está en el frente!

-¿Cómo que está en el frente?

Le explicamos nuestro affaire. No podía comprender nuestra insensatez, máxime cuando pronunciamos la palabra "reliquias". ¡Reliquias! No entendía nada. ¡Reliquias! Escuchamos en silencio su reprimenda.

A pesar del pequeño chaparrón, nos quedó la impresión de que había valido la pena: el Padre, aunque de mala gana, tuvo que comprarse un sombrero nuevo, y tiempo más tarde contaría, agradecido, emocionado y divertido, este suceso.

Envalentonados por nuestra hazaña, decidimos que le había llegado su hora a la sotana. Realmente estaba muy vieja, hasta el punto de que el Padre había tenido que remendar los codos y los bordes de las bocamangas. Al igual que con el sombrero, le habíamos insistido en que se mandara hacer una nueva, con el mismo resultado. Y un día, en un descuido -mientras el Padre estaba en su dormitorio- a una señal convenida, Paco y yo rasgamos la sotana, que había quedado en nuestro cuarto, por la parte de la espalda, que estaba ya muy gastada. No previmos el resultado. Cuando se dio cuenta, no dijo una palabra. Nuestra pena fue que, cuando volvimos del Cuartel, nos encontramos al Padre todavía atareado, recosiendo pacientemente la sotana. Nuestro fracaso fue rotundo. El Padre siguió usando la sotana, sin mandarse hacer otra nueva, con el agravante de que, al no quedar bien el cosido, tuvo que salir a la calle desde entonces con dulleta. Estábamos en la época más calurosa del verano de Burgos.

Estoy seguro, a pesar de todo, de que en el fondo el Padre agradecía nuestras "actuaciones". Comprendía muy bien la mentalidad y el modo de ser de la gente joven; y Paco y yo éramos muy jóvenes. Cuando nos veía reírnos por cualquier simpleza, comentaba: ¡Qué dichosos sois!

Era un modo cariñoso de decir: "pero, ¡qué simples son estos chicos!".

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