La penitencia del Padre

No tengo más remedio que abordar ahora un capítulo de nuestra estancia en Burgos realmente difícil de escribir: el de las mortificaciones y penitencias del Padre. Todavía me dan escalofríos cuando las recuerdo.

Solo entendemos un suceso con cierta profundidad cuando lo encuadramos en el ámbito de las circunstancias que lo rodean; es decir, cuando lo situamos en el lugar que le pertenece dentro de un conjunto, contemplándolo y valorándolo en el marco de su propio ambiente. Por esa razón me he detenido tanto en la descripción del lugar donde vivíamos y me he esforzado en evocar el trato que tenía con los que le acompañábamos. Sólo dentro de este contexto se entienden algunas de las actitudes del Padre en aquel tiempo, y algunos rasgos de nuestro comportamiento, movido por el deseo de cuidar de su salud.

En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama, o sea dieciésis pesetas al día en total. No recuerdo cuánto nos cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restaurante de Burgos no bajaba de ocho pesetas. Cuando estaba José María Albareda en Burgos el Padre comía con él en el hotel; cuando no estaba, no comía nada o tomaba "cualquier cosa" para poder decir que había comido. Paco y yo almorzábamos en el Cuartel, y cuando volvíamos y le preguntábamos dónde había comido, eludía la pregunta. Vivía el ayuno como dejó escrito en Camino: El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios. Pero, entre unos y otros, hemos abierto la mano. No importa -al contrario- que tú, con la aprobación de tu Director, lo practiques frecuentemente.

En aquella época de Burgos el Padre no tenía director espiritual fijo; se confesaba ordinariamente con el P. López Pérez, CMF, y con un sacerdote secular, don Saturnino Martínez. Ignoro lo que sabrían y lo que opinarían estos buenos sacerdotes sobre esta materia: lo que estaba claro es que Paco y yo no estábamos en absoluto de acuerdo con aquellos ayunos. Y manifestábamos nuestra discrepancia según nuestro carácter y nuestra madurez humana y espiritual. Paco llevaba la contabilidad, y deducía, por lo que gastaba el Padre, lo poco que comía. Debía acudir a algún lugar tan pobre y tomar tan poca cantidad, que sólo gastaba dos pesetas con cincuenta céntimos. Por la noche, al volver del Cuartel, Paco me decía que el Padre, una vez más, no debía haber comido; entonces yo "pasaba a la acción", muchas veces sin la debida delicadeza.

-Padre -le preguntaba-: ¿ha comido hoy o no?

El Padre contestaba con evasivas y me decía que había tomado "algo". Pero ya estábamos sobre aviso, porque habíamos descubierto que ese "algo" eran unos céntimos de cacahuetes. Tomaba un "algo" y así, cuando le preguntábamos podía decir que había comido.

-Padre -insistíamos día tras día- ¿por qué no cena esta noche? Mire, podemos ir a...

-Gracias, gracias, contestaba. No tengo apetito.

Algunas noches lográbamos, después de una pesada insistencia, que se tomara una pequeña tortilla de patatas que vendían, a una peseta, en la cantina de la Estación del Ferrocarril. Sin embargo, aunque el Padre procuraba que no nos diéramos cuenta, intuíamos que muchos días su ayuno era total.

Su mortificación no acababa en el ayuno. A veces le tocaba el turno a la sed y había temporadas en que no tomaba agua. Hay un punto de Camino muy expresivo: Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel... Paco seguía dándome "el parte" cada noche: "pues me parece que hoy tampoco ha bebido agua". Se le notaba claramente, porque al hablar tenía la boca y la garganta resecas. Así fueron pasando los días hasta que una noche no me controlé y decidí "actuar" y cortar aquello por lo sano. Llené un vaso de agua y se lo entregué, diciéndole:

-¡Bébaselo!

El Padre se negó, y me dijo que me estaba extralimitando. Entonces, conteniendo a duras penas mi mal genio, le contesté:

-¡O se lo bebe o lo tiro!

Al ver que no cedía, dejé caer el vaso, que se estrelló en el suelo, y se rompió en mil añicos. Entonces, el Padre, divertido, imitando mi manera de hablar, me dijo pacientemente:

-¡Rabioso!

Todo acabó pidiéndole perdón y recogiendo Paco y yo el agua y los vidrios del suelo. Al rato -cuando ya estaba yo a punto de acostarme y rezaba de rodillas tres Avemarías-, me dijo con cariño: Lleva cuidado y no andes descalzo; no vaya a haber algún trozo de vidrio en el suelo.

Al ayuno y la sed se añadían las disciplinas. No podía tomarlas en el cuarto de baño que había al fondo del pasillo, porque se oían en todo el piso. Habitualmente lo hacía cuando nosotros estábamos fuera, pero cuando no era posible, las tomaba en su dormitorio, sin más separación que la delgada cortina, que lo aislaba muy relativamente. Y cuando yo interferí hasta en esto, tratando de que mitigara su mortificación, su contestación fue de un tenor parecido al que puede leerse en Camino: Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo sean de tu penitencia?

Al ayuno, la sed y las disciplinas hay que añadir, además, las noches que pasaba en el suelo, lugar donde dormía frecuentemente, en el hueco que quedaba entre su cama y la pared. Un día le dije, con segunda intención, que esa cama, ya que no se usaba, resultaba bastante superflua... El Padre procuraba actuar de tal forma que su mortificación pasara inadvertida; pero no nos resultaba difícil adivinar, por mucho que se esforzase en que no nos enterásemos, por el leve ruido que hacía, que no se acostaba en la cama; y si lo hacía, cuando creía que ya estábamos dormidos, se bajaba al suelo. Dormía con la cabeza apoyada en un Breviario, un Totum utilísimo de un solo volumen que le había regalado don Eliodoro Gil Rivera. Califico aquel libro de "utilísimo", porque el Padre le daba doble uso: le servía durante el día para rezar las horas canónicas y durante la noche como almohada.

Y al ayuno, la sed, las disciplinas y el suelo, hay que añadir, por último, la mala salud. El Padre seguía débil y dos o tres meses después de nuestro traslado al Hotel Sabadell volvió a tener fiebres altas. Nos preocupamos mucho; y eso hizo que se me ocurriera pedir a Dios que le quitara la fiebre a él y me la diera a mí. Quizá hice esta petición sin creer que el Señor me pudiera escuchar... por eso me asusté muchísimo cuando, aquella misma tarde, me entró un calenturón tremendo y al Padre se le fue la fiebre.

Llamaron al médico; me diagnosticó tifoidea o paratifoidea y mandó que me hicieran unos análisis. El resultado de los análisis fue negativo, pero yo seguía con fiebre alta. Con mucho apuro y vergüenza acabé por contar al Padre mi petición al Señor.

-No se te vuelva a ocurrir hacer algo semejante -me dijo-, y ahora quédate tranquilo. Y poco después, la fiebre se fue como había venido.

Como bien se ve, no sabíamos qué hacer para cuidar al Padre; y se lo contamos por carta a Juan y a Ricardo. Tiempo más tarde he tenido noticia de la existencia de una carta que escribió el Padre a Juan durante esa misma época, a consecuencia de la nuestra, en la que le explicaba los motivos de su comportamiento. Pedía a Juan en esa carta que nos enviara un sinapismo -es decir, una indicación precisa y clara- "de los suyos". Pensaba el Padre que, a pesar de la buena voluntad de Paco y mía, el demonio podía servirse de nosotros -a los que nos llamaba, cariñosamente "estos niños"- para disminuir su espíritu de mortificación. Una mortificación que sentía que Dios le estaba pidiendo para sacar adelante la Obra.

Esta carta, que transcribo íntegra, es un testimonio del temple heroico de su virtud, de su afán de santidad y de su profundísima humildad: decía de sí mismo que necesitaba "golpes de hacha".

Querido Juanito: Por muchos motivos, creí y continúo creyendo que conviene que me entreviste contigo. Sin embargo, si el Señor no lo arregla, El siempre sabe más.

Antes de nada, como sé que estos pequeños te han enviado una famosa carta, en la que hablan de mi plan de vida, he de decirte que ellos van con la más recta intención, pero, sin darse cuenta, le hacen el juego al enemigo.

Y, naturalmente, ante las intromisiones -a veces, incluso un poco violentas- llenas de afecto y... desorbitadas, escarmentado por la experiencia de meses, en lugar de tratar el negocio de palabra, les puse unas líneas secas, a estos niños, y creo han escrito a Ricardo y te han escrito a ti.

Conste que yo -aunque no tengo en Burgos Director- nada he de hacer que suponga abiertamente peligro para la salud: no puedo, sin embargo, perder de vista que no estamos jugando a hacer una cosa buena..., sino que, al cumplir la Voluntad de Dios, es menester que yo sea santo ¡cueste lo que cueste!,... aunque costara la salud, que no costará.

Y esta decisión está tan hondamente enraizada -veo tan claro- que ninguna consideración humana debe ser obstáculo, para llevarla a efecto.

Te hablo con toda sencillez. Motivos hay: porque has convivido conmigo más que nadie, y de seguro comprendes que necesito golpes de hacha.

Por tanto hazme el favor de tranquilizar a estos pequeños, con un sinapismo de los tuyos.

Mariano

Burgos -30-IV-938

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