Contabilidad vectorial

Hay una anécdota divertida que, aunque a primera vista pueda parecer intrascendente, pone de manifiesto los apuros y penurias de nuestra economía burgalesa. Un día nos comentó el Padre que le habían regalado un buen cigarro habano, y pensaba regalárselo a don Francisco Navarro Borrás, nuestro antiguo catedrático, que venía a visitarle con cierta frecuencia. Don Francisco era muy aficionado a los habanos, artículo de consumo que escaseaba mucho en aquellos tiempos de guerra, y el Padre, pensando en la alegría que le iba a dar cuando se lo diera, lo envolvió cuidadosamente y lo guardó en el cajón del pequeño escritorio que teníamos en nuestra habitación.

Pero a Paco y a mí también nos gustaban los habanos... y nos hicimos el siguiente razonamiento: hay unos habanos más largos que otros; unos acaban en punta por ambos extremos, otros no; y como aquel era muy largo y puntiagudo por las dos partes, no se notaría nada si le cortábamos una de las puntas cuidadosamente con una cuchilla de afeitar. Ni cortos ni perezosos le dimos dos pequeños tajos y, desmenuzando el tabaco, nos hicimos dos pitillos muy delgaditos.

Lo malo fue que a la semana siguiente seguíamos sin tabaco y sin dinero y... repetimos la operación. Y así, en varias ocasiones, hasta que el flamante habano quedó reducido a la mínima expresión. Un buen día apareció Navarro Borrás, y cuál no sería el apuro de Paco y mío cuando oímos que el Padre le decía: Te tengo preparado como sorpresa un estupendo cigarro habano, así de largo... Abrió el cajón del escritorio y al ver la minúscula dimensión a que había quedado reducido el cigarro, disimuló como si no lo encontrara y cambió de conversación. Y, en cuanto se fue don Francisco, nos comentó:

-Cuando haya un cigarro puro y os lo queráis fumar, hacedlo con toda paz; pero, por favor, ¡no me hagáis pasar estas vergüenzas!

Años después se divertía el Padre contando esta anécdota que, por sí sola, explica elocuentemente la escasez en que vivíamos.

El poco dinero del que disponíamos iba a parar a una caja común, que era tan pobre por el contenido como por el continente. Era una caja cuadrada de madera, que había servido de envase a un queso de Burgos que nos había regalado alguien, con una tapa que giraba alrededor de uno de los cuatro clavitos con los que vino cerrada. Paco llevaba la contabilidad, que era muy rudimentaria. Iba anotando las cantidades en una cuartilla de papel, con una flecha hacia dentro o hacia afuera, según fuera un ingreso o una salida; especificaba después la cantidad en pesetas y céntimos; y finalmente, entre paréntesis, el concepto del ingreso o del gasto. Al acabar el mes, sumaba las cantidades correspondientes a las flechas dirigidas hacia adentro, y sumaba las de las flechas hacia afuera: la diferencia era el saldo. El Padre no se había dado cuenta de cómo llevábamos la contabilidad, pero una vez que Paco tuvo que ausentarse de Burgos traspasó la caja a José María, y éste comentó cándidamente que Paco llevaba "contabilidad vectorial".

El Padre preguntó qué era eso, y cuando José María se lo explicó, alabándolo como algo muy ingenioso, le dijo:

-¡Vergüenza debiera daros que, entre dos matemáticos y un investigador científico, llevéis las cuentas peor que la cocinera de mi madre!

Compramos entonces una libreta adecuada y comenzó a llevarse la contabilidad debidamente, sin flechas ni vectores de ningún tipo...

Cada vez que recuerdo estos pequeños sucesos, comprendo que sin esa claridad, sin esa serenidad y esa gracia humana que tenía nuestro Padre para decirnos las cosas, no hubiera podido formarnos con la fortaleza y constancia con que siempre lo hizo. Dios le concedió el don de saber exigirnos, como realmente nos exigió, y dejarnos después de cada corrección un grato recuerdo: tanto por el contenido de la advertencia, como por el cariño con que la hacía; e incluso por el garbo humano con que nos lo decía.

Sus palabras nos calaban hondo y las recibíamos con mucho respeto, pero era tal su ingenio y su fino sentido del humor que, en ocasiones, aunque nos hablara muy en serio, teníamos que esforzarnos por no reírnos. Su caridad y su agudeza nos ayudaban mucho pedagógicamente para que no olvidáramos la advertencia, sin dejarnos nunca una herida o una amargura en el alma.

En aquella situación de estrecha convivencia se detectaba fácilmente hasta la cosa más pequeña. Me di cuenta entonces de cómo vivía el Padre la virtud del orden, hasta en detalles que podrían resultar insignificantes. Y conseguía algo más difícil todavía: conservar ese orden en medio de nuestro desorden. Todavía recuerdo una pequeña caja de hojalata en la que guardaba agujas, hilo y botones de todas clases. Cada vez que uno de nosotros echaba mano de la caja, lo dejaba todo manga por hombro; luego el Padre, con gran paciencia y haciéndonos alguna cariñosa alusión, volvía a poner cada cosa en su sitio.

Se cosía personalmente los botones de la sotana que se le caían; y esa costumbre no sólo la vivió entonces, por las circunstancias especiales que atravesábamos; años después, cuando residía en la casa de Diego de León en Madrid, también conservaba una caja parecida en la cómoda de su cuarto y, aunque no tenía demasiada habilidad manual y se pinchaba frecuentemente con la aguja, vi muchas veces cómo se aseguraba los botones de la sotana.

Día tras día, fui comprobando también cómo tenía constantes detalles de cariño con unos y otros, y hablaba bien de todos. Recuerdo una anécdota muy significativa: una vez había invitado a desayunar a un chico y tomamos chocolate con churros. Cuando se fue, comentamos al Padre que su invitado había demostrado verdaderamente tener buen apetito: se había ido zampando, una tras otra, varias tazas de chocolate y varias raciones de churros. El Padre lo disculpó, como siempre, con caridad y buen humor: nos dijo que lo que le pasaba es que no sabía calcular: se le acababan los churros cuando todavía le quedaba chocolate, y se le acababa el chocolate cuando todavía le quedaban churros... Este comentario es un elocuente botón de muestra de la finura de su caridad: sabía dar siempre un sesgo simpático a cualquier comentario que pudiera ser crítico, o parecerlo; aunque fuera de broma o sobre algo intrascendente, como en este caso.

Por lo que a mí se refiere, a pesar de mis intervenciones desafortunadas, me trató siempre con gran paciencia. Años más adelante, cuando adquirí más formación, le oí que suspiraba de vez en cuando:

-¡Pobre señor, pobre señor!

-¿A qué señor se refiere, Padre?, le pregunté un día, intrigado.

-¿A quién va a ser, hijo?, me contestó divertido, con aquel cariño y aquella gracia tan suya: ¡a tu padre, que ha debido ser un santo aguantándote, y me ha dejado a mí todo el trabajo de domarte!

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