El Hotel Sabadell

Durante las semanas que vivimos en la pensión de Santa Clara, el Padre nos habló en varias ocasiones de la conveniencia de buscar un piso para atender mejor la labor apostólica desde aquella ciudad. Pero en aquellos tiempos, alquilar un piso en Burgos era algo casi imposible, si no se desempeñaba un alto cargo militar o político; y no era ése nuestro caso. Tampoco se podía resolver ese problema con dinero, porque no lo teníamos.

Algunos miembros de la Obra nos remitían esporádicamente algo de dinero, pero eran cantidades mínimas. Ricardo, Juan y algunos más hacían economías hasta extremos inverosímiles para enviarnos parte de sus modestos sueldos. Tampoco José María ganaba demasiado con su trabajo; y, en lo que se refiere a Paco y a mí, sólo recibíamos del Ejército dos pesetas diarias. Y como ya he dicho, en aquellas circunstancias, el Padre había decidido, por pobreza, no recibir estipendios de Misas y de predicación.

Eso explica que cuando el capitán Martos nos comentó a Pedro Ybarra y a mí que había previsto nombrarnos Oficiales Honorarios, porque al Gabinete de Cifra solo podían pertenecer, según el reglamento, Oficiales del Ejército, yo procurase quitarle rápidamente esa idea de la cabeza. Con esa distinción lo único que iba a conseguir era quedarme sin las dos pesetas diarias que nos pagaban -sin ninguna otra remuneración a cambio-, y sin el derecho, además, a beneficiarme del comedor de Cuartel General, que estaba destinado a la tropa, donde comía habitualmente...

Cuando desechamos la idea, por imposible, de encontrar piso en Burgos, nos pareció que dábamos un gran paso dejando la pensión de Santa Clara y trasladándonos al Hotel Sabadell. Y allí nos fuimos a vivir el 29 de marzo. El Sabadell era un hotel de tercera, situado en el número 32 de la calle de la Merced, frente al río Arlanzón.

El edificio se podía contemplar hasta hace muy poco tiempo, con otra numeración -el 11- y dedicado a otro uso. Tenía una simpática fachada de estilo floreal provinciano, tan característico de la época en que fue construido. Sobre la entrada se alzaba una airosa marquesina de hierro y cristal, que daba acceso casi directamente a la escalera. Constaba de una planta baja y tres pisos con tres habitaciones que daban a la calle. Nuestra habitación era la nº 9 y correspondía al primer piso -al mirador de la izquierda-, inmediatamente encima de la marquesina de entrada.

Para que lo que voy a contar se entienda bien, hay que hacerse una idea concreta de las circunstancias materiales en las que vivíamos. Por esa razón me detendré en la descripción pormenorizada de aquella habitación de veintiocho metros cuadrados con treinta y cinco centímetros en la que nos instalamos los cuatro: el Padre, José María, Paco y yo. En este exiguo espacio se rezaba, se trabajaba, se dormía, nos lavábamos y afeitábamos, y hasta se recibían visitas, muchas visitas. Y allí, por increíble que parezca, se atendía la labor apostólica con más de un centenar de personas de diversa edad y condición.

Nuestra habitación tenía, como diría un decorador moderno, tres "ambientes". La parte más amplia, la habitación propiamente dicha (4,63 por 3,92 metros), estaba amueblada con las tres camas de José María, de Paco y mía. Quedaba el espacio justo para un pequeño ropero -suficiente para lo poco que teníamos los cuatro-, una mesa rectangular y un par de sillas. Frente a la puerta de entrada había otro "ambiente": un mirador acristalado, que contaba con dos pequeños sillones, una mesita de mimbre y unas persianas de tiras de madera pintadas de verde que lo protegía del sol y de la curiosidad de los transeúntes, proporcionándole cierta intimidad.

Frente al mirador, junto a la puerta de entrada, se encontraba el acceso al tercer "ambiente": una pequeña habitación a la veneciana donde estaba el dormitorio del Padre. Este cuarto sin iluminación directa contaba con una cama, una mesilla de noche, un lavabo de agua corriente y una percha (clavada sobre una pequeña puerta que la comunicaba directamente con el pasillo, pero que siempre estuvo cerrada). La separación entre la habitación y el dormitorio del Padre consistía en una cortina de tela de mala calidad, blancuzca y casi trasparente.

Era un lugar incómodo y pequeño: y como la parte superior de la puerta de la habitación era de vidrio esmerilado, cada huésped del hotel que llegaba tarde por la noche, no despertaba invariablemente al encender la luz del pasillo.

Poco a poco aquel cuarto fue adquiriendo un ambiente familiar. El Padre nos sugirió la posibilidad de confeccionar unos banderines de carácter deportivo-universitario, y compramos unos trozos de fieltro de diversos colores: azul, amarillo y blanco. Yo recorté los patrones, y como el Padre había comenzado ya su labor apostólica con algunas chicas jóvenes, gracias a la ayuda de la madre de Vicente Rodríguez Casado, fueron ellas quienes los confeccionaron y cosieron. Uno de los banderines llevaba el nombre de RIALP, el bosque donde estuvimos durante la travesía de los Pirineos, y otro el de DYA. Aquellos banderines le dieron mucha vida a la habitación, donde pusimos también algunos mapas de varias regiones españolas.

En aquel mirador de reducidas dimensiones (1,78 metros de largo por 0,80 de fondo), recibió el Padre a muchísimas personas. Venían a verle sobre todo estudiantes que habían frecuentado la Residencia DYA, que iban presentándole nuevos amigos a su vez. Algunos de estos muchachos murieron en los frentes de guerra.

En aquel clima juvenil, debo reconocer que ni a Paco ni a mí nos resultaban tan gratas las visitas que recibía el Padre de gente de más edad, y que eran también muy numerosas. Cuando venían los jóvenes hacíamos una tertulia y, si era domingo, dábamos un paseo hasta Las Huelgas u otro lugar de las afueras de Burgos; con frecuencia el Padre aprovechaba estas salidas para hablar confidencialmente con cada uno, paseando a la vera del Arlazón, desafiando al frío, la lluvia o el calor. Pero cuando le visitaban personas de más edad era otra cosa. Paco y yo los llamábamos los "importantes". Llegaban; saludaban al Padre, que los invitaba a sentarse en el mirador; cerraban los postigos; y la habitación se quedaba a oscuras. Teníamos que encender la luz, aunque fuera pleno día. Cada vez que sucedía esto, Paco me decía por lo bajo: "¡buenas noches!".

Muchas de esas visitas eran de sacerdotes; algunos fueron después obispos y arzobispos. Recuerdo, entre muchos otros, a don Antonio Rodilla, don Angel Sagarmínaga, don Daniel Llorente -que luego fue Obispo de Segovia-, don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de Madrid, que era uno de los que iban a verle con más frecuencia... Todos consideraban al Padre como un sacerdote excepcionalmente santo: así nos lo decían, en un aparte, a Paco y a mí; y tengo que reconocer que mi reacción interior no era demasiado humilde, porque, como comprobaba aquella afirmación noche y día con mis propios ojos, al oírla pensaba para mis adentros: ¡qué me va usted a decir a mí!

Fueron muchas veces las que se "hizo de noche" en nuestro cuarto del Hotel Sabadell. Entonces no comprendíamos demasiado por qué el Padre recibía a todas aquellas personas mayores y a aquellos sacerdotes; pensábamos que le quitaban tiempo. Años después, con el desarrollo de la labor apostólica, cuando llegaron al Opus Dei hombres casados y sacerdotes diocesanos, acabé de entender por fin aquel celo sacerdotal del Padre en el pequeño mirador del Hotel Sabadell.

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