Tú eres Pedro

En medio de esta situación de penuria material, Paco y yo intentábamos hacer descansar al Padre, y procurábamos distraerle comentándole cosas divertidas. Recuerdo que le relaté un sucedido de mi reciente estancia en Pamplona que le divirtió mucho. El obispo había organizado grandes festejos con motivo del día del Papa: Santa Misa, Recepción y Besamanos, y por la tarde, prédica en la iglesia de San Nicolás; y yo, que le conocía personalmente, fui a escucharle a la iglesia. Me senté en una de las primeras filas, frente al púlpito. A la hora prevista llegó don Marcelino, comenzó el sermón, hizo una pausa, y de pronto exclamó con voz atronadora:

-Tú... eres... ¡Pedro!

Yo pensé que se estaba dirigiendo a mí y, sorprendido, di un respingo y un salto sobre mi asiento. Luego comprendí que se trataba sólo del conocido versículo del Evangelio "Tú eres Pedro... y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

Con este tipo de anécdotas intentábamos aliviar el sufrimiento que experimentaba el Padre por los que habían quedado en Madrid -Alvaro, Isidoro, Vicentón... su madre, sus hermanos Carmen y Santiago...-, de los que hablaba continuamente; por los que estaban en los frentes de Madrid o Teruel, donde hubo muchas bajas; y por las dificultades que iba encontrando de nuevo, después de diez años de trabajo incesante, para poner en marcha la labor apostólica.

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