De Pamplona a Burgos

Conforme nos había anunciado, el Padre se trasladó a Burgos, donde se instaló en una modesta pensión situada en el nº 51 de la calle de Santa Clara. Hizo desde allí algunos viajes, por motivos apostólicos, en los meses de enero y febrero, a Valladolid, Avila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona. Mientras tanto, yo comencé a hacer una serie de gestiones con mi tío Diego Ramírez Pastor, hermano menor de mi madre y director de un periódico en Bilbao -donde firmaba como Jorge de Claramunt-, para que me trasladaran a Burgos.

En esto, un día caí enfermo. Al enterarse, el Padre vino a verme a la pensión de doña Micaela. Estaba acompañándome cuando se presentó un soldado para comunicarme que se habían suspendido los permisos y debía presentarme inmediatamente en el Cuartel. Aquello me alertó: por aquellos días venían noticias alarmantes del frente de Teruel y se rumoreaba que nos iban a destinar a todos allí, donde se producían muchísimas bajas.

En un primer momento el Padre también se preocupó; me dio la bendición y me dijo que se quedaría rezando a la Virgen. Me aconsejó que no me preocupara, porque no me pasaría nada. Y en efecto, hacia la medianoche acabó el acuartelamiento y los que teníamos permiso para dormir fuera volvimos a nuestros domicilios.

Al llegar a la pensión me encontré con que el Padre estaba todavía esperándome: no había querido marcharse al Palacio Episcopal hasta saber qué había pasado y realmente la pensión de doña Micaela era un buen punto de información. Me recibió con el cariño con que un padre recibe a un hijo que ha sobrevivido a un gran peligro. Aquel cariño me emocionó y rezamos juntos una Salve de acción de gracias a Nuestra Señora.

Al fin me destinaron a Burgos. Paco había conseguido también que lo trasladaran a esa ciudad, y el 8 de marzo de 1938 pude irme a vivir con el Padre, con José María y con Paco, a la habitación que ocupaban -una sola para todos- en una pensión de la calle Santa Clara. Esta pensión estaba situada en un pequeño chalet, que ha desaparecido ya, que se encontraba muy cerca de la vía del tren. Desde una ventana se contemplaba la sobria fachada de la Casa-asilo de las Hermanitas de los Pobres, con unos decorativos blasones arzobispales esculpidos en piedra.

Mi destino en Burgos era la M.I.R., iniciales de la Dirección General de Movilización, Instrucción y Recuperación. Cuando se enteraron los jefes militares que tenía casi terminada la licenciatura en Ciencias Exactas me adscribieron al Gabinete de Cifra, dependiente de la Secretaría del General Orgaz, y me encargaron de cifrar y descifrar los telegramas que se enviaban y recibían en clave.

Allí conocí a Pedro de Ybarra Mac-Mahon, un soldado joven, más bien flaco y con gafas de concha, rubio, que destacaba por su educación y su simpatía. Pedro me puso al corriente de mi nuevo trabajo, y así nació entre los dos una larga amistad que ha durado toda la vida y que en aquellos momentos me ayudó mucho a sobrellevar las horas interminables que pasábamos diariamente en la Secretaría.

El trabajo era abundante: cuando no había telegramas que cifrar, me mandaban dibujar planos del Estado Mayor o escribir a máquina. Pedro, que hablaba bien varios idiomas, se dedicaba a traducir manuales extranjeros, que luego se reimprimían como textos de las Academias Provisionales que dependían de Orgaz. Al terminar el trabajo, me volvía a la pensión de Santa Clara.

Estuvimos poco tiempo en aquella pensión. Durante ese tiempo el Padre celebró algún día la Santa Misa en el Monasterio de Santa Clara, que estaba muy cerca de allí; pero pronto comenzó a decir Misa habitualmente en la capilla de las teresianas, en el nº 5 de la calle de la Merced. Se ofreció a darles algún retiro o alguna meditación, por el gran afecto que tenía hacia el Padre Poveda y a la Institución fundada por él, y procuró ayudarlas en los duros momentos que atravesaban, como consecuencia de la muerte de su Fundador. Y en aquellos momentos de penuria, a pesar de la situación de pobreza absoluta en la que se encontraba, tomó una decisión heroica: no recibir nunca estipendios de Misas.

En nuestra pensión se hospedó también durante cierto tiempo Navarro Borrás, el antiguo profesor de Paco y mío en la Escuela de Arquitectura, que conocía al Padre desde antes de la guerra. Había también allí varios personajes singulares; el más curioso y característico de todos era una inglesa de unos cincuenta años que trabajaba como "speaker" en Radio Nacional. Era la única persona de la pensión que tomaba té, y Paco y yo la llamábamos entre nosotros "miss Peluca" por la textura de su cabello. Al principio le caímos bastante mal; no hacía más que protestar por el ruido que formábamos Paco y yo con nuestras pesadas botas de soldado al subir y bajar por la escalera de madera. Pero el Padre nos reconcilió con ella, hasta el punto de que acabó llamándonos, cariñosamente, "Pegüico y Pacuito".

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