Doña Micaela

No quiero acabar este relato de mi estancia en Pamplona sin mencionar, aunque sea de paso, a doña Micaela Pinillos. Paco y yo habíamos logrado al fin que nos dieran permiso para dormir fuera del cuartel y nos alojábamos en una pensión de la calle de Pozoblanco, nº 6, cuarto piso, propiedad de doña Micaela. Habíamos acordado con ella que iríamos sólo a dormir, porque no teníamos dinero para más, pero doña Micaela nos daba generosamente de cenar por su cuenta en numerosas ocasiones. No sé qué edad tendría aquella buena mujer, pero debía haber superado -generosamente también- la cincuentena. Pronto experimentó por nosotros cierta predilección y una especial veneración por nuestro Padre, que venía a vernos de vez en cuando.

Doña Micaela poseía una rara intuición, agudizada por el trato con personas dedicadas a Dios -tenía varios parientes religiosos y religiosas- y pronto descubrió en el Padre "un algo muy especial", como ella decía. "Se ve de leguas que es un santo", nos comentó varias veces. También decía que en nosotros dos -Francisco y yo- había parte de ese "algo". Un día, cuando hacía unas de estas alusiones, intenté cortar por lo sano:

-Claro que es un santo -le dije-; claro que tenemos 'algo suyo' porque es nuestro director espiritual.

-¿Sólo... su director espiritual?, inquirió doña Micaela.

Su intuición no se detuvo ahí. En otra ocasión, llegó a decirme: "Estoy encomendando mucho la fundación que don Josemaría debe de estar llevando a cabo". Esto me sorprendió especialmente. Quizá habría oído algo; desde luego nosotros no le habíamos dicho nada acerca de la Obra a aquella piadosa mujer, de rara -y certera- intuición.

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