En el Regimiento de Zapadores

Al llegar a la capital navarra, otra pareja de la Guardia Civil nos condujo al Cuartel de Ingenieros, sede del Regimiento. Estaba situado en el extremo oriental del campo militar, al norte de la Ciudadela. Apenas traspasamos la entrada, un guripa nos llevó a nuestra Compañía a través del inmenso patio- explanada totalmente cubierto por una gruesa capa de nieve helada. Tuve la impresión de encontrarme en Moscú. Salvo en los grabados rusos, nunca había visto unos edificios y un paisaje semejantes.

Nuestra Compañía estaba en el primer piso del pabellón de la izquierda, y al llegar nuestro acompañante llamó con voz cansina al soldado de guardia. Apareció entonces un recluta somnoliento y perezoso, cubierto hasta la nariz por un amplio capote de puntas. Aquella nariz me resultó conocida: era la de un compañero de la Escuela, José Luis Fernández del Amo, al que llamábamos cariñosamente "pajaroide", cosa que no le disgustaba. José Luis asistía también a los Círculos en la Residencia de Ferraz.

La primera noche de cuartel fue toda una odisea. No había suficiente dotación de tablas de catre, colchonetas de paja y mantas, y el frío era realmente moscovita. Paco, sacando fuerzas de flaqueza, se dispuso a aceptar aquellas carencias con resignación ascética; yo luché para sobrevivir y luché por conseguir lo antes posible un permiso para dormir fuera del cuartel. Afortunadamente, José Luis nos fue adiestrando en esos pequeños trucos de la vida cuartelera, que nos resultaron más útiles que los entrenamientos del terrible sargento que cada mañana nos vapuleaba, de izquierda a derecha, derecha a izquierda, gritándonos sin cesar:

-¡Peee..loo...tooooooón!

¡Pobre sargento! No consiguió, a pesar de todos sus gritos y todos sus esfuerzos, que ni Paco ni yo adquiriésemos el aire marcial requerido, ni que diéramos una en las prácticas de tiro...

No nos proporcionaron ropa militar; pero nos indicaron que debíamos ir con la cabeza cubierta para hacer los saludos de ordenanza. Y con la insignificante cantidad que nos daban semanalmente pudimos comprar lo necesario para escribir cartas e iniciar el apostolado epistolar, como nos había recomendado el Padre.

Así fueron pasando los días hasta el 24 de diciembre. Paco y yo estábamos de guardia, y de pronto, nos llamaron a grandes voces diciéndonos que bajáramos al portón de entrada: allí nos encontramos con el Padre, que se había presentado sin previo aviso en el cuartel. Venía vestido con sotana y dulleta, y llevaba el sombrero -la teja- que usaban habitualmente los sacerdotes en aquella época. En San Sebastián las teresianas le habían proporcionado calzado y un poco de ropa; y el Obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, le había hospedado en el Palacio Episcopal y le había proporcionado una sotana. La teja había pertenecido al propio obispo, que le había quitado los signos episcopales -el cordón y las borlas verdes- para que el Padre la pudiera usar.

Por la noche, poco antes de las doce, el Padre se presentó de nuevo en el cuartel. Paco lo recordaba perfectamente: mientras él estaba de guardia en los puestos -depósitos de municiones-, se presentó el Padre acompañado de José María Albareda, que había llegado por la tarde a Pamplona. Les dejaron llegar hasta aquel lugar por la gran consideración y confianza que se tenía en aquella época hacia los clérigos. "Allí -cuenta Paco- estuvieron un rato con Pedro y conmigo. Traían turrones, que compartimos con el Padre, y celebramos así la Nochebuena. José María había conseguido algo de dinero, y se pudieron comprar cosas de comer. Estos detalles de cariño, de vida de familia, en las circunstancias tan extraordinarias que vivíamos, se me clavaron en el corazón: me hacían sentir muy feliz y la entrega al Señor se hacía gozosa".

Al día siguiente, las obligaciones militares nos permitieron pasar el día de Navidad junto con el Padre y con José María. Fue un día especialmente entrañable. Después de comer, estuvimos con el Padre en las habitaciones que ocupaba en el Palacio Episcopal, y Paco y yo le fuimos comentando diversas peripecias de nuestra vida en el Cuartel. Entonces nos dijo que, en aquellas circunstancias, podíamos hacer la oración mientras estábamos de guardia; y nos recordó que podíamos y debíamos convertir todos aquellos trabajos cuarteleros en oración y en ocasión de apostolado. Nos indicó también que debíamos ser muy humanos para ser muy divinos.

A partir de entonces, durante la primera semana de enero, a la hora en que nos daban permiso de salida en el cuartel, el Padre se acercaba muchas tardes para vernos. Así se hizo amigo de un cabo, que se llamaba Garmendia, con el que se entretenía hablando y al que le llevaba siempre que podía un cigarro puro, de los que don Marcelino obsequiaba a sus invitados. Es un buen marido y un buen padre de familia, nos comentó. Me da pena que la guerra tenga a tantos hombres como éste alejados de los suyos.

El Padre nos comunicó que iba a fijar su residencia en Burgos: el motivo fundamental era que desde allí le resultaría más fácil desplazarse a los diversos lugares en los que estaban repartidos, por los azares de la guerra, los miembros del Opus Dei y podría tratar apostólicamente a los numerosos chicos a los que había dirigido en Madrid. Le hubiera resultado más cómodo permanecer en Pamplona o en Vitoria, donde los Obispos le habían ofrecido hospitalidad indefinida; pero pesaron más las razones apostólicas, unidas a la circunstancia de que José María podría acompañarle probablemente en aquella ciudad, o al menos pasaría allí largas temporadas. A partir de aquel momento intentamos hacer todo lo posible para que nos destinaran a Burgos ya que habíamos sido declarados de servicios auxiliares y en aquella ciudad castellana había muchos organismos y dependencias militares.

 

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