Por fin en Andorra

Tras aquella larga pesadilla, por fin, ya éramos libres. En acción de gracias, una vez que nos quedamos solos los de nuestro grupo, el Padre volvió a incoar la Salve -esta vez en voz alta-, que recitamos pausadamente, con profundo fervor y gratitud hacia la Virgen. Encauzaba así nuestra alegría en este acto de amor a nuestra Madre, que, una vez más, había manifestado su misericordia con la Obra.

Llegamos al pueblo. Antes de entrar tuvimos que superar un trámite que a algunos nos resultó molesto: los gendarmes procedieron a "desarmarnos"; es decir, nos quitaron los improvisados bastones que cada uno había ido escogiendo entre las ramas, por considerarlas "armas impropias" (¡!). Y además nos documentaron como refugiés politiques; cosa que también me irritó bastante, porque no había sido la política el motivo de nuestra evasión de España.

Tomamos un café caliente en un bar que había a la entrada del pueblo y buscamos la iglesia; después proseguimos caminando hasta Les Escaldes, una pequeña localidad del Principado de Andorra, muy cerca de Andorra la Vella, su capital.

He de reconocer que algunos de mis primeros recuerdos de Andorra no son demasiado espirituales. Me refiero en concreto al reconfortante baño de agua caliente y jabón que tomé en el Hotel Palacín de Les Escaldes, donde nos alojamos, y a la primera comida normal que hicimos en el hotel. Como nuestros organismos habían perdido la costumbre de digerir alimentos con regularidad, y los más jóvenes no tuvimos la prudencia de comer muy poquito -como hizo el Padre, que apenas probó bocado-, lo pasamos bastante mal en esa primera digestión. Recuerdo perfectamente lo que tomamos Paco yo: bistec con patatas fritas, pan blanco y fruta; y recuerdo perfectamente también el malestar y el ahogo que nos produjeron. Ocupábamos el mismo cuarto y tuvimos que abrir la ventana para recibir el alivio del aire fresco.

Al Padre se le hincharon las manos de forma alarmante y comenzó a sufrir fuertes dolores. Juan se preocupó: pensó que aquello podía ser el comienzo de un ataque reumático, como el que había padecido en Madrid. Al reconocerle descubrió que la inflamación se debía a la infinidad de espinas que tenía clavadas en la piel. Al escalar los montes se había ido agarrando a los matorrales, llenos de zarzas con espinas, y no nos había dicho nada para no preocuparnos, y para que no tratáramos de ayudarle. Hasta en aquellos momentos críticos había querido vivir el Padre lo que siempre nos enseñaba: non veni ministrari sed ministrare, no he venido a ser servido sino a servir.

Juan le fue sacando las espinas, una por una, y a la mañana siguiente estaba mucho mejor y pudimos regresar todos a Andorra La Vella para la Santa Misa. Por primera vez, después de casi un año, el Padre pudo volver a celebrar el Santo Sacrificio con ornamentos sagrados, en la capilla que unos monjes benedictinos de Monserrat, huidos de Cataluña, habían instalado en la planta baja de una casa, cerca del hotel. Antes de comenzar nos pidió que encomendásemos a los que se habían quedado en Madrid; y supongo que ese día celebró la Santa Misa por ellos.

Nuestro plan era irnos lo antes posible de Andorra, porque los salvoconductos que nos había extendido la Gendarmería francesa como "refugiados políticos" eran válidos solamente por cuarenta y ocho horas: lo indispensable para poder llegar hasta la frontera española de Irún. Pero, apenas llegamos a la capital del Principado empezó a caer una fuerte nevada, que gracias a Dios no nos sorprendió caminando por el Pirineo, y Andorra se quedó totalmente incomunicada. Habían cerrado el puerto de Envalira consecuencia de la nieve, y naturalmente, en esas condiciones no podíamos dirigirnos a Francia.

Fue pasando el tiempo y las máquinas quitanieves no llegaban : un día, otro, otro... Barajamos entonces la posibilidad de conseguirnos unas raquetas que nos permitieran caminar sobre la nieve, pero el proyecto no cuajó. Además, el coronel Boulard, que se alojaba en nuestro hotel, y estaba al mando del destacamento que Francia había enviado a Andorra para defender el pequeño Principado de las incursiones de los milicianos españoles, nos prohibió tajantemente que intentáramos pasar la frontera en medio de aquella nevada.

Sin embargo los días pasaban, la carretera seguía bloqueada por la nieve y los partes meteorológicos no eran nada optimistas. Y Monsieur le Colonel, un hombre grueso y corpulento, que trató muy bien al Padre cuando supo que era sacerdote, seguía en sus trece: no nos dejaba partir. Al cabo de ocho días, después de insistir mucho al Coronel, nos dejó, bajo nuestra responsabilidad, encaminarnos a pie hasta Francia. No nos pareció mala solución: al fin y al cabo estábamos ya familiarizados con el Pirineo; y, además, teníamos una razón poderosísima para hacerlo: no nos quedaba dinero para continuar pagando el hotel.

El día 10 de diciembre de 1937, después de asistir a la Misa que celebró el Padre en la parroquia de Andorra la Vella, salimos lo más temprano que pudimos acompañados de la casi totalidad de la expedición que había atravesado la frontera con nosotros. Una parte del camino pudimos recorrerla en un camión de asientos improvisados, con las ruedas bien pertrechadas con cadenas. Después atravesamos a pie el caserío de Encamp porque el camión no pudo pasar más arriba de Soldeu. Desde allí tuvimos que seguir a pie unos quince kilómetros, hundiéndonos en la nieve hasta más arriba de las rodillas. El paisaje era espléndido.

Al principio, la marcha parecía sencilla, sobre todo en comparación con los días anteriores. Pero al poco tiempo se fue esfumando nuestro entusiasmo, sobre todo cuando empezamos a notar que se nos helaban lo pies, porque caminábamos con las mismas alpargatas que habíamos usado durante la travesía. El Padre tenía las botas destrozadas y no habíamos podido comprar otro calzado por falta de dinero. Para protegernos un poco de la nieve, nos envolvíamos de vez en cuando los pies con papeles de periódico, hasta que se convertían, a causa de la humedad, en una pasta inservible.

En estas penosas circunstancias subimos el puerto de Envalira, a 2.400 metros de altitud, y continuamos andando por la carretera hasta el refugio, al que llegamos después de las once de la mañana. A las doce reanudamos la marcha hasta el Pas de la Casa, un puesto veraniego de la aduana francesa, donde nos acomodamos todos los que formábamos parte de la expedición -unas veinticinco personas- en un autobús de catorce plazas. De ese modo, apretujados y cansados, llegamos a L'Hospitalet, el primer pueblo de Francia.

Allí los trámites se prolongaron desde las dos hasta las cinco de la tarde. A esa hora tomamos el taxi que nos estaba esperando: un viejo Citroën de alquiler que nos habían enviado unos amigos de José María y que nos hubiera recogido en Les Escaldes si la nieve lo hubiera permitido. Nos acurrucamos los ocho los dentro del vehículo, que era relativamente grande, y así, prensados como sardinas y ateridos de frío, iniciamos nuestro recorrido sobre suelo francés.

 

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