De nuevo en marcha

Sin embargo, a pesar del esfuerzo del Padre por tenernos ocupados durante toda la jornada, conforme iban pasando los días iba creciendo nuestra impaciencia interior por reemprender la marcha hacia la frontera. Finalmente llegó el día esperado; y, al menos a mí, me pilló totalmente desprevenido. Estábamos esperando que Pere nos trajera la comida de la tarde, cuando el día 27 de noviembre se presentó sin ella, y nos dijo que había que ponerse inmediatamente en marcha. Recogimos nuestras cosas a toda prisa y nos encaminamos hacia el norte. Pere nos acompañó todavía como un par de horas en este recorrido.

Hicimos un alto, ya de noche, para aguardar a otros que debían incorporarse a nuestra expedición. "Mientras esperábamos -recuerda Juan-, el Padre se encontró otra vez asaltado por sus vacilaciones y se mostró decidido a volver atrás. (...) Aquello era una nueva prueba. No veía lo que tenía que hacer, como si de pronto se sintiera abandonado, como si le faltara la ayuda sobrenatural, como si fuera una prueba permitida por Dios, que le exigía un tremendo esfuerzo para imponerse a su preocupación momentánea y seguir a contrapelo. Me entró pánico, pensando que pudiera ser una decisión terminante. Sin vacilar, le cogí del brazo, dispuesto a no dejar que volviera".

Por fin, llegó el grupo que esperábamos, y Pere se despidió de nosotros:

-¡Dios quiera que tengan buena suerte!

A Pere le relevó un hombre pequeño y hablador, conocido por el Mora, que nos condujo hasta una cueva en el Corb, a unos dos kilómetros al norte de Peramola. Allí nos encontramos con un nuevo guía, que nos dijo que se llamaba Antonio, aunque después nos reveló su verdadero nombre: José Cirera.

Este nuevo guía "era un contrabandista autoritario, infatigable y audaz, como poco a poco fuimos comprobando", recuerda Juan. "Avanzamos hasta el interior de la cueva y cuando estábamos en lo más profundo, a la luz de una vela, nos dijo con voz enérgica:

-Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno. Y no hablar: no quiero nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo se lo diré a los primeros de la fila, y os lo iréis diciendo unos a otros. Que nadie se pare ni se detenga. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará en el camino. Si alguno quiere acompañarle, se quedará también".

La escena fue tétrica. A continuación salimos todos de la cueva, en medio de la noche, tras el guía, que era joven y fuerte como un gamo, por un camino muy empinado entre una vegetación de encinas y pinos. Parecía que Dios le había dado una anatomía especialmente diseñada para trepar riscos con una agilidad sorprendente. Pronto se ganó un merecido prestigio de líder; un prestigio que residía fundamentalmente en sus piernas y en un mutismo desproporcionadamente obstinado para su edad.

A partir de entonces, poco a poco, fue formándose una larga fila de fugitivos que se iba engrosando en cada encrucijada, de modo semejante a como los riachuelos van confluyendo en la corriente hasta formar un río. De ese modo, nuestro reducido grupo inicial se había convertido en una larga hilera humana. En ella el Padre caminaba inmediatamente detrás de Antonio y casi a continuación iba José María. Desde mi puesto de atrás advertí poco después que el Padre había hecho amistad muy pronto con nuestro joven guía. Comprobé de nuevo que nadie se resistía a su simpatía y don de gentes.

A partir de ese momento perdí la noción del tiempo, hasta en su relación con los días y las noches. No sabría cómo explicarlo; fue una sensación semejante, pero infinitamente más angustiosa y radical, a la que se experimenta cuando se hace por primera vez un vuelo transoceánico de varios días. Contribuyó a esa confusión el hecho de que solíamos caminar de noche, para que no nos descubrieran, y descansábamos durante las horas más luminosas del día, en algún lugar de confianza para los guías. Pero esto fue muy relativo, porque hubo bastantes excepciones. Además, ninguno llevábamos reloj, salvo Manolo, y no hubo comidas que marcaran las etapas de cada jornada. El resultado es que acabé perdiendo el sentido del tiempo; no sabía en qué día estábamos, ni qué hora era; las caminatas nocturnas me parecían interminables; y el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino, porque nunca seguíamos propiamente una senda de montaña: no hacíamos más que trepar y trepar riscos, y abrirnos paso, a duras penas, entre la maleza del bosque.

A veces veíamos centellear las luces de un pueblecito en el fondo del valle, y preguntábamos al guía cómo se llamaban. Pero fuimos comprobando que nos decía siempre los nombres invariablemente cambiados, como medida de seguridad y para evitar cualquier delación.

Al fin, después de una larguísima caminata, llegamos a una profunda hondonada en el barranco de la Ribalera, en la escarpadura de una montaña de rocas rojizas. Allí, antes de ponernos a descansar, el Padre dijo que quería celebrar la Santa Misa. El lugar elegido no fue dentro de la hondonada, sino cerca de ella, al aire libre, un poco más abajo de una pequeña cascada originada por las filtraciones de la montaña.

Durante el trayecto de la noche anterior habíamos oído algunas blasfemias, porque dentro del grupo, además de unos veinte mozos catalanes, había gente de todo tipo y no faltaban algunos contrabandistas. A pesar de todo, el Padre quiso que se corriera la voz de que era sacerdote y se dispuso a celebrar la Santa Misa. La caravana no era muy numerosa todavía; pero, como poco, asistieron a Misa unas veinte personas que, con toda seguridad, no lo habrían podido hacer desde el comienzo de la guerra. Todos estuvieron muy respetuosos.

Nunca podré olvidar aquella Misa. Como no había ninguna peña suficientemente alta que pudiera servir de mesa de altar, el Padre tuvo que celebrar el Santo Sacrificio permaneciendo de rodillas durante todo el tiempo, delante de una piedra no demasiado alta, pero suficientemente plana. Pese al cansancio y a lo singular de las circunstancias, celebró la Misa con gran unción, contagiando a los demás su piedad y recogimiento. Dos de nosotros tuvimos que estar también de rodillas durante todo el tiempo sujetando los corporales para no el viento no se llevara ninguna forma. Nuestro guía lo observaba todo a una respetuosa distancia, semioculto entre los árboles.

Me fijé de un modo especial en la devoción con la que oyó Misa un muchacho catalán de aspecto universitario. Se llamaba Antonio Dalmases, y más tarde hicimos amistad con él. "Sobre una roca y arrodillado -escribió entonces Antonio en su diario- casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el sacerdote es un santo.

La Sagrada Comunión es conmovedora: como casi no podemos movernos hay dificultad para administrarla y esto que estamos todos agrupados en torno al altar. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Uno tiene el pantalón roto y enseña toda la pierna. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas, y sobre todo está Dios entre nosotros".

Después de este descanso de pocas horas, reanudamos la marcha a media tarde, todavía con luz. Tras una prolongada escalada, vino una subida más suave, pero prolongada, casi en altiplano; finalmente, otra subida fatigosa hasta coronar el Aubens.

Las fuerzas comenzaban a flaquear y José María y Tomás estuvieron a punto de quedar extenuados. "La pendiente era grande -recuerda Juan- y en algunos momentos sólo se podía andar trepando por las piedras. Apenas empezar este tramo Tomás Alvira se cayó desvanecido. Estaba en tal estado de agotamiento que pensaba que no podría llegar al final. Intentamos reanimarlo. Pero en un determinado momento el jefe dio la orden de seguir porque había que alcanzar la cumbre antes del anochecer. Ordenó que a Tomás lo dejáramos allí. Era una decisión brutal y no estábamos dispuestos a aceptarla, pero Tomás no se sentía con fuerzas para nada. Entonces el Padre tomó al guía del brazo, habló unos minutos con él y dijo:

-Tomás, no hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final".

Ahora, desde la perpectiva de los años, comprendo que si José María y Tomás lograron superar su agotamiento fue porque Dios quiso y porque el Padre actuó con una impresionante caridad y fortaleza. En ambos casos el Padre les ayudó con gran cariño y habló con nuestro guía a solas. El viento nos permitió oír algunas de sus palabras, que fueron más o menos las siguientes, cuando se refería a José María: Piense, Antonio, que se trata de un hombre muy valioso, de un verdadero sabio de fama internacional, que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer; usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos y podrá seguir caminando normalmente; usted tendrá la satisfacción el día de mañana de haber salvado la vida de un hombre excepcional... Increíblemente, nuestro inflexible guía cedió y, en un caso y otro, siguieron adelante.

A partir de entonces varios de nuestro grupo fuimos turnándonos para ayudar a José María, que llegó a estar inmóvil, inexpresivamente sonriente y enajenado: debió sufrir una especie de mal de montaña. Si le dábamos la mano seguía caminando, pero muy lentamente; en cuanto lo soltábamos, se detenía de nuevo, sin reaccionar ante nuestras palabras. Parecía no oír.

Nos sorprendió que fueran precisamente Albareda y Alvira quienes experimentasen ese tremendo agotamiento. El primero, por su condición de edafólogo, estaba habituado a trepar por los montes, y a hacer caminatas y excursiones científicas; el segundo era uno de los más jóvenes del grupo. Pero los meses de hambre en Madrid y en Barcelona, respectivamente, habían dejado en ellos su huella y su deterioro.

La subida al monte Aubens fue una de las jornadas más duras. Durante todo el recorrido Juan iba siguiendo muy de cerca al Padre. Todos teníamos la convicción -y Juan de modo especial- de que nuestra principal misión, en aquellos momentos críticos, era velar por su vida: salvándole asegurábamos la continuidad de la Obra, que era la Voluntad de Dios. Esta idea la teníamos bien clara, sin necesidad de que nadie nos la hubiera explicado. Afortunadamente, el Padre coronó el monte Aubens y las otras etapas con una energía sorprendente. Rechazaba sistemáticamente el vino azucarado que le ofrecía Juan, argumentando que otros lo necesitaban más que él; aunque cuando accedía Juan apretaba tanto la bota que forzosamente tenía que tomar más de lo que deseaba.

La bajada del monte Aubens, por la vertiente norte, fue menos costosa, pero muy accidentada. No hacíamos más que atravesar bosques de pinos y descender rápidamente entre los riscos. Alguno rodó por el suelo, pero no pasó nada. Acabamos de bajar el monte muy avanzada la noche, y después de atravesar una carretera con grandes precauciones, nos detuvimos para descansar en una casa a la altura de Aubás; era una masía grande y con corrales para caballería de tiro.

Por aquel entonces la caravana de prófugos era ya muy numerosa; se habían ido sumando nuevos grupos de gentes, sobre todo de campesinos, y se habían multiplicado también, desgraciadamente, las palabrotas y las blasfemias. La vieja superstición, tan arraigada entre labriegos y carreteros, de que los animales solamente obedecen a base de blasfemias, había aumentado sensiblemente en un largo año de revolución antirreligiosa. Esta fue la causa por la que el Padre, en vista de la situación, decidiese consumir las Sagradas Formas.

Pasamos todo el día 29 de noviembre en Casa Fenollet, escondidos en uno de los corrales de ganado. Se ocupaba de la casa una señora -la "mestresa"- junto con otras mujeres, entre las que se encontraba una monja que se había refugiado allí. Llegamos completamente rendidos y me quedé dormido enseguida. Sin embargo, una de las veces en las que me desperté, por una causa o por otra, advertí que el Padre no estaba durmiendo. Esto me enojó interiormente: pensé para mis adentros que si él no aprovechaba esas horas de descanso luego no podría resistir.

Me enteré más tarde que a media mañana, mientras yo dormía profundamente, habíamos atravesado una situación de gran peligro. "Se presentaron en la casa dos milicianos -recuerda Juan-, preguntando si habían visto gente. Andaban recorriendo aquel camino a la caza de fugitivos. La mestresa -en un alarde de serenidad- les convenció de que estaba dispuesta a colaborar con ellos en la persecución de facciosos, mientras les servía unos buenos vasos de vino y unas tajadas de pernil. Y cuando acabaron su almuerzo, se marcharon sin investigar más".

Tras hacer algunos remiendos de urgencia en la ropa de algunos, aquellas mujeres nos dieron al medio día la única comida realmente nutritiva de toda la travesía: carne de carnero con alubias. A las seis reanudamos nuestro camino y el Padre nos aconsejó, para ganar en agilidad, que nos despojáramos de todo lo que tuviéramos que cargar sobre nuestras espaldas. Ya en la subida del monte Aubens habíamos tenido que arrojar algunas cosas para aligerar el peso, pero entonces fue la liquidación total: hasta los zapatos de Manolo se quedaron en el corral.

Al salir nos advirtieron que, en lo sucesivo, no podrían proporcionarnos más alimentos; y me parece que fue entonces cuando los guías nos proporcionaron un queso fresco y un trozo de hogaza por todo avituallamiento. Nos dijeron que aquello nos debía servir para unas ocho raciones; es decir hasta llegar a Andorra. Me resulta humillante el hecho de recordar todavía perfectamente aquel queso: era redondo y blanco, y tendría a lo sumo unos doce centímetros de diámetro por otros cuatro de grueso. Tras subir una montaña, en un pequeño altiplano, mientras descansábamos unos minutos, Manolo comenzó a bromear sobre el queso; y con gran asombro de mi parte, sacó una regla de cálculo de su bolsillo y comenzó a calcular, entre bromas y veras -utilizando el número pi-, qué sector circular de queso correspondía a cada comida que nos faltaba hacer. Mientras el Padre acogía el comentario con buen humor, Paco y yo -ciertamente con un humor bastante menos bueno-, reaccionamos en contra de las matemáticas de Manolo y engullimos el queso y la hogaza de una vez por todas; nuestra hambre nos llevó a considerar que era mejor conservar esos alimentos en el estómago que transportar su exiguo peso en la mochila...

En contraste con nuestro minúsculo queso y nuestro escueto trozo de pan, Antonio Dalmases venía bastante bien provisto. Llevaba, entre otros víveres, una fiambrera repleta exclusivamente de apetitosos muslos de pollo asados. Aún no sabíamos su nombre, y el Padre comentó, con cariño y buen humor, que era un muchacho inteligente: había descubierto una nueva especie de animal, cruce de ave de corral y miriápodo: el pollo-ciempiés. Desde entonces nos referíamos a él, de broma, con el apelativo "el chico del ciempiés".

Cuando comenzó a oscurecer reanudamos la marcha, esta vez de bajada. Cruzamos un río y nos acercamos a una carretera. Nos advirtieron que había que extremar la prudencia y no hacer ruido con los pies al caminar, o con los bastones que nos habíamos hecho con ramas de árboles. Teníamos que coronar dos montes -Santa Fe y Ares- de unos 1200 y 1500 metros de altitud respectivamente; y entre un monte y otro había un valle enclavado a 700 metros. Atravesar aquel valle era bastante peligroso, porque según nuestro guía los perros de las masías podían dar la alarma a los milicianos de Orgañá. Esto es lo que había sucedido poco tiempo antes y los milicianos habían recibido a tiros a los fugitivos.

Superamos estos dos montes; después, ya no me acuerdo de nada con precisión; sólo guardo la imagen de unos treinta hombres encorvados, caminando en hilera, sin apoyar los bastones en el suelo, componiendo una escena casi irreal. Luego, los recuerdos se agolpan. En una ocasión, recuerda Juan, cruzamos una carretera y nos deslumbraron las luces de un coche. "El susto nos dejó paralizados -anota- pero los guías, inalterables, se limitaron a decir que si nos enfocaban otra vez, eso es lo que había que hacer: quedarse quietos y en silencio".

-No pasa nada -dijeron, con gran seguridad-. No pueden vernos.

A continuación vino lo duro: tuvimos que atravesar infinidad de ríos; luego me enteré que era siempre el mismo, el Arabell: lo cruzábamos y lo volvíamos a cruzar; a ratos, caminábamos dentro del agua; otros, cerca de la ribera. Entonces comprobamos que las botas que Juan le había conseguido al Padre eran un auténtico timo. Le habían asegurado que eran impermeables y entraba el agua como si fueran un colador; con el inconveniente, además, de que tardaban mucho en secar. El Padre anduvo por lo menos dos días con los pies totalmente mojados.

Al amanecer del día 1 de diciembre acampamos al fin, totalmente empapados y ateridos de frío. Apenas salió el sol y amenazaba ya una nevada. Pasamos el día entero entre los matorrales y las piedras, completamente mojados, sin podernos mover para no llamar la atención, en un suelo húmedo y resbaladizo. Por la noche oímos batir unos tambores que delataban la proximidad de fuerzas armadas de carabineros o milicianos y nos inquietamos. Pero en aquellos momentos -por lo menos a mí-, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos, y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días. Aunque estaba totalmente obnubilado por el cansancio me pregunté que, si yo estaba así, cómo estaría el Padre. Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle.

Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo.

Durante los prolongados ascensos de los montes, cada uno procuraba ir recitando el Santo Rosario, al menos con el corazón; así nos lo había enseñado el Padre. Nuestra respiración jadeante se iba alternando con el rezo de los Padrenuestros, las Avemarías y las Letanías. Llevábamos mentalmente la cuenta de las decenas -las manos no daban abasto para apoyarse en el bastón y agarrarse al terreno-, pero perdíamos fácilmente la cuenta y acabábamos rezando misterios de veinte o treinta Avemarías. Entonces me sucedió un curioso fenómeno, que es un ejemplo palpable del cansancio físico y de la fatiga mental que nos provocaba el hecho de estar constantemente escudriñando el suelo en la más absoluta oscuridad. Durante una de las últimas tertulias que tuvimos en la cabaña, el Padre nos había cantado, para entretenernos, un ingenuo y candoroso villancico que solían cantar durante las Navidades las buenas religiosas de clausura de Santa Isabel, el Patronato del que el Padre era Rector, y que decía así:

Qué Niño tan bonito
que tiene San José
cada vez que lo miro
me pasa no sé qué...
¡ay, ay, ay!...
¡me pasa no sé qué...!

Sorprendentemente, esta letra ingenua y esta tonada de ritmo infantil, llegaron a formar parte inseparable de mi fatigosa respiración durante horas y horas: "cada vez que lo miro, cada vez que lo miro...". Repetí tanto tiempo esta tonada y se me grabaron estos versos tan profundamente en la memoria, que estoy seguro que me olvidaría antes de mi propio nombre que del villancico de las monjas Agustinas del Patronato de Santa Isabel...

Otro fenómeno fruto del cansancio, fue que, de vez en cuando, aunque no hubiera realmente ningún pueblecito de luces centelleantes en el valle, las veíamos brillar en la lejanía, como un extraño espejismo en la oscuridad...

Aquella tarde, después de todo un día de frío, antes de emprender la marcha, cayeron algunos copos de nieve. Y sin haber podido descansar, reanudamos el camino hacia el Norte.

Luego, entre todos, hemos recordado diversos sucesos de esa parte de la travesía. Hubo un momento crítico, junto al barranco de Civis. El guía nos avisó de que una patrulla andaba rondando por el camino: había oído claramente sus pasos. Hizo correr la voz:

-Mucho silencio y que nadie se mueva.

Y desapareció para investigar. Estábamos en un sitio húmedo, calados hasta los huesos, y así estuvimos durante dos horas, luchando contra el cansancio, el frío y el sueño. Alguno se quedó dormido de pie. Cuando regresaron los guías nos dijeron que cuando la patrulla se alejara del punto elegido para cruzar el camino, debíamos echar a correr a toda velocidad y ganar altura en la subida al paso de Cabra Morta, situado más allá del río.

Esperamos en silencio. Pasó la patrulla, y cuando el guía estuvo seguro de que se habían alejado lo suficiente, empezamos a correr monte arriba, a toda prisa, agarrándonos donde podíamos, pinchándonos con los abundantes espinos. A continuación, tras superar un alto desnivel sobre el río, cruzamos un cortado, rodeamos un pico y subimos casi hasta la cumbre por un terreno descampado. El terreno era tan accidentado que los guías nos aseguraron más tarde que la mayor parte de la gente no se hubiese atrevido a pasarlo durante el día por miedo a caerse. De pronto, paramos en medio de un bosque. Entonces el guía nos dijo que nos ocultáramos:

-Uno debajo de cada árbol, sin moverse, y mucho silencio.

Aquella parada, en medio de un silencio absoluto, se me hizo interminable. Se veía la luz de una casa y el resplandor de una hoguera. Pensamos que estaba cerca una patrulla.

Muchas de estas cosas las había olvidado. Pero luego hemos reconstruido entre varios estos hechos, y Juan -que volvió con uno de los guías a aquellos lugares muchos años más tarde- recuerda que pasamos cerca de una casa, la borda de Llusià, que tenía una luz encendida: debía de ser una lámpara de carburo. Al apercibirse de nuestra presencia unos perros comenzaron a ladrar ruidosamente. Nos asustamos mucho, pero los guías no hicieron caso. Luego cruzamos el arroyo de Argolell y escuchamos, sobresaltados, unos tiros de fusil. "Se habían dado cuenta tarde -recuerda Juan-; quizá les parecía que estábamos todavía por la subida y querían batir la cola de la expedición, pero ya no estábamos a su alcance". Cruzamos por delante de Más d'Alins, cuando, ya de noche cerrada, los guías nos dijeron que habíamos pasado la frontera: ¡ya estábamos en Andorra!

El Padre rezó una oración. Yo tardé cierto tiempo en reaccionar y darme cuenta de que todo había pasado. Quizá fuese la misma alegría la que me impedía creérmelo del todo. Los guías nos señalaron la dirección que debíamos seguir y desaparecieron.

Esperamos a que amaneciera y comenzamos a andar. Me convencí realmente de que ya estábamos en Andorra cuando apareció ante nuestra vista, en el valle, un hermoso pueblecito, Sant Julià de Lória. Era el día 2 de diciembre de 1937.

 

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