Una rosa

Dormí profundamente; no creo que otros lo hicieran. Cuando me desperté a la mañana siguiente, el Padre y algunos más ya habían salido del horno y deambulaban por la casa. ¿Qué habrá pasado? -me pregunté-, ¿qué irá a pasar? Salí y encontré al Padre con un rostro radiante de alegría y de paz. Aun entendí menos que la noche anterior.

Paco me contó entonces que en aquellos momentos de duda el Padre se había acogido a la intercesión de la Virgen, pidiéndole una señal clara e indudable -¡una rosa!- como signo de que debía proseguir adelante; algo, en definitiva, que le confirmara en su decisión y le confortara en aquellos momentos de dolorosa incertidumbre. Era algo que no hacía nunca, porque no buscaba lo extraordinario: fue una moción de Dios. Y al entrar en la iglesia destrozada que estaba cerca del horno en el que habíamos dormido, había visto en el suelo el brillo de una rosa de madera estofada.

Esa rosa, proveniente de uno de los retablos de la iglesia que habían sido quemados por los milicianos -probablemente del altar de la Virgen del Rosario-, le confirmaba que debía seguir adelante.

Es una rosa de madera dorada -explicaría el Padre años más tarde- sin ninguna importancia. Allí, cerca del Pirineo catalán, la tuve por vez primera entre las manos. Fue un regalo de la Virgen, por quien nos vienen todas las cosas buenas.

Hablaría poco en el futuro sobre esta rosa: en parte por humildad -era el protagonista de aquellas gracias de Dios- y en parte porque no era nada amigo de milagrerías: No olvidéis, hijos míos -nos decía siempre-, que lo sobrenatural para nosotros se encuentra en lo ordinario.

Reconozco que debería deplorar haberme dormido tan profundamente durante aquella noche; pero, si he de ser sincero, más bien me alegro. Siempre que he visto acercarse lo sobrenatural, lo extraordinario, en la vida de nuestro Fundador he sentido un temor especial que me ha turbado demasiado.

Doy gracias a Nuestra Señora de todo corazón porque aquella noche le confirmase al Padre en el camino que debía seguir y le hiciese superar aquellas amargas incertidumbres; porque así como nunca había visto al Padre tan afligido como aquella noche, tampoco lo vi nunca tan gozoso como aquella mañana.

 

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