Una contraseña

Un día nos dijeron -¡por fin!- que ya podíamos partir y concluyeron aquellos días de impaciente espera en Barcelona. La alegría que experimenté al saber que ya podíamos ponernos en marcha debió ser tan grande que no me acuerdo de nada: sólo logro recordar que poco después de darnos la noticia, el 19 de noviembre, nos encontrábamos ya en el autobús de línea que hacía el recorrido entre Barcelona y Seo de Urgel.

Nos distribuimos discretamente dentro del vehículo formando dos grupos. En los asientos de delante iba el Padre con Juan y José María. En la parte de atrás nos acomodamos Paco, Miguel y yo. Habíamos convenido que los otros dos que faltaban, Tomás y Manolo, se unieran con nosotros un par de días después para no despertar sospechas.

El Padre llevaba unos pantalones de pana color café ceñidos a los tobillos, un jersey de lana o algodón azul marino de cuello alto y una boina negra; y unas botas de badana color castaño, con suelas de goma, que Juan le había conseguido y que parecían -sólo eso, parecían- muy apropiadas para trepar por los montes. Paco y Miguel iban con los pantalones y camisas caqui del Ejército que les había proporcionado yo, valiéndome de un procedimiento que será mejor silenciar; y el que esto escribe llevaba el mono gris de siempre con numerosos bolsillos. Los intermediarios de los guías nos habían aconsejado que lleváramos dos pares de alpargatas cada uno; así lo hicimos, a excepción de José María, que ya para entonces usaba unas botas de excursión, que llamábamos de "suela de tocino".

Apenas llevábamos equipaje: sólo unas mochilas o macutos de soldado. Me dí cuenta entonces que lo que los hombres consideramos "imprescindible" puede reducirse en ocasiones a tan poca cosa, que llega a ser prácticamente nada. Entre los pocos objetos que había dentro de las mochilas, estaba lo necesario para que el Padre pudiera celebrar la Santa Misa: unos pequeños corporales, varios purificadores, un vasito de cristal, una botellita con vino de Misa, y el "misal" manuscrito. El Padre, con el cuidado sumo para los detalles que le caracterizaba, y muy especialmente en todo lo que se refería a la Sagrada Eucaristía, lo había preparado todo personalmente, supliendo con amor la penuria de medios. En el bolsillo de la camisa, bajo el jersey azul, llevaba el Santísimo dentro de una pitillera de plata.

Juan había tenido en cuenta que casi ninguno de nosotros estaba en condiciones físicas para afrontar la larga caminata que nos esperaba y había previsto los remedios oportunos. Le preocupaba especialmente el Padre: temíamos todos que la humedad y el frío del Pirineo -máxime cuando ya estaba avanzado el mes de noviembre- pudieran ocasionarle una recaída de su reuma. Para eso, en previsión de que sufriera un shock de agotamiento o algo parecido, Juan llevaba una bota de vino que contenía tanto azúcar como vino: como buen fisiólogo, sabía que un trago de aquel vino tan azucarado podría hacerle reaccionar en un momento de desfallecimiento general.

Convinimos en no apearnos todos en el mismo lugar. La carretera que conduce a Seo de Urgel estaba próxima a la zona fronteriza, y por la documentación que llevaban y la edad que representaban, era probable que el Padre, Juan y José María pudieran pasar el control de policía y carabineros que había antes de llegar a Oliana. Era más prudente por lo tanto que los que estábamos visiblemente en edad militar -Paco, Miguel y yo-, nos bajáramos antes de ese control. Así que nos apeamos del autobús en Sanahuja, bastante antes de Pons y de Oliana.

Se había convenido que allí nos estaría esperando un guía y que uno de nosotros debía decirle, como contraseña, la palabra "Pallarés", llevando un periódico enrollado en la mano.

En el lugar de la carretera donde paró el autobús se encontraban varias personas. Empezamos a indagar. Nuestro santo y seña era perfecto; pero no sé por qué razón me arrogué la misión de llevar el periódico y de pronunciar la dichosa palabrita, sin tener en cuenta que cuando estoy nervioso, suelo tartamudear y me cuesta la pronunciación de las palabras que comienzan por consonante labial. Lo intenté varias veces: Pa... Pa... Pa..., pero el mágico "Pallarés" no salía de mi boca. Al fin logré pronunciarlo y como por ensalmo, pasó junto a nosotros un sujeto pelirrojo que nos dijo sin mirarnos:

-¡Seguíume!

Fuimos siguiéndole a una distancia discreta hasta que, ya lejos del puente y entre arbustos, trató de comunicarse con nosotros. No fue cosa fácil: aquel sujeto, que debía ser contrabandista de profesión, era italiano y no hablaba ni castellano ni francés; tampoco creo que hablara propiamente italiano, sino un dialecto meridional; y por añadidura estaba pasado de copas. Paco logró finalmente entenderse con él en un catalán muy defectuoso por ambas partes.

Comenzamos a andar a través de los montes. Y he de confesar que nuestro debut montañero no fue muy alentador; fue, hablando claro, un verdadero desastre: el guía italiano se perdió a media noche y nos estuvo llevando de un sitio para otro. Así fueron pasando las horas: cinco, seis, siete... Paco le ayudaba una y otra vez a orientarse, indicándole por dónde se había puesto el sol. A las doce horas de camino estábamos exhaustos, con el guía perdido, y sin otra solución que seguir andando. Si seguimos caminando, sin detenernos, más de veinticuatro horas, fue gracias a Paco, que mantuvo alta la moral en todo momento, tratándonos con fortaleza y energía, como un capitán a su tropa. Al fin, totalmente extenuados, llegamos a nuestro destino: un pajar cercano a Peramola.

Allí nos estaban esperando un labriego catalán, ya maduro, y un muchachito de unos doce o catorce años. Nos entregaron una carta del Padre, que nos había escrito poco antes: en esa carta nos decía que habían pasado sin problemas el control de Oliana y que, tras cruzar el río Segre, habían llegado a pie hasta aquel pajar, del que se habían marchado pocas horas antes. Nos contaba también que nos encontraríamos enseguida, y nos pedía que hiciéramos un retrato a lápiz a aquel simpático muchacho, dejándoselo como recuerdo. Como se ve, hasta en los momentos más críticos, el Padre estaba pendiente de vivir la caridad con todos y de manifestar su gratitud con algún detalle. En el pajar comimos con gran apetito, cumplimos el encargo del Padre y dormimos un par de horas tumbados en la paja, a pesar de que unas ratas -a las que no nos habían presentado- se tomaron enseguida una confianza inusitada con nosotros y se paseaban a nuestro lado como si nos conocieran de toda la vida.

Nos despertaron con los cuerpos aún entumecidos por la terrible caminata, con una mezcla extraña de sueño, cansancio y el asco de las ratas; y, sacando fuerzas de flaqueza, continuamos andando tres horas, más o menos, por el monte, hasta llegar a una masía típicamente catalana. Allí encontramos al Padre y a los otros dos. No recuerdo qué hora sería. Me parece que ya había celebrado la Santa Misa en una pequeña habitación de la casa y que nos dio la Comunión a los que acabábamos de incorporarnos. El Padre nos presentó a "en Pere" ("el" Pedro), un payés de unos cincuenta años, propietario de aquella masía de Vilaró, al que acompañaba toda su familia.

Mi reacciones en aquellos momentos eran torpes y desambientadas. El cansancio me había producido una obnubilación que no me permitía sentir la lógica alegría por el hecho de estar ya casi todos reunidos con el Padre, en pleno monte, en un lugar que se suponía seguro y desde donde podríamos iniciar el paso del Pirineo.

Advertí sin embargo que el Padre estaba serio, menos alegre que de costumbre; pero lo atribuí a su preocupación por los que habían quedado en Madrid, por su madre y sus hermanos. El cansancio hacía que yo no captase bien qué estaba ocurriendo a mi alrededor. Al poco de llegar a la masía todo estuvo preparado para la comida: se veía que habían estado esperándonos a los tres rezagados porque la hora era muy pasada. En mi despiste, me pareció que nos habían puesto arroz y pollo para comer, y lo festejé con entusiasmo; pero me explicaron al momento que era trigo cocido con ardilla, uno de los pocos alimentos de los que disponían aquellas pobres gentes.

Yo creía que íbamos a pasar la noche en aquella masía, pero vi que Pere hablaba con el Padre y con Juan y les decía que en aquel sitio corríamos peligro: los carabineros podían encontrarnos y debíamos trasladarnos a otro lugar en cuanto anocheciera. Me llevé un gran disgusto, no por enterarme de que seguíamos en peligro, sino por tener que seguir caminando de nuevo aquella misma tarde. Afortunadamente el lugar estaba cerca, a poco más de media hora de camino. Se trataba de una casa-ermita deshabitada y desmantelada: la iglesia y el curato de Pallerols.

Cuando llegamos a la ermita ya era noche cerrada y no me orienté bien. Ni siquiera allí nos dejaron dormir tranquilamente en una de las habitaciones, sino que nos metieron dentro de una especie de horno, cercano a la iglesia, que estaba destrozada; al menos eso fue lo que me pareció a mí aquella habitación pequeña de techo bajo y abovedado, muy ahumada, en la que, a pesar de las apariencias, cupimos todos. Nos dijeron que en ese lugar pasaríamos menos frío; pero era patente que se trataba de una excusa para tranquilizarnos a algunos. El horno tenía un ventanuco pequeño, que habían tapado con unas cuantas tablas. Pere se despidió, aconsejándonos que no abriéramos la puerta, llamara quien llamara.

Cuando estábamos todos dentro del horno, débilmente iluminados por las sombras que proyectaba una mugrienta candela que se encendió mientras nos acomodábamos en el suelo, pude vislumbrar el rostro abatido del Padre. Nunca lo había visto así. Conversaba en voz baja con Juan, como discutiendo. Yo no entendía nada. Le pregunté a Paco, que estaba más cerca de ellos, qué pasaba; Paco me explicó, con voz casi imperceptible, que el Padre pensaba que no debía abandonar a aquellos hijos suyos que habían quedado en Madrid, expuestos a toda clase de peligros. Interpreté las pocas palabras que me dijo Paco en el sentido de que el Padre dudaba en aquellos momentos cuál era la Voluntad de Dios, y tenía el corazón como dividido: por una parte veía la necesidad de llegar al otro lado, para seguir con la Obra y ejercer su ministerio; por otra, deseaba regresar a Madrid, donde algunos hijos suyos permanecían en la cárcel, o escondidos, y donde estaban su madre, su hermana, su hermano Santiago... De pronto me pareció oír decir a Juan una frase que me desconcertó todavía más:

-¡A Vd. le llevamos al otro lado, vivo o muerto!

Me quedé profundamente asombrado: nunca había oído que ninguno de nosotros le hubiera dicho al Padre algo parecido, ni que se hubiese dirigido a él en un tono que no fuera sumamente respetuoso. Me puse a rezar, nervioso y atemorizado; mientras tanto, alcancé a oír los sollozos contenidos del Padre. Aquello me entristeció profundamente. Invoqué una vez más a la Virgen y me quedé dormido, vencido por el inmenso cansancio de la caminata anterior y por aquellas extrañas emociones.

 

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