Momentos de angustia

He hablado antes de mis penalidades, y del hambre que pasaba en Barcelona. Eso servirá de punto de referencia para imaginar la situación física en que se encontraba el Padre, que no venía, como yo, del "Levante feliz", sino de un Madrid en el que había sufrido imnumerables privaciones durante los meses anteriores. Yo tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que el Padre había pasado temporadas de fiebres altas y, durante el período en que estuvo escondido en el manicomio del doctor Suils, había padecido un fortísimo ataque de reuma en todas las articulaciones que le había postrado en cama por algún tiempo. Estaba extenuado; y desde el comienzo de la guerra había perdido casi la mitad de su peso.

En Barcelona no podíamos hacer más que una sola comida al día y además muy pobre. Nuestras posibilidades sólo nos permitían ir a dos modestísimas casas de comidas que, después de varios intentos, ya teníamos bien localizadas. Una de ellos se llamaba Aguila roja y estaba en la calle Tallers: las mesas tenían mantel y los cubiertos estaban limpios, pero la comida era tan escasa que teníamos más hambre al terminar que al comenzar. Recuerdo el menú: carne de burro y mucho "frincadó amb bolets".

En el otro sitio la comida era un poco más abundante, pero la higiene y el tono humano eran muy deficientes y hasta soez. Los más jóvenes preferíamos el segundo y el Padre, por deferencia hacia nosotros, nos acompañaba gustoso, hasta que notamos que prefería el primero; a partir de entonces decidimos ir allí, donde, con su simpatía y buen humor, sabía sacar partido de esas circunstancias y hacernos la vida agradable. Para no gastar, hacíamos todos los trayectos de la ciudad a pie; nos servía también como entrenamiento para las duras caminatas que nos esperaban.

Por todas estas causas teníamos la preocupación de que el Padre, tan débil por esa prolongada desnutrición, no pudiera resistir las duras jornadas que se avecinaban y procurábamos que se fortaleciera en la medida de nuestras posibilidades. Y todo estuvo a punto de estropearse una tarde.

Sucedió lo siguiente: Manolo Sáinz de los Terreros había visto un letrero en un pequeño restaurante de las Ramblas anunciando que aquella tarde -de tal a tal hora- se serviría un producto nuevo: yogur. Juan Jiménez Vargas consideró, como médico, que valía la pena gastar un poco de dinero en aquel alimento tan sano y nutritivo. Y allí nos dirigimos.

Estábamos deleitándonos, saboreando este manjar insólito, cuando de pronto apareció la policía revisando los documentos personales mesa por mesa.

Fue un momento de pánico: caímos en la cuenta enseguida de que algunos de nuestros salvoconductos ya no estaban presentables. En medio de esta situación el Padre permaneció sereno y continuó la conversación como si tal cosa. Una vez más nuestros Angeles Custodios -devoción que el Padre nos había inculcado- nos sacaron del atolladero: nuestra mesa fue la única en la que los policías no se detuvieron; de haberlo hecho, quién sabe dónde hubiéramos ido a parar. (Y desde luego, a partir de entonces no intentamos incrementar de nuevo nuestras calorías con el yogur).

Otra de nuestras preocupaciones era la de no levantar sospechas entre los vecinos de los lugares donde nos alojábamos. Procurábamos dar la impresión de que éramos gente evacuada de su lugar de residencia, que había encontrado un trabajo estable en Barcelona. Por eso, a la hora normal de trabajo salíamos a la calle con la prisa y la naturalidad de quien va a desempeñar su tarea. ¿Qué hacíamos a partir de entonces? No nos quedaba otro remedio que caminar sin cesar por la ciudad. El Padre nos sugería ocupaciones que nos ayudaran a superar cualquier psicosis de desánimo. Como la mayoría de las iglesias estaban quemadas o cerradas, hacíamos habitualmente por la calle la oración mental, y rezábamos muchas partes del Santo Rosario, llevando la cuenta con los dedos. También nos sugirió que cuando pasáramos por delante de las iglesias sin culto -que eran todas-, hiciéramos actos de desagravio y comuniones espirituales.

Para no levantar sospechas, no acudíamos todos cada día a la Santa Misa que celebraba el Padre en la casa de Diagonal, esquina con Vía Layetana. El Padre nos daba la comunión a otra hora, en aquel mismo lugar o en la casa de República Argentina, a los que vivíamos allí; lo mismo hacía con José María y su familia. También atendía espiritualmente en Barcelona a muchas otras personas, cuyo nombre no solía decir para no comprometerlas.

A falta de otra ocupación, los que estudiábamos arquitectura nos dedicábamos a hacer apuntes y bocetos de edificios de la ciudad. En una ocasión esto causó al Padre varias horas de angustia. Fue a vernos al apartamento de República Argentina y Manolo Sáinz de los Terreros -que acababa de trasladarse también a ese piso- le dijo que "los arquitectos habíamos ido a tomar apuntes de los edificios de la antigua Exposición Internacional"...

Nosotros no sabíamos -pero el Padre sí- que algunos de esos edificios habían sido destinados a depósitos de municiones y polvorines. El Padre pensó entonces que, si nos veían tomar apuntes en aquellos lugares, fácilmente podían tomarnos como espías y detenernos. Por eso, cuando volvimos a casa después de esta inconsciente excursión, y vio que no nos había pasado nada, nos abrazó con una gran alegría. Nos dijo que había estado durante todo el tiempo rezando a la Virgen para que no nos pasara nada.

Comprendí, una vez más, que realmente nos quería con corazón de padre y de madre.

 

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