Un viejo amigo

Un día, al leer la prensa, el Padre se enteró de que estaba en Barcelona Pascual Galbe Loshuertos, un antiguo compañero de la Universidad de Zaragoza, que era Magistrado de la Audiencia de Barcelona en representación del Gobierno Autónomo de Cataluña. Fue a visitarle. Galbe era un hombre incrédulo y muy probablemente anticlerical, pero estimaba mucho al Padre, y le encontró tan cambiado que, al principio, no lo reconocía; luego lo abrazó, muy conmovido, y le dijo: "¡Qué alegría, Josemaría! ¡Cuántas veces he pensado que te habrían matado!".

El Padre le contó abiertamente que pensaba pasarse a Francia, por el Pirineo, con un grupo de jóvenes; y le pidió que, en caso de que fueran apresados, hiciera lo posible por salvarlos. "No lo hagas, Josemaría, no lo hagas", le aconsejó Galbe vivamente; "no podría hacer nada por salvarte y salvar a los tuyos; se acaba de dar la orden a los carabineros de disparar en esos casos y de no hacer prisioneros; hace un par de días sorprendieron una caravana y no ha quedado uno solo con vida".

El Padre le hizo ver sus razones. Entonces Galbe, como le tenía un gran afecto, para tratar de disuadirle, le ofreció otra posibilidad: quedarse en Barcelona trabajando con él como abogado. El Padre se negó rotundamente: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia -le explicó-, no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria para sobrevivir, sirviendo a una autoridad que persigue a mi madre la Santa Iglesia.

Al ver su actitud, Galbe le dijo que viniera otro día para seguir conversando. Cuando llegó el Padre de nuevo, le hizo pasar a un despacho, desde el que se veía una sala de Audiencias en la que estaba teniendo lugar el proceso contra unos a los que habían apresado cuando intentaban pasar al otro lado. Al acabar, dictaron la terrible sentencia:

-¡Muerte!

Al Padre aquello le impresionó vivamente; pero no cambió de parecer. Galbe, comprendió entonces que no iba a lograr convencerle y -aunque sabía que con eso ponía en peligro su propia vida y la de su familia-, le dijo que, si durante la huida lo detenían y no lo asesinaban inmediatamente, podía declarar que era pariente suyo.

A partir de entonces el Padre le encomendó con frecuencia: le estuvo siempre muy agradecido y rezaba a Dios para que le concediera la gracia de la conversión.

 

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