Hambre

Otro factor por el que aquellos días de noviembre se me hicieron eternos fue el hambre. Pasamos hambre, mucha hambre; muchísima hambre en Barcelona. No disponíamos de cartillas de racionamiento y no era prudente tratar de adquirirlas para conseguir víveres. Tampoco teníamos dinero para comprar alimentos en el mercado negro y la cantidad que había que reservar para pagar a los guías era intocable.

Para dar una idea del hambre que pasamos, baste recordar que en el piso de República Argentina donde yo vivía yo había un perro tan famélico que, en un momento de descuido, se comió el cuero de mi cinturón -sólo dejó la hebilla metálica-, unos calcetines que Paco había puesto a secar en el baño y la única pastilla de jabón de que disponíamos: un día entero estuvo soltando espuma por la boca el pobre animal.

Pero quizá la situación que más nos hacía sufrir era la de unos niños, familiares de José María Albareda, que se hospedaba en una casa de la calle República Argentina, cerca de Lesseps. Allí estaba refugiada también su madre, que se había venido a vivir a Barcelona tras las matanzas de Caspe, donde habían asesinado a su marido. Y en esa misma casa vivía la Marquesa de Embid, suegra de un hermano de José María, y dos sobrinitos de éste, que tendrían de cinco a siete años. Tanta hambre pasaba esta familia, que el mayor de los niños, a pesar de su corta edad, pasaba largas horas cada día en la cola de venta del tabaco, porque un guardia de asalto le recompensaba a cambio con un "chusco"; es decir, con una de las raciones de pan que el Ejército daba a los guardias para su comida.

Estos niños inspiraban gran ternura al Padre. Los veíamos a diario, porque la casa donde vivían estaba de paso entre el piso de la viuda de Cornet y el de República Argentina. Me dan mucha lástima, nos decía, comentando su triste situación; muestran la crueldad de las revoluciones; sus padres han tenido que huir sin poder llevárselos, y los pequeños ahora tienen que ser atendidos por sus abuelas, dos ancianas señoras enfermas, aterrorizadas por los asesinatos de sus parientes más próximos, que no pueden evitar que estos niños vivan en la calle y pasen hambre.

Nosotros poco podíamos hacer por aquellos niños: nuestro desayuno consistía en un aguachirle, que ni llegaba a ser malta, con dos o tres galletas endiabladamente saladas, que tomábamos en un bar. Pero el Padre guardaba las galletas que le correspondían para dárselas a estos niños y, cuando podía, les daba también parte de su escuálido almuerzo. Como no podía darles otra cosa, trataba de suplir con cariño las muchas carencias que sufrían estas criaturas. Entreténles un rato; juega con ellos, solía decirme. También buscaba con eso que yo me distrajera, porque se había dado cuenta que aquellos niños me hacían mucha gracia.

Una vez, para divertirlos, les dije que iba a dibujarles algo. Les pregunté que querían: ¿un perro, un automóvil, un retrato? Me pidieron unánimemente que les pintara un plato con un buen par de huevos fritos. Así lo hice; es más, añadí de mi cosecha en el dibujo unas apetitosas salchichas. Los niños daban brincos de alegría y se relamían los labios contemplando todo aquello. Entonces entró el Padre y en voz baja, para que ellos no lo oyeran, me dijo: ¿Pero no te das cuenta, hijo mío, de que es una crueldad mental dibujarles eso a estos niños hambrientos?

Además del hambre, lo que alargaba terriblemente aquellos días de Barcelona era la espera, una espera larga e incierta. No podíamos hacer nada, salvo esperar; esperar, esperar y rezar para que, un buen día, uno de aquellos misteriosos personajes -Mateo el lechero o quien fuera- nos hiciera saber que ya podíamos ponernos en camino, y hacia dónde. En más de una ocasión perdimos el contacto con esos posibles intermediarios que facilitaban la salida; sin embargo el Padre seguía teniendo plena confianza en que el Señor nos ayudaría; nos animaba continuamente y ponía los medios para que no cayéramos en una situación de nerviosismo que el ambiente propiciaba.

"Así un día y otro día", recuerda Paco. "En principio el proyecto era de estar pocos días en esta situación antes de iniciar el paso de los Pirineos. Pero las cosas comenzaron a complicarse. Por aquellos días una expedición fue detectada cuando, al encontrarse en Andorra, recién pasada la frontera, lanzaron gritos de júbilo y se descubrieron. Los carabineros pasaron a Andorra, ametrallaron, hubo muertos y heridos. Y los demás fueron hechos prisioneros. Salió en la prensa el suceso".

 

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