En Barcelona

"En la estación -recuerda Paco, evocando nuestra salida de Valencia- había un cartel que anunciaba que había desbordamiento del Ebro, y el tren sólo llegaba a Amposta. Juan dijo que no podíamos retrasar el viaje y salimos hacia las dos de la tarde. Para disimular, nos propuso hacer parte del viaje, sentados en el estribo, como milicianos veteranos.

Con la circunstancia del desbordamiento del Ebro, los servicios de vigilancia y control de pasajeros debieron de sufrir un pequeño colapso, porque no nos pidieron la documentación en todo el tiempo de la etapa previa desde Valencia. Al llegar a Amposta el tren se paró y se dio por terminado el viaje (...). Como ya era tarde nos buscamos una casa en el campo para dormir. (...) Al día siguiente, uno de noviembre, (...) atravesamos el Ebro, desbordado en una amplia zona de varios kilómetros, montados en un carrito del cual tiraba un burrito diminuto. Era poca la altura del agua. A media mañana llegamos a la otra orilla y buscamos una casa de campo, cerca de la estación, donde poder comer".

Allí nos sucedió un episodio divertido. Cuando preguntamos dónde podíamos comer nos indicaron la casa de una señora; ésta nos dijo que nos prepararía la comida, pero teníamos que atrapar primero uno de sus pollos, que tenía suelto picoteando por un campo vecino. La caza y captura del animal correspondió a Paco, que tuvo que correr de lo lindo y sudar lo suyo antes de alcanzar al bicho.

Llegamos a la Estación de Francia de Barcelona hacia las once de la noche. Era una hora demasiado tardía para caminar por la ciudad, que estaba totalmente a oscuras a causa de los ataques aéreos; y una hora también desaconsejable para entrar en las casas en las que íbamos a alojarnos. En consecuencia, Juan decidió que nos quedásemos a dormir en la propia Estación. Nos tumbamos en el suelo e intentamos conciliar el sueño. Dimos varias vueltas, buscando acomodo en las gélidas losetas, pero era imposible: no había forma de pegar ojo en aquel lugar. Hacía demasiado frío y había un trasiego constante de viajeros que iban y venían por el andén de un sitio para otro. Paco y yo decidimos pasar la noche paseando, fumándonos los últimos pitillos que nos quedaban: unos "mataquintos" de medio pelo, mucho peores aún que los que llamaban "flor de andamio", que costaban 25 céntimos el paquete...

Por la mañana, tras hacer un rato de oración, llegamos a la casa donde se alojaba el Padre. Estaba celebrando Misa. Desayunamos unas avellanas, mientras le contamos nuestras aventuras, en las que se advertía la protección palpable de Dios.

Comenzaron unos días de tensa espera que, por diversas razones, a mí se me hicieron interminables. Vivíamos distribuidos en tres grupos. Unos, en casa de doña Rafaela Caballero, viuda de Cornet; otros, como Tomás Alvira o José María Albareda, en casa de unos parientes suyos. Otros, entre los que me contaba yo, estábamos alojamos en un piso de la calle República Argentina, propiedad de unos sobrinos de la Vizcondesa de Brías, que estaba casada con el político Portela Valladares.

Fueron sucediéndose los días, y los intermediarios que organizaban las expediciones para pasar el Pirineo no acababan de fijar una fecha concreta: no hacían más que dar largas al asunto, y el tiempo pasaba y pasaba.

Y acuciaba, también: la documentación de la Dirección General de los Servicios de la Remonta que teníamos algunos, nos caducó a las pocas fechas. En la guerra sólo se concedían permisos de pocos días y, para no levantar sospechas, así lo habíamos hecho nosotros también en los oficios que habíamos redactado. Procurábamos ir subsanando esta dificultad raspando con mucho cuidado la primera o segunda cifra de la fecha, sustituyendo, por ejemplo, el uno por el dos; pero no fue fácil; y primero tuvimos que encontrar una máquina de escribir con tipos de letra parecidos, cosa que no fue nada sencilla en medio de nuestro forzoso aislamiento.

Además, el poco dinero que el Padre y los que procedían de Madrid habían podido reunir con tantos esfuerzos para hacer frente a aquella aventura, iba mermando día tras día. Porque "pasarse" costaba dinero: las personas que facilitaban la salida hacia la otra zona a través de los Pirineos no solían exponer su vida sólo por un ideal patriótico o filantrópico; exigían el pago del mejor postor, y en billetes del Banco de España que se correspondiesen con determinadas series anteriores al alzamiento militar: sabían que el Gobierno de Burgos había comunicado, por Radio Nacional, que sólo serían canjeables, al término del conflicto, determinadas emisiones anteriores a la tremenda inflación del momento. No hay que olvidar que muchos guías se dedicaban al contrabando antes de la guerra; y aunque algunos debieron de ser gente buena, lo cierto es que, en muchos casos, al contrabando habitual había sucedido éste, más humanitario quizá, pero mucho más remunerativo.

 

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