De cómo volví a desertar

En aquella prisión a la medida, siguieron sucediéndome hechos inesperados: me faltaba aún una semana para cumplir la condena cuando un buen día vino Paco a verme acompañado del mismísimo Juan Jiménez Vargas. A través de la pequeña reja de la puerta del calabozo, primero, y más tarde -gracias a la benevolencia de los carceleros-, en un rincón del patio del cuartel, me pusieron al corriente de todo: el Padre estaba intranquilo por nosotros y Juan había venido para llevarnos a Barcelona a los dos.

Las circunstancias parecían preparadas por los Angeles Custodios; el momento era sumamente favorable: Paco había sido llamado a filas y tenía que incorporarse en el Ejército precisamente el mismo día en que yo acababa mi arresto.

Sin embargo nos quedaba todavía una semana por delante. ¿Qué hacer? Decidimos por nuestra cuenta y riesgo recoger a Miguel, que estaba en Daimiel, para que se viniera también con nosotros. Trazamos el siguiente plan: Juan, utilizando los oficios sellados de la Dirección General de Servicios de la Remonta que Paco guardaba cuidadosamente en su casa, iría a Daimiel y, si encontraba a Miguel, le proporcionaría la documentación militar necesaria, vendrían a Valencia y, desde allí, saldríamos los cuatro para Barcelona.

Todo salió providencialmente bien, y el día en que cumplí mi condena, en vez de presentarme cabizbajo en las oficinas de la Dirección General -que seguía siendo mi destino militar-, reincidí; es decir, volví a desertar de nuevo, pero esta vez, en compañía: Paco desertó también. Nuestros salvoconductos nos acreditaban como soldados del arma de Caballería, destinados en servicios auxiliares, adscritos a la mencionada Dirección General, que gozaban de unos días de permiso y marchaban a Barcelona para resolver "asuntos de familia"...

 

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