De cómo deserté

 

No había transcurrido una semana todavía cuando recibí, en mi azarosa pensión, un telegrama de Barcelona. Me decían que el Padre me esperaba al día siguiente en la Ciudad Condal; venía firmado por "Mariano" o "Ricardo", no recuerdo bien. No se trataba de Ricardo Fernández Vallespín: en el lenguaje semicifrado de nuestra correspondencia de guerra denominábamos "Ricardo" a Juan Jiménez Vargas.

Ir desde Valencia a Barcelona, en aquellas circunstancias no era tarea fácil. Ni me planteé la posibilidad de obtener un permiso de la Dirección General donde estaba destinado para viajar a cualquier otra parte: era tan absurdo como imposible. Con el telegrama en la mano, Paco y yo interpretamos que lo que querían indicar aquellas lacónicas palabras era que yo debía incorporarme a la expedición que estaba a punto de cruzar la frontera.

En tales circunstancias, concluí que no era prudente dejar una pista del camino que me llevaría fuera del país. Así que decidí desertar en toda regla y me preparé para poner los pies en polvorosa sin decir a mis jefes militares oste ni moste.

Necesitaba, naturalmente, un salvoconducto. Pero, afortunadamente, eso no era problema. Dos días antes se me había ocurrido una idea luminosa y había tomado "distraídamente" varios oficios timbrados y en blanco de la Dirección General; además, aprovechando un día de guardia en que me quedé solo en las oficinas y en que -por descuido del Mayor- quedó al alcance de mi mano el poderoso sello de goma del no menos poderoso Coronel-Director, me había cuidado de sellarlos debidamente; sólo faltaba escribir en uno de ellos el texto adecuado que concediera unos días de permiso y me autorizara a trasladarme a Barcelona; con esto (y con el pequeño detalle de imitar las firmas del Mayor y del Coronel) todo quedaba resuelto.

He escrito "imitar" las firmas, porque me parece el verbo más adecuado para describir aquella acción. En tiempos normales aquello hubiese sido una falsificación en toda regla; pero aquellos tiempos eran de todo menos normales. Debo recordar al lector que estos certificados "legales" los solían extender los más pintorescos y fantasmagóricos organismos, que actuaban del modo más arbitrario. Por esa razón, cuando el ciudadano de a pie no lograba hacerse con ellos, para poderse mover -o simplemente para sobrevivir- no tenía otro remedio que intentar falsificarlos; cosa que, ciertamente, no repugnaba a mi conciencia, sobre todo al comprobar cotidianamente que los salvoconductos "auténticos" los firmaban y sellaban personas que en la mayoría de las ocasiones se habían tomado la autoridad por su propia mano.

Una vez resuelto este escollo, di a Paco los demás oficios de la Dirección General, por si acaso nos eran útiles en el futuro, y aquella misma noche Paco me acompañó a la misma estación y al mismo ferrocarril que unas fechas antes había tomado el Padre rumbo a Barcelona. Se alegraba de mi suerte y sentía también la explicable pena de quedarse solo en Valencia.

A la mañana siguiente llegué a Barcelona sin mayor dificultad; el Padre y Juan me estaban esperando en la estación. Fue todo un día lleno de emociones. Nada más llegar pude asistir a la Misa que el Padre celebró en la casa donde había logrado alojarse junto con Juan, Tomás y Manolo. Era un piso acogedor en el que vivía una señora llamada Rafaela Caballero, viuda de Cornet, con su madre, en la Diagonal, esquina Vía Layetana. Junto al dormitorio que ocupaba el Padre había una salita pequeña; allí, sobre una cómoda, se preparó lo necesario para la Santa Misa. El Padre celebró sin ornamentos -no los había, por supuesto-, pero el amoroso cumplimiento de las rúbricas, la pronunciación pausada de los textos latinos y la unción con que celebró aquella Misa, me abstrajeron de todo lo demás y me sentí, por momentos, transportado a nuestro querido oratorio de Ferraz. Fue la primera vez que le vi utilizar un pequeño "misal" manuscrito que, además del Canon, contenía los textos de la Misa votiva de la Virgen.

Entendí entonces el verdadero significado del telegrama que me habían enviado: ya habían logrado establecer contacto en Barcelona con un individuo al que llamaban "Mateo, el lechero"; me explicaron que este singular personaje iba a facilitarles el paso de la frontera a través de los Pirineos; y deseaban que yo, después de informarme bien del procedimiento para salir, me volviera a Valencia y tratara de organizar desde allí otro grupo en el que pudiéramos salir juntos algunos más.

El Padre nos recordaba que tuviéramos confianza en el Señor, que no nos abandonaría; y en aquellos tiempos tan difíciles, en los que rara vez y muy a escondidas se podían recibir los sacramentos, nos insistía en que cumpliéramos fielmente aquellos actos de nuestro plan de vida cristiana que pueden vivirse en cualquier lugar y circunstancia: oración mental, rezo del Santo Rosario y jaculatorias.

Se veía al Padre alegre y optimista, con el buen humor de siempre, convencido de que, si nos abandonábamos en el Señor y al mismo tiempo cuidábamos todos los detalles de la marcha con prudencia, las cosas saldrían bien. Pero se notaba que experimentaba un gran sufrimiento interior al pensar en los que habían quedado en Madrid.

Me informé bien de todo y, al anochecer, el Padre, Juan y yo dimos un largo paseo hasta llegar al barrio del puerto, donde estaba la estación del ferrocarril. Todavía faltaban varias horas para que saliera el tren que me llevaría a Valencia e hicimos tiempo cenando en una taberna de marineros. El ambiente era tan sórdido que los cubiertos de estaño estaban amarrados a las mesas con cadenas para que no se los llevaran.

De pronto, sobrevino un feroz bombardeo aéreo. Se apagaron las luces, sonaron las sirenas de alarma, y todo el mundo empezó a temer por su vida. En medio de aquella atmosfera de tensión, entre el estruendo de las bombas, alumbrados sólo por el tenue resplandor de una vela de sebo, el Padre comenzó a bromear conmigo, para tranquilizarme. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Perico!, me dijo, divertido, evocando mi aspecto durante mis años de Madrid, en los que iba siempre de punta en blanco, con la corbata sujeta -era la moda- por un pisacorbatas de esmalte, en forma de cochinilla. ¿Dónde está tu coccinella septempunctata?, me preguntó con humor, empleando la terminología de Linneo para designar a la cochinilla...

Realmente, quién me había visto, y quién me veía en aquellos momentos: ahora llevaba, por todo atuendo, un mono miliciano (no demasiado limpio), un cinturón del ejército y un gorro cuartelero...

Acabó el bombardeo y el Padre y Juan me acompañaron hasta la estación. Una muchedumbre bulliciosa aguardaba en el andén; muchos estaban tendidos por los suelos, esperando el tren junto a los equipajes más pintorescos: maletones inmensos, sacos de patatas, cestas con gallinas y otros animales, y todo tipo de víveres, fardos y macutos militares.

Llegó el tren. Esta vez no tuve demasiado tiempo para nostalgias durante la despedida, porque para entrar tuve que "asaltar" materialmente los vagones del ferrocarril: venía tan repleto de pasajeros que las ventanillas se utilizaban como entradas y salidas auxiliares; y resultaban en ocasiones más eficaces que las mismas puertas del convoy.

Cuando tuve abundante tiempo para pensar en lo que me esperaba fue luego, en aquella larga noche de tren, de vuelta hasta Valencia. Hasta esos momentos no me había planteado la posibilidad de volver; por tanto, no había pensado en lo que podía ocurrirme si regresaba a mi destino militar después de haber tomado las de Villadiego. Y realmente, por muchas vueltas que le daba, no sabía cómo justificar mi ausencia.

Llegué a Valencia con el alma en un hilo. Fui a la Dirección General y después de varios trámites me avisaron para que fuese al despacho del Coronel-Director.

Todavía estoy viendo al Coronel López Domínguez, yendo y viniendo acalorado a lo largo de su despacho, riñéndome y gritándome sin entender las excusas que yo le daba (lo cual no tiene nada de raro, porque eran totalmente absurdas) y afeándome duramente mi conducta. En el fondo, se veía que quería salvarme. Pero tenía que cumplir las ordenanzas y debía imponerme una pena proporcionada a mi delito, que era muy grave: faltar a lista cuatro o cinco veces consecutivas, y estar fuera cuarenta y ocho horas sin permiso, en tiempo de guerra, suponía una deserción en toda regla. Y eso era, exactamente, lo que yo había hecho. En unos casos, el reo acababa en un batallón disciplinario; en otros, se le mandaba directamente al paredón.

Al fin, el Coronel encontró una solución benévola que formuló, para disimular, con la energía de quien sentencia una pena de muerte:

-¡Prisión militar!

Ese arresto -me explicó con voz grave- me incapacitaba para todo posible ascenso en las filas del Ejército. Me había impuesto la pena mínima: dieciséis días, que constarían, además, en mi expediente.

Era una condena tan insólitamente benévola para aquellos tiempos, que no había en todos los cuarteles de Valencia ni un solo calabozo hábil con puerta y cerradura donde meterme. Tuve que esperar un día entero, custodiado por un soldado armado, hasta que hicieron uno ex professo para mi persona, aprovechando un pequeño almacén sin ventanas del cuartel de San Antón, junto al Turia. Sólo podía comunicarme por el exterior por el ventanuco de la puerta.

Poco tiempo permanecí en solitario en aquel calabozo, cerrado por una puerta elemental y por una cerradura más elemental todavía. Una vez que se supo de su existencia, otros prisioneros engorrosos para el ejército vinieron a hacerme compañía. Casi todos ellos eran legionarios del Tercio -que se habían "pasado" de las filas de "los nacionales" al Ejército Republicano-, y que habían sido detenidos por delitos comunes en el barrio chino de Valencia. Paco vino a visitarme con frecuencia durante aquellos días: el pobre, para verme, tenía que formar fila habitualmente junto con las visitas de los otros prisioneros, que con frecuencia eran de esa clase de mujeres que precederán a los fariseos en el Reino de los Cielos...

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