Una despedida

Paco y yo nos dimos cuenta, mientras Juan nos hablaba, de que nos estaba trasmitiendo las ideas que había oído al Padre en Madrid y durante el viaje; quizá cumplía un encargo muy especial del Padre, preparándonos para lo que vendría después. Cuando Juan se fue, nos preguntamos qué idea fundamental habíamos sacado cada uno. La síntesis fue muy simple: desde esa tarde habíamos pasado a ser "mayores" en la Obra. "Convéncete -dijo uno de nosotros, con buen humor-, que hoy hemos dejado de ser un par de jovenzuelos inconscientes y que no tenemos más remedio que comenzar a ser hombres responsables".

Al día siguiente, 9 de octubre, el Padre celebró la Santa Misa en casa de Sellés. Yo no pude asistir a causa del horario del cuartel. Me contaron que fue incluso con ornamentos sagrados. Aquella familia se las había arreglado para conseguir ornamentos que algunas personas habían escondido durante la persecución: y -a pesar del peligro que suponía aquello, porque en cualquier momento se podía producir un registro inesperado- no habían faltado ni siquiera un par de cirios.

Para agradecer todas las atenciones que aquella buena familia había tenido con él, el Padre nos pidió que obsequiáramos a sus hijos pequeños con unos dulces. No nos fue fácil cumplir aquel encargo: al final les llevamos unos caramelos enormes, de los que se repartían tradicionalmente antes de la guerra durante las procesiones de Semana Santa. También les llevamos algún juguete para una hija pequeña. Sellés recuerda un detalle anecdótico: en el mismo edificio, unos pisos más arriba, vivía Amadeo de Fuenmayor, un joven estudiante que pediría la admisión en la Obra después de la guerra y que no conocería al Padre hasta entonces.

El portero de aquella casa era un sacerdote que trabajaba de incógnito. Sellés se lo dijo al Padre, quien, tras cierta vacilación inicial, quiso revelarle su identidad: "no quería privarle de algún servicio -escribe Sellés- que le pudiera prestar".

Al mediodía nos reunimos, lo más discretamente que pudimos, en un modestísimo restaurante, muy concurrido por soldados y milicianos, que estaba situado en la parte vieja de la ciudad, cerca del Mercado y de la Lonja. Estaba en un primer piso y yo solía ir por allí de vez en cuando, por lo que me conocía bien el lugar.

Sucedió entonces algo habitual en los tiempos de guerra: estábamos comiendo cuando entraron unos milicianos pidiendo la documentación. No se la pedían a todos; sólo a algunos de cada mesa.

Hubo un momento de gran tensión. Yo palidecí. Poco a poco los milicianos se iban acercando a nuestra mesa y yo empecé a temblar: si pedían los documentos a los que habían venido de Madrid lo más probable es que se los llevaran por sospechosos: Juan había abandonado el frente y se había agenciado por su cuenta una documentación de emergencia; el Padre y Tomás Alvira traían un precario permiso de residencia en Barcelona para 15 días. Aquello era muy extraño, y si los milicianos se ponían a indagar... Realmente, de todos nosotros, el único que tenía la documentación "en regla", por decirlo así, era yo. El Padre se dio cuenta y me dijo en voz baja: Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios. Al llegar a nosotros sólo me pidieron la documentación a mí. La miraron y se fueron. Di un gran suspiro de alivio en mi interior.

Por la noche Paco y yo fuimos a acompañar a los viajeros a la estación de ferrocarril. Al fin vino el tren, abarrotado hasta los topes con todo ese cargamento humano característico de las guerras: militares con uniformes más o menos convencionales, milicianos barbudos, milicianas sin pudor, contrabandistas dedicados al "estraperlo", familias diezmadas, personas evacuadas de sus hogares... El Padre y los demás se distribuyeron en los diversos compartimentos y pasillos del tren, en parte por necesidad -era inútil buscar asientos próximos-, y en parte para pasar inadvertidos cuando les pidieran la documentación.

Los despedimos desde el andén, Paco y yo, en medio de una heterogénea oleada de viajeros, con una sensación extraña de cariño e incertidumbre. ¿Lograrían llegar sin percance a Barcelona? ¿Encontrarían los contactos necesarios para pasar a Francia? ¿Podríamos incorporarnos nosotros dos también? El Padre nos infundía ánimo y esperanza desde una ventanilla, transmitiéndonos, con su mirada y su sonrisa, confianza y serenidad.

Subieron los últimos viajeros al tren y se puso en marcha el convoy. Entonces el Padre introdujo lentamente su mano derecha en el lado izquierdo de su chaqueta: sabíamos que en ese momento nos bendecía, haciendo discretamente la señal de la cruz con la mano oculta, mientras modulaba con los labios, sin emitir los sonidos, las frases de la bendición de Tobías padre, precedida de la intercesión de Santa María: Beata Maria Intercedente, bene ambuletis...

La partida de aquel tren me produjo un gran vacío interior, como si el corazón retardara sus latidos. Por muy optimistas que fuéramos, no sabíamos cuándo y dónde volveríamos a ver al Padre. De nuevo nos quedábamos Paco y yo solos en Valencia. Desde ese momento se reanudaba la rutina de los meses precedentes: las horas diarias en el cuartel de Caballería, las noches en aquella triste pensión del barrio viejo, las visitas diarias a casa de los Botella...

Supe tiempo después que aquella noche el Padre, al oír las continuas blasfemias de los pasajeros, decidió -después de muchos actos de reparación-, consumir las Sagradas Formas que llevaba consigo, para no exponerlas a una irreverencia. Tuvo que hacerlo en los lavabos del tren, con gran pena de su corazón. Se lo oí contar muchas veces, siempre con el mismo dolor y con el mismo amor a Jesús Sacramentado. No olvidó nunca aquel primer viaje a Barcelona: aquellas gentes, aquel tren, aquella noche...

 

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