En Valencia

Viví en Valencia desde julio de 1937 trabajando en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, bajo las órdenes directas de un Mayor de Caballería. Este Mayor o Comandante era aquellos que llamábamos entonces "de cuchara", porque no procedía de academia militar alguna, sino que había llegado a ese grado gracias a lentos ascensos: cabo, sargento, subteniente, etc. Eso suponía muchos años de servicio y de convivencia con la tropa. Tendría unos cincuenta años y era grueso, tosco y bonachón. Por encima de él estaba el Coronel-Director, buena persona, que se había jubilado voluntariamente durante el gobierno de Azaña, pero al que las circunstancias críticas de la guerra habían obligado a reingresar en el ejército y a aceptar el puesto. Era muy distinguido, alto, enjuto, y tendría unos cincuenta y tantos años. Me dispensaba cierta benevolencia.

Todos los días, al terminar mi trabajo de oficina en el cuartel, ya al atardecer, iba a pasar un buen rato a casa de los padres de Paco, don Francisco y doña Enriqueta, con los que trabé una gran amistad. Paco tenía dos hermanas más jóvenes que él, Enrica y Fina; esta última padecía tuberculosis, una enfermedad que en aquel tiempo era especialmente grave. Aprovechaba también mis visitas a los Botella para cumplir parte del plan de vida cristiana propio de un miembro del Opus Dei.

Durante aquel periodo pude comulgar todos los días porque Paco custodiaba bajo llave unas Formas consagradas en un escritorio de su casa. Pude confesarme también con regularidad, ya que me informó que había en el Parterre dos sacerdotes ancianos -vestidos de paisano, naturalmente- que se dedicaban a administrar este sacramento, a pesar del peligro que corrían: si alguien los delataba podían detenerlos y muy posiblemente asesinarlos. Aparentemente eran dos ancianos como tantos otros que tomaban el sol y cuidaban de sus nietos: muchos niños jugaban por allí cerca. El sistema para confesarse era sencillo: se acercaba uno, daba el saludo convenido y tras un paseo breve, venía la absolución; y así, hasta la próxima.

En lo que se refiere a mi alojamiento... no tuve más remedio, en cuanto llegué a Valencia, que agarrarme a un clavo ardiendo: sólo encontré cobijo en una pensión de mala muerte situada en la zona vieja de la ciudad, en un barrio bastante poco recomendable. En tiempos normales, aquella pensión no hubiera gozado de buena reputación; pero los naúfragos no eligen puerto, y la superpoblación que padecía Valencia a causa de la guerra, unida a mis escuetas posibilidades económicas, me impidieron encontrar otro sitio mejor.

En Valencia fuimos teniendo noticias de unos y otros. Afortunadamente dejaron en libertad, en julio de 1937, a José María Hernández de Garnica. Ricardo también había estado en aquella ciudad unos meses antes. Luego lo habían obligado a incorporarse al frente de Teruel, en el bando republicano, desde donde pudo pasarse a la otra zona el 17 de mayo: yo no llegué a coincidir con él en Valencia.

El 6 de octubre de 1937, Paco y yo tuvimos una sorpresa: Juan Jiménez Vargas, en persona, había venido desde Madrid para visitarnos. Estaba muy delgado; llevaba el pelo muy corto y tenía las facciones del rostro, sobre el que se recortaban unas gafas negras, más afiladas que de costumbre a causa las privaciones de la guerra. De forma escueta -Juan ha sido siempre hombre de pocas palabras, pero precisas y claras- nos comunicó que el Padre llegaría dos días más tarde, con algunos más, camino de los Pirineos, para intentar pasar desde Andorra, por Francia, hasta la otra zona de España.

Hicimos rápidamente el plan para albergar a los que venían: Juan se quedaría en casa de Paco; José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros se alojarían donde yo vivía, o en la casa de un conocido del Padre, Eugenio Sellés, en la calle Eixarchs, número 16. No conocía yo a todos los que iban a llegar, porque algunos no eran del Opus Dei. Pensamos que lo mejor era que el Padre se alojara también en aquella casa, porque era el domicilio que ofrecía más garantías. La casa de la calle Eixarchs era propiedad de don Mariano Bosch, padre de Paco Bosch (muy amigo de Sellés y de Albareda), que había logrado salir de Valencia en el mes de junio anterior.

Juan nos alentó a ser muy fieles a nuestra vocación en medio de aquellas difíciles circunstancias y nos hizo ver lo importante que era nuestra perseverancia para la continuidad de la Obra; y nos fue contando, mientras anochecía, con su lenguaje casi telegráfico, lo que les había sucedido, durante aquellos quince meses, a los que habían permanecido en Madrid. Algo sabíamos, por las cartas que habíamos recibido. A grandes rasgos -completados por lo que he sabido después- nos dijo lo siguiente: el Padre había estado desde el 21 de julio de 1936 en casa de su madre, en la calle doctor Cárceles. Pero como aquel lugar no resultaba seguro -se temía un posible registro-, había tenido que buscar cobijo hacia el día 9 de agosto en domicilios particulares, como la casa de Manolo Sáinz de los Terreros, donde le dieron la noticia del asesinato del Fundador de la Institución Teresiana, don Pedro Poveda, un santo sacerdote muy amigo suyo al que quería mucho; y le contaron la detención -y posible asesinato- de don Lino Vea-Murguía en su casa, cuando decía Misa...

Nos contó también que semanas después, el 30 de agosto, cuando estaban el Padre y él refugiados en una casa de la calle Sagasta, se presentaron unos milicianos para hacer un registro. Lograron esconderse, el Padre, Juan y otro, en una buhardilla; pasaron un momento de gran peligro; pero, inexplicablemente, los milicianos, tras haber registrado la casa y el resto de las buhardillas, no entraron en la que estaban.

Fueron después de un sitio para otro: durante el mes de septiembre estuvieron en casa de los Herrero Fontana, en la de los padres de José María González Barredo, en un pequeño chalet de la calle Serrano, en una casa de Eugenio Sellés, con Alvaro del Portillo... En vista de esta situación, en octubre de 1936, el Padre no tuvo más remedio que refugiarse en la Clínica de un amigo de su familia, el doctor Suils, dedicada a enfermos mentales, situada en la calle Arturo Soria, nº 492. Ahí estuvo desde octubre a marzo del 37. Pero tampoco estaba allí seguro el Padre, y tuvo que buscar asilo en la Legación de Honduras, donde permaneció varios meses, a partir del mes de abril.

Aquel fue un periodo de grandes sufrimientos y privaciones, que el Padre había llevado con un gran sentido sobrenatural. De algunos de estos sucesos habíamos tenido noticias los de Valencia, mediante algunas cartas del Padre. Paco había recibido una, fechada el 28 de marzo de 1937, duodécimo aniversario de su ordenación sacerdotal, en la que se denominaba a sí mismo como un borrico de Dios -su Amigo- "al que llevo siempre encima".

Aquí tienes a este pobre viejo -le escribía desde la Legación de Honduras- evacuado en casa de la Sra. Viuda de Honduras, y durmiendo en el suelo del comedor (divertidísimo) con los cuatro de mi familia (...). Ahora ya se me notan los años: he perdido cerca de treinta kilos, y realmente me encuentro mejor, aunque estuve enfermo en cama (¡vaya lujo!) más de un mes. Estoy esperando urgentísimamente a Ricardo, porque lo necesito. Cuando venga ya te lo escribiré.

En ascuas ando, por no saber noticias de mis hijos de fuera: pero siempre con la misma esperanza de abrazar a todos, cuando la guerra termine.

De Josemaría quiero contarte que asegura que, en estos tiempos de desconcierto, es cuando más concertado está con su amigo de quien es borrico, pues lo lleva mucho encima.

Por fin -nos siguió contando Juan, en líneas generales, que ahora completo con más datos precisos-, en el pasado mes de agosto del 37, el Padre había obtenido una documentación que le había permitido circular con cierta libertad por Madrid. Estaba alojado en una pensión de la calle Ayala, y a pesar de las duras circunstancias, proseguía con gran valentía la labor apostólica: confesaba por la calle, atendía a algunas religiosas que estaban refugiadas en domicilios particulares, predicaba retiros espirituales cambiándose constantemente de local para evitar ser descubierto... hasta que surgió la posibilidad de pasarse al otro lado a través de los Pirineos.

Dos días más tarde, el 8 de octubre, al llegar a casa de Paco, su padre me informó, con explicable sobresalto, que unos señores, amigos nuestros de Madrid, estaban esperándome en la salita y que Paco se encontraba reunido con ellos. Al entrar en la habitación, iluminada por la luz del crepúsculo que entraba a través del balcón, pude distinguir a Juan y a otra persona que no reconocí. Era un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro, que, en cuanto me vio, me abrazó diciéndome:

-Perico, ¡qué alegría de volver a verte!

Me quedé perplejo: era el Padre, su voz era la del Padre, pero ¡estaba tan cambiado! Al cerciorarme de que era él, me puse a temblar y a llorar de emoción y de alegría. Tuvo que tranquilizarme.

Mientras me hablaba, fui observando los cambios tan notables que se habían producido entre la imagen del Padre de hacía quince meses que yo conservaba en la memoria y la figura que ahora tenía ante los ojos. Le había conocido siempre con sotana y con un aspecto vigoroso y saludable. Ahora, en cambio, se encontraba muy delgado -habría perdido más de treinta kilos- y vestía de paisano. En Madrid llevaba siempre el pelo muy corto y una gran tonsura que solía cubrir con un solideo de paño negro. Ahora tenía el pelo relativamente largo, con la raya a un lado. Antes llevaba unas gafas de delgados aros completamente redondos; ahora usaba unas ovales, de montura mucho más gruesa. Tenía las mejillas hundidas y se destacaba aún más su amplia frente; los ojos eran más penetrantes. Me fijé especialmente en un pequeño detalle, que me pareció, quién sabe por qué, muy significativo: llevaba el nudo de la corbata muy bien hecho. Lo único que no había cambiado era el tono de su voz.

Mientras lo observaba atentamente, el Padre nos fue hablando del cumplimiento de la Voluntad de Dios. Vino a decirnos que no era fácil entender la lógica de Dios en aquellas circunstancias, y que por eso no era fácil prever todo el bien que íbamos a sacar de aquella tragedia. Pero nos transmitió la seguridad de que Dios Nuestro Señor estaba empeñado en que la Obra se hiciese realidad y no podía dejar de ayudarnos. Había que tratar de recuperar la indispensable libertad para poder hablar de Dios en la calle; había que poner los medios humanos también, con una gran confianza en Dios -la Obra era suya-, para salir de aquel infierno y continuar la siembra apostólica. Nos explicó que desde Barcelona parecía posible la salida hacia la otra zona: otros lo habían conseguido. Había tomado aquella resolución -nos dijo- después de haber rezado mucho.

Nos explicaron el plan: pensaban salir al día siguiente en tren en dirección a Barcelona y, desde allí, enviarnos noticias a Paco y a mí: quizá desde aquella ciudad podrían hacer algo para que también nosotros pudiéramos acompañarles.

Después de tanto tiempo sin verle, aquella primera entrevista con el Padre me pareció muy corta. Pero nos fuimos pronto porque no queríamos preocupar a la familia de Paco: una reunión no autorizada de hombres jóvenes, en aquellas circunstancias, era bastante peligrosa porque podía despertar sospechas. No quiso el Padre que Paco y yo les acompañáramos, por la misma razón, hasta la casa donde vivía Eugenio Sellés. Quedamos en almorzar juntos al día siguiente, si era posible en algún lugar donde la reunión de un grupo relativamente numeroso no resultara imprudente.

Después de acompañar al Padre, Juan se reunió nuevamente con Paco y conmigo y estuvimos paseando durante largo rato por la Avenida del Marqués del Turia. Nos comentó las palabras que habíamos oído al Padre, haciendo hincapié en la trascendencia de aquellos momentos para la historia de la Obra. Nos habló mucho de madurez humana y de visión sobrenatural; nos explicó que la llamada del Señor era lo primero. No podíamos excusarnos en nuestra juventud: a pesar de nuestros pocos años debíamos ser conscientes de que teníamos que hacer la Obra entre todos, pasando por encima de otros planes y otros compromisos, por muy acuciantes que parecieran.

 

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