Tentativas de huida

En aquellas circunstancias dramáticas mi abuelo Julio recordó que nunca había renunciado a la ciudadanía británica que le correspondía por nacimiento, como hijo de un súbdito inglés. Sabía, además, que estaba registrado como tal en el consulado británico de Cartagena. Ese consulado estaba cerrado, pero al enterarse que habían trasladado su archivo al de Alicante, que durante la guerra había adquirido la categoría de Consulado General, se pusieron a hacer gestiones para obtener un pasaporte inglés: en aquellos momentos esa documentación significaba un ancla de salvación para sobrevivir. Me desplazé varias veces hasta Alicante con ese motivo, y al final obtuve el deseado pasaporte donde mis abuelos que aparecían como "Julius and Mary Casciaro".

El consul nos facilitó unos impresos para pegar en las puertas de las propiedades, garantizando que pertenecían a un súbdito británico; y nos dio también una bandera inglesa de tamaño mediano. A mi abuelo le pareció ridículamente pequeña, por lo que hubo que confeccionar y diseñar una nueva, que resultó enormemente grande. La izamos poco después en lo más alto de "Los Hoyos", sobre un antiguo palomar con forma de castillete, con sus almenas y todo: pensábamos que vivir bajo el pabellón del Reino Unido nos proporcionaría una relativa seguridad.

No nos equivocamos: disponer de un pasaporte extranjero era, en aquellos momentos, el salvoconducto más seguro y la mejor garantía para actuar con cierta libertad de movimientos; incluso los revolucionarios más incultos y crueles sabían que era muy peligroso atentar contra la vida de un súbdito de otro país.

Mientras tanto, numerosas personas de la familia fueron acudiendo a Los Hoyos para refugiarse allí, donde vivían con el clima de ansiedad característico de la guerra.

-He oído en la radio -comentaba uno- que han matado a...

-Pues me han dicho que han fusilado también a...

-Se rumorea por Torrevieja que...

La guerra -que al principio no parecía, a los ojos de algunos, más que una rebelión pasajera que duraría pocas semanas- fue alargándose; y yo empecé a buscar medios para sobrevivir de algún modo en aquella confusa situación. ¿Qué hacer? Tenía veintiún años y la carrera sin acabar. Afortunadamente, conseguí un trabajo en el laboratorio de Las Salinas de Torrevieja. El director del Departamento, Chuno Chorower, un judío ruso doctorado en Alemania, se enteró de que yo estudiaba Ciencias Exactas y me empleó como ayudante matemático de laboratorio.

Este empleo me permitió sindicalizarme en la UGT con los demás empleados de Las Salinas. También encontré un viejo carnet de la FUE (Federación Universitaria Española), que me había sacado cuando tenía 16 años, y logré que me lo canjeraran por otro del partido socialista. Esa documentación me permitió viajar a Valencia, Alicante, Alcalalí -donde se había escondido, tras diversas peripecias, Rafael Calvo Serer- y otras localidades cercanas.

Esta situación de cierta libertad hizo posible también que les pudiera enviar algunos alimentos y productos de primera necesidad a los que permanecían en Madrid. Recuerdo perfectamente aquellos paquetes postales -"paquetes muestra" se llamaban- dirigidos a Isidoro, con bacalao, café, azúcar, jabón y alguna que otra cosa, procedentes de la despensa de mis abuelos, que, con motivo de la guerra, habían acaparado algunas reservas.

Sin embargo, aunque mis circunstancias personales no eran malas (teniendo en cuenta la situación general), en vista de que iban sucediéndose los meses y la guerra se alargaba y se alargaba, y nadie sabía lo que podía durar; en vista también de que viajar hasta Madrid resultaba algo imposible y descabellado, decidí que debía marcharme del país.

Esta decisión obedecía a las siguientes razones: sabía que mi misión en esta vida era hacer el Opus Dei, y pensaba que si me iba a otra nación podría seguir trabajando por la Obra con entera libertad, mientras que en España parecía que todas las puertas se habían ido cerrando. La mayoría de las iglesias estaban destruidas; la vida cristiana había pasado a una situación de catacumbas; declararse sacerdote era firmar la propia sentencia de muerte; poseer un objeto religioso era motivo suficiente para que lo enviaran a uno "al paredón". Solo, aislado en aquel pequeño enclave del Mediterráneo, ¿qué podía hacer yo? Pensé que lo mejor sería huir al extranjero: y durante la primavera de 1937 comencé a planear diversas tentativas de fuga.

Mi primera tentativa consistió en pedir a un tío mío que me facilitara un bote para llegar, desde el balneario de San Pedro del Mar, que era propiedad de mi familia, hasta un crucero inglés que estaba anclado en el puerto de Cartagena. Pero mi tío se negó: me dijo que en aquel barco sólo acogerían a los masones. Mi gozo en un pozo: empecé a pensar en otra cosa.

Se me ocurrió otra posibilidad: marcharme con mi abuelo al Reino Unido. Le convencí de que podía hacerlo por su condición de súbdito británico. Aquello parecía viable: obtuvimos incluso una invitación del Cónsul en Alicante para asistir a la coronación del Rey Jorge VI y pedimos el permiso de viaje, argumentando que, por la edad y estado de salud de mi abuelo, era necesario que le acompañara yo. Todo parecía marchar sobre ruedas hasta que llegó mi petición de pasaporte al Gobierno Civil de Albacete: allí se estropeó todo; nos dijeron que estábamos locos por intentar una cosa semejante y por poco me meten en la cárcel.

Planeé una nueva huida: consistía en salir de noche, desde una de las playas próximas a Alicante, hasta alcanzar un barco alemán que estaba atracado cerca de allí. Empecé a buscar contactos y a tocar diversas teclas: mi enlace era un compañero de la Escuela de Arquitectura que vivía en Alicante, pero al final, después de dar muchos palos de ciego, no llegamos a nada concreto.

En medio de aquella situación tan inestable de idas y venidas, de dimes y diretes, de escucha ansiosa del último parte de guerra, de sucesivos planes de huida y de búsqueda constante -e infructuosa- de soluciones, procuré seguir el plan de vida cristiana propio de una persona del Opus Dei; y me esforzaba por aprovechar el tiempo, como me había enseñado el Padre. Esto extrañaba bastante a mis familiares.

-¿Para qué estudias -me preguntaban- si no se sabe lo que va a pasar?

Mi lógica era la contraria: precisamente porque no se sabía lo que iba a pasar, pensaba que lo mejor era aprovechar el tiempo y seguir haciendo apostolado. Y como el Padre me había enseñado, las primeras personas de las que debía ocuparme debían ser las de mi propia familia de sangre. Hablé con mi hermano Pepe, que estrenaba su juventud en medio de toda aquella barahunda de tensiones y nerviosismos, y le aconsejé que aprovechara aquel tiempo -que no sabíamos lo que podía durar- tanto desde el punto de vista humano como el espiritual. Le puse por escrito un plan de vida espiritual.

"Un día mi hermano Pedro -recuerda Pepe- me sugirió un plan de vida. Me dejó un Kempis para que hiciera todos los días un rato de meditación; una Biblia en francés, de l'abbé Crampon, para que hiciera la lectura espiritual, y al mismo tiempo para que practicara ese idioma; y me prestó un libro para leer, Le genie du Christianisme de Chateaubriand. Me recomendó además que comenzara unas clases de francés y que tuviera ocupado siempre el tiempo. Empecé a ponerlo en práctica de un modo singular. Como habían movilizado a todos los hombres jóvenes que trabajaban la finca, hubo que sustituirlos como se pudo y a mí me tocó ocuparme del ganado; y así pasé muchas horas, durante aquellos meses, leyendo a Chateaubriand entre las ovejas, bajo la sombra de los almendros...".

De vez en cuando recibía noticias del Padre, por medio de las cartas que dirigía a todos los que estábamos en la zona valenciana o que me enviaba directamente a mí. El 7 de abril de 1937 me escribió pidiéndome que hiciera todo lo posible por ayudar a José María Hernández de Garnica, por el que estaba muy preocupado: le habían detenido y, tras pasar un tiempo en la cárcel de San Antón de Madrid y en el penal de San Miguel de los Reyes, lo habían enviado a la Cárcel Modelo de Valencia. El Padre me pedía -en clave- que a la salida del Sanatorio (es decir, la cárcel), si era posible, lo llevara a reponerse por esas tierras alicantinas.

Recuerdo perfectamente aquellas cartas. Comenzaba con frecuencia con una broma cariñosa: por ejemplo, dibujaba la "P" inicial de mi nombre de forma artística, con trazos largos y rizados. Nos daba noticias de unos y otros y nos pedía que rezáramos. En una carta que recibí el 6 de junio evocaba -en nuestro argot convenido- las visitas que hacíamos a la condesa de Humanes, en las que yo disertaba sobre el Greco y Velázquez... ¿Te he dicho -concluía- que apenas muerta aquella bonísima señora, se presentó un grupo armado en la casa que se llevó hasta los clavos? A continuación me anunciaba un posible viaje a Valencia que me llenó de alegría: Aunque nada seguro hay todavía, parece probable que Josemaría no tardará mucho a salir. Si va por Valencia os lo escribirá Ignacio (es decir, Isidoro), por si fuera posible verle.

Mientras tanto fueron pasando los meses y en junio de 1937 me llamaron a filas. Como he dicho, al comenzar la guerra me habían declarado no apto para todo servicio y me habían destinado a "servicios auxiliares". Pero en cuanto las cosas fueron poniéndose peor, movilizaron también a los servicios auxiliares, y tuve que presentarme en la Caja de Reclutamiento Militar de Albacete, donde estaba inscrito.

Fue toda una aventura: de Albacete nos transportaron en un camión hasta el campo de concentración de Torre Güil, una finca que estaba a quince kilómetros de Murcia. La casa era grande, parecida a "Los Hoyos", pero resultaba absolutamente insuficiente para los más de cuatro mil reclutas que habían concentrado allí. Reinaba la desorganización. Por ejemplo: se suponía que estabamos distribuidos en tres compañías: la de los tuberculosos, la de los que tenían tracoma, y "la compañía del vidrio" que formábamos los que usábamos gafas; pero, de hecho, las tres supuestas compañías estaban revueltas entre sí. Dormíamos en el suelo, y, por supuesto, no había colchonetas para todos.

Una noche me tocó dormir junto a un tuberculoso que comenzó a vomitar sangre. Gracias a Dios, sobrevivió. La comida resultaba muy nutritiva dadas las circunstancias: arroz, naranjas y vino. Vino no faltaba: frente al campo de concentración había una venta donde se podía beber todo el que se pudiera pagar. La disciplina estaba muy relajada: tanto, que en una ocasión me escapé de allí y fui caminando hasta Murcia, a casa de una tía mía, donde pude cambiarme de ropa y bañarme (en Torre Güil no había prácticamente letrinas ni modo alguno de lavarse). Luego, regresé al campo de concentración por donde había venido.

Me encontré allí con algunos conocidos de Albacete. Uno de ellos estaba siempre medio borracho; un día me confesó, lisa y llanamente, que procuraba estar ebrio todo el tiempo posible para sobrellevar de algún modo aquella lamentable situación en la que nos hallábamos. Era el único modo que había encontrado para no deprimirse profundamente.

Vino un comité médico, que fue reconociendo -muy someramente- a todos los que estábamos concentrados allí. Unos quedaron libres para volver a sus casas a causa de su mal estado de salud. A otros, de la "compañía del vidrio", los declararon aptos para todo servicio militar; y a otros, como en mi caso, nos destinaron a Sanidad, oficinas militares, etc. En concreto me enviaron a la Dirección General de los Servicios de la Remonta, un organismo de Caballería que habían trasladado de Madrid a Valencia y que estaba instalado en un caserón, cerca del cauce del Turia.

Este último destino debió ser decisión personal de mi Angel Custodio porque, después de tantas peripecias, de tantas idas y venidas, de tantas tentativas de huida fustradas, de tantas vueltas y revueltas, coincidí de nuevo en Valencia, para no variar, con... Paco Botella.

 

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